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La escena iberoamericana

Argentina. Teatro, el salto a la dirección

Hay actores que, en un momento determinado de sus carreras, deciden cambiar de rol y se vuelcan a la dirección. Sin embargo, ejercer ese rol no es tarea sencilla. Así lo atestiguan distintos directores tucumanos. Máximo Gómez, por ejemplo, dice que la dirección es un camino con más dudas que certezas, mientras que Jorge Alves y Mario Costello señalan que se debe tener mucho cuidado con el mensaje que se quiere transmitir al espectador.

Actuar o dirigir. Para muchos artistas, ambas actividades van de la mano. De hecho, muchos actores empezaron representando papeles en las tablas y después dieron el salto a la dirección, como una suerte de evolución natural. Otros ni siquiera lo intentan y prefieren seguir actuando. Es que ambas disciplinas son muy distintas. Y requieren, por supuesto, posturas distintas.
"Siempre fui un apasionado de la dirección teatral. Mi primera experiencia en esa actividad fue dirigir una obra con un elenco de aficionados en Lules. Posteriormente me incorporé como actor en Nuestro Teatro y luego formé parte del Teatro Estable de la Provincia y del Teatro Universitario", cuenta Jorge Alves, director de "Made in Lanús", actualmente en cartel.
La dirección es, según Alves, una actividad que permite múltiples posturas. "En una primera etapa, dirigiendo elencos con actores no profesionales, mi estilo tenía como característica el marcar rigurosamente cada uno de los personajes. Esto se modificó al trabajar con actores profesionales, que hacen sus propios aportes a la obra y también por la influencia de otros directores, como por ejemplo Manuel González Gil, con quien compartí la dirección de una puesta hace unos años atrás", señaló.
Respecto de si debe haber o no intercambio de opiniones entre los actores y el director, Alves dijo: "creo que debe prevalecer el criterio del director ya que, por lo general, el actor analiza su papel mientras que el director tiene que estructurar la puesta con un sentido integral. En mi caso, cuido que quede claro el mensaje que se quiere trasmitir". Claro que, en este trabajo, es inevitable que surjan roces. "En algunas ocasiones las diferencias en el enfoque de la obra, genera discusiones que enriquecen la labor en su totalidad. Una vez acordadas las características de cada personaje, voy conversando con el actor y dando pautas hasta lograr un nivel óptimo de interpretación", dijo. Y cuenta una anécdota que vivió hace unos años. "Estábamos en Choromoro, con el elenco del Teatro en la Calle, representando la obra 'Sábados de vino y gloria'. En una escena donde se festejaba el cumpleaños del protagonista, un señor de la platea confundió la ficción con la realidad y subió al escenario a felicitar al actor y a brindar con una copa de vino mientras yo, tras bambalinas, intentaba desesperadamente hacer que el espectador vuelva a su asiento. Fue una situación de lo más divertida y, al mismo tiempo desesperante. Pero eso me dio la satisfacción de saber que la obra había cumplido su cometido", dijo.
Un desafío
Máximo Gómez, director de "El jugador", que hoy compite en Salta, asegura en cambio que para ser un buen director no hace falta ser antes actor. "En mi caso, me fui dando cuenta de a poco que desde la dirección podía generar propuestas que me brindaban un mayor placer estético e ideológico", aseguró. Eso sí, su manera de dirigir no es convencional. "Jamás dirijo empleando fórmulas ni recetas. Nunca me aferro al texto como verdad única ni objetivo final. No me interesa el teatro que emplea actores que se paran para decir textos. Uso el texto como pretexto de acción. Para mi la dirección es un camino que se transita con más dudas que certezas", comentó.
Por lo general, Gómez trabaja en de manera independiente y, según dice, ya conoce a la perfección a los actores. "Con ellos no necesito ir al choque. Siempre estoy dispuesto a confrontar una idea e inclusive a cambiar el rumbo si ellos no se sienten cómodos con lo que están haciendo", agregó.
En el teatro todo significa para el público. Y, en este sentido, Gómez recuerda una anécdota que lo marcó. "Fue en una función de 'Poeta a su amada', una de sombras y poesías de César Vallejo. Recuerdo que, en un momento, las cuatro lámparas de pie que iluminaban al actor cuando recitaba, comenzaron a titilar con la amenaza de apagarse por un problema de energía eléctrica. Sufrí toda la función por miedo a que los actores se quedaran sin luz y por el daño que eso le hacía a la escena. Al final de la función un espectador se acercó a decirme que lo que más había disfrutado era el efecto que yo había logrado con el destello de las luces", relató.

El arte de articular lenguajes
"El actor tiene una visión parcial del espectáculo y el director debe articular todos los lenguajes escénicos del hecho teatral. La construcción de sentido está en su mirada y es necesario coordinar el trabajo de actores, iluminadores, escenógrafos, vestuaristas y musicalizadores, en función de una propuesta estética e ideológica coherente", explicó Pablo Parolo, quien comenzó a dirigir a los 22 años, cuando estudiaba Teatro en la Facultad de Artes.
"Vinieron a Tucumán integrantes del Odin Teatret de Dinamarca a dictar un seminario que nos voló la cabeza a unos cuantos", recordó, y agregó que de esa experiencia, junto al Elenco Municipal, surgió la obra "Zapayasos", que co-dirigió y con el que recorrió plazas, calles, clubes y otros espacios no convencionales de la provincia", recordó.
"Casi paralelamente, Larry Jantzon y Gloria Berbuc me convocaron para dirigir 'Reíd mortales', y por primera vez tuve que asumir en soledad ese rol. No fue fácil. Hacerse cargo de la dirección actoral, la puesta en escena y la dinámica grupal (Mick Jagger decía que la música es el arte de combinar los horarios…) no es una tarea sencilla", dijo Parolo.
"La meta es el camino. Y se hace camino al andar. Transitar junto a los integrantes del grupo el proceso creativo potencia las capacidades de expresión y comunicación propias y de los otros. Prefiero las democracias parlamentarias a las presidencialistas", ejemplificó.

"El director cumple a veces el rol de padre"
Llegar a la dirección fue, para Mario Costello, un proceso paulatino. No un salto. "Más que una necesidad fue una tentación muy fuerte. Tenía pequeños indicios de que podría venir por ahí la mano en mi profesión. Ponerme al frente de la situación y tomar decisiones estéticas concretas, correr riesgos. Eso es lo que me atrapó", dijo.
Tal vez por esa razón, su manera de dirigir es muy poco convencional. "Creo en la dramaturgia del actor. El debe ir encontrando el equilibrio entre lo que le pido y lo que él puede generar. Doy libertad para llegar a un producto digno. Eso sí, siempre les pido más. Esto también va dando seguridad al actor y lo relaja en el proceso de elaboración y creación de su personaje. Muchas veces, un director termina cumpliendo de alguna manera el rol de padre con todo lo que ello implica; y no está mal que eso suceda. ¡A veces hasta hay que retarlos, como a los chicos!", agregó.
Costello recuerda una anécdota que ilustra muy bien la relación entre el director y el actor. "En una oportunidad, en un ensayo, tiré algunas pautas. La idea era improvisar y ver qué podíamos rescatar de allí. Era una situación sumamente fácil, aunque requería cierta despreocupación física. Uno de los actores estaba paralizado y no se entregaba al juego. Paré la improvisación, me acerqué, le pregunté si le pasaba algo y él, muy angustiado, respondió: ’¿qué hago? Yo... ¿para dónde me muevo?’ Ahí supe que con ese actor estábamos fritos y que quizá él necesitaba otro tipo de director", relató.

Docencia y dirección van en idéntico sentido
"La dirección, al menos en la manera en que yo la ejerzo, tiene mucho que ver con la docencia, y las dos cosas me encantan", dijo Débora Prchal, quien contó que empezó a dirigir desde que cursaba sus estudios en la carrera de Teatro de la Facultad de Artes.
Los puntos en común entre esas dos actividades son las que la motivan, según explicó. "En ambas hay que planificar tiempos, personas, objetivos y acompañar un proceso de aprendizaje mutuo. Por eso no trabajo con una idea de puesta rígida y absolutamente preconcebida, sino que me baso en el material que generan las actrices y los actores en ese proceso", aclaró. Esto se debe, indicó, a que "un texto tiene mucho más que decir que lo que yo sola puedo interpretar".
Débora reconció que es muy pasional al dirigir, y aun antes de elegir la pieza. "Soy muy subjetiva y apasionada en la etapa de búsqueda, y cuando hay que seleccionar material, siempre lamento tener que dejar cosas con las que se podrían hacer dos obras más. Una vez, improvisábamos para montar una comedia y era tal la cantidad de gags que aparecían que no podíamos ponerlos a todos... y todos eran geniales", recordó.
"Los actores me dan ese maravilloso material creativo, y yo los llevo hacia el puerto", dijo.
El resultado final, para ella, es satisfactorio desde ese punto de vista. "Creo que cuando son los actores los que generan el motor de la acción dramática, y no las marcaciones externas, la estructura interna funciona mejor, es más orgánica, es propia", puntualizó.

Lejos de la adrenalina, desde la invisibilidad
"Lejos de la adrenalina de la exposición que deleita al actor, me escudé en la invisibilidad del director", señaló Manuel Maccarini, quien de niño fue "convertido" en recitador escolar, y en la adolescencia se hizo actor, aunque siempre le gustó escribir.
"Así empecé: intuitiva, vehemente, desordenadamente. Después egresé como 'director' del Conservatorio Nacional. Y fui aprendiendo que la función del director se halla en el justo medio entre el actor y el dramaturgo, con la mirada puesta en el universo de la platea", explicó.
Eso lo llevó a valorar al actor y al espectador aún más. "Son las dos partes del mismo espejo. Yo escribo en el espacio con esos cuerpos y sus percepciones... A veces, mientras dirijo, creo ser ese espejo cuando consigo fundir las realidades con la anécdota, los tiempos y los lugares, las personas con los personajes…", dijo.
La creación, dice, parte del acuerdo con los actores. "El pone su cuerpo y mente, y se expone de manera brutal. Eso es precisamente lo que no puedo hacer yo. Por eso lo cuido como carne de mi carne, como a la niña de mis ojos", aseguro.
Claro que espera que el actor ponga todo de sí, y él, como director, aporta sus métodos y conocimientos. "En teatro todo es posible, hacer y deshacer vida o muerte… Lo difícil es comprender que en la cueva oscura de la platea hay encadenados que deben resignificar las sombras. Entonces los espectadores no serán meros consumidores, sino 'esos otros' con los que el actor se vincula para ofrecerles el meollo de la acción", dijo.

Una visión integral de la puesta
"Dirigir se convirtió en una necesidad. Implica una etapa de estudio y diseño, un proceso de construcción que tiene su evaluación en la respuesta del público. Es una actividad apasionante y creativa", confesó Ricardo Salim, quien estudió Teatro para convertirse en escenógrafo, mientras estudiaba Arquitectura. Contó que empezó a dirigir al regresar la democracia, ya que durante la dictadura nadie lo contrataba como actor o escenógrafo.
Montó más de 100 obras con actores, cantantes, bailarines profesionales y amateurs, entre ellas, la ya clásica "Pasión" en Tafí del Valle. "Siempre el diseño los involucra en forma integral", dijo.
Pero en cada caso los aportes y experiencias son diferentes. "Mi doble rol de actor y director me permite transmitir conceptos de la puesta y de los roles, con actuaciones sintéticas. Los actores con poca experiencia toman eso como modelo hasta poder aportar lo propio. Y los más experimentados ofrecen alternativas personales que tras ser evaluadas son incorporadas al proyecto", aseguró. Salim, por su experiencia, tiene demasiadas anécdotas. "Una vez, dirigiendo 'La Batalla de Tucumán', de noche, en el Parque Guillermina, con muy poca luz, yo le gritaba al elenco multitudinario: '¡hacia aquí!', 'más a la derecha!'. Y mi asistente, mezclado entre los soldados, me preguntó: ¿dónde es aquí? ¿cuál derecha?... ¡No sabemos dónde estás! Por supuesto, el elenco rompió en una enorme carcajada", recordó.

• La Gaceta | 2009-10-04


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