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La escena iberoamericana

Venezuela. El compromiso de ser herederos del país de María Teresa Castillo

La señora de la cultura cumple mañana 101 años de edad.
La presidenta vitalicia del Ateneo de Caracas nació el 15 de octubre de 1908 en Cúa, estado Miranda
Una vez más, en la puerta que es la memoria, la figura de María Teresa Castillo se detiene.
Ocurre algo singular: a medida que transcurren los años y la juventud deja de serlo, como ya no se la ve caminar por los pasillos de El Nacional ni del inexistente Congreso de la República ni del desalojado Ateneo de Caracas; como su inquietud ha cesado para abrir paso a una tranquilidad merecida luego de tanta brega; esa figura, la de "María Teresa" ­como suele decírsele, así nomás­ ha ido adquiriendo carácter de leyenda.
Esto obedece, también, a otras dos razones. La primera, la más obvia, que ella fue protagonista de un país que ya no existe, o en todo caso que se ha visto obligado a reorientar sus energías, antes dedicadas a la construcción de la cultura, para gastarlas casi exclusivamente en la resistencia. Ello no es poco decir, está claro, pero podría ser distinto, y esta situación contribuye a que María Teresa Castillo se nos presente como personaje de una historia extraordinaria que se vino a pique, de la cual queda la nostalgia.
La segunda razón es también la razón de este artículo. Nunca antes en Venezuela la cultura había vivido la experiencia de sentirse custodiada por el ejemplo de una mujer que cumpliera 101 años de vida, como ocurrirá mañana. Nunca antes y nunca más propicio, pues a pesar de que ella se mantiene al margen de nuestra contingencia, saber que está allí le otorga a su recuerdo una fuerza equiparable al plante de quienes acompañan al país en su presente.
Un siglo y un año más habrán transcurrido hoy a medianoche desde el 15 de octubre de 1908, día en que nació María Teresa Castillo en una hacienda de Cúa, en el estado Miranda.
No imaginaron sus padres que 20 años después la misma que acababa de llegar al mundo sería una muchacha de la Generación del 28 y que, al igual que muchos de sus compañeros, adquiriría entonces una conciencia política que entendería la democracia como un ejercicio de la cultura y a la cultura como un ejercicio democrático, algo completamente nuevo en la historia de Venezuela.
Hoy todavía sorprende que tantos de aquellos jóvenes se hayan convertido en hombres de talento tan probado. Es como si la oposición a la dictadura de Gómez, la cárcel y el exilio hubieran fabricado en ellos una habilidad secreta, la misma que también tuvieron muchos de los que se enfrentaron, tres décadas más tarde, al régimen de Marcos Pérez Jiménez.
Habría en esto como una clave que no deja de ser fascinante, o que debería serlo, sobre todo para quienes comienzan a vivir y lo hacen en una nación que atestiguó el tránsito ciudadano de Miguel Otero Silva, Miguel Acosta Saignes, Guillermo Meneses, Pío Tamayo, Inocente Palacios, Carlos Eduardo Frías, Antonio Arráiz, Jóvito Villalba, Isaac J. Pardo y, por qué no, también el de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni.
Aun en medio de todas las contrariedades y con mil errores a cuestas, la generación a la que pertenece María Teresa Castillo le legó al país un código de civilidad. Era gente que no siempre estaba de acuerdo, pero que sabía estimar o hacía el esfuerzo.
Ella, en lo particular, le otorgó a la gestión cultural la estatura de los grandes ejercicios de Estado. No en vano llegó a ocupar la presidencia de la Comisión Permanente de Cultura de la Cámara Baja del Congreso, donde alzaba la voz en procura de que el Gobierno no se olvidara de apoyar a las artes.
Compañera de su actividad legislativa fue su dirección del Ateneo de Caracas, institución que convirtió en un segundo parlamento, donde los diputados eran artistas y los senadores gente común. Quizá no esté de más recordar lo que fue el Ateneo bajo su conducción: fue la cuna del grupo Rajatabla y del Festival Internacional de Teatro, y uno de los lugares de encuentro más importantes de la ciudad durante varias décadas para escritores, actores, cineastas y pintores.
Para terminar, conviene traer a cuento su socialismo, que profesó siempre como punto de honor. Para ella era sinónimo de democracia, y por eso fue una mujer de instituciones: el Congreso, el Ateneo, el Sindicato de Trabajadores de la Prensa. En fin, da la impresión de que mañana María Teresa Castillo cumplirá 101 años de edad con el sosiego de quien, en lo referente a su profesión ciudadana, no se dio a destruir.

• Diego Arroyo Gil | El Nacional | 2009-10-15


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