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La escena iberoamericana

Argentina. Daulte, entre dos continentes

Es uno de los dramaturgos-directores más relevantes de los últimos años y hoy reparte el año entre sus obras en España y la Argentina. Estreno: Automáticos.
En los dos últimos años, el autor y director Javier Daulte se ha proyectado con mucha intensidad en España, a la vez que no ha dejado de desarrollarse en Buenos Aires. Mientras en esta capital hoy ensaya dos propuestas que ya estrenó en Barcelona, Automáticos (por la que recibió el Premio Ciudad de Barcelona al Mejor Dramaturgo del año 2006) y La felicidad ; en esa misma región dará a conocer, a fines de octubre, Cómo es posible que te quiera tanto, con el grupo T de Teatre y ya tiene previsto presentar Nunca estuviste tan adorable en el Centro Dramático Nacional de Madrid en 2008, con elenco español.
Como es el director artístico de la sala Villarroel Teatre de Barcelona, eso lo obliga a viajar continuamente y también a construir proyectos en uno y otro extremo del mundo. Conversar con Daulte tiene un valor agregado porque, cuando habla de España, lo hace mirando a ese país desde la Argentina y, cuando se refiere a Buenos Aires, la mirada parecería venir desde España. El discurso se torna así muy atractivo y complejo, quizá; pero su pensamiento es muy práctico porque ha aprendido a vivir en dos comunidades bien diferentes y a resolver, con ellas, procesos creativos dentro de marcos de producción que, también, son disímiles.
Mientras divulga un libro que compila parte de su última producción dramática (editado por Corregidor) y recicla su nueva casa en el barrio del Abasto, sigue con cuidado y atención sus proyectos aquí y allá y programa para temporadas venideras con una exactitud de fechas casi milimétrica. Por ahora a Javier Daulte le importa divulgar sus dos nuevos textos generados en España y que aquí se mostrarán tanto en el espacio alternativo, como en el comercial: Automáticos se estrenará mañana en Timbre 4, mientras que La felicidad está programada para fines de agosto en el Regina.
Si bien la segunda pieza es la continuación de la primera, ellas pueden verse de manera autónoma. "Me encanta hacer teatro acá -comenta el autor y director- siempre es posible plantearse una nueva manera de pensar como lo hacés. Con Luciano Cáceres (con quien comparte la dirección de Automáticos ) nos decidimos por Timbre 4 porque la acción se desarrolla en el fondo de una casa. El teatro alternativo de aquí es el teatro del disparate, el imposible. En este grupo son nueve actores y en el espacio entran 50 personas. Plantearse algo así en España sería imposible". El elenco está conformado por un seleccionado del off porteño: Mariana Chaud, Ludovico di Santo, Lorena Forte, Pilar Gamboa, Tamara Kiper, Leticia Mazur, Verónica Mc Loughlin, Willy Prociuk e Ignacio Rodríguez de Anca.
- ¿Cómo surgió Automáticos ?
- Tenía ganas de indagar en un aspecto de lo actoral que tiene que ver con algo que sostengo: que el actor no debe ser expresivo, sino emocional. Veo un divorcio entre ambas cuestiones. Las personas somos seres emocionales pero no necesariamente expresivas. Al contrario, intentamos no expresar aquello que nos pasa y, cuanto más fuerte es lo que nos pasa, más tratamos de que no se vea. Si algo nos mata el entusiasmo es porque nos da mucho pudor que se vea lo que nos pasa. Esto, trasladado al teatro, me ha guiado mucho en mi rol de director de actores y en Automáticos hice extremar eso porque dije: «Cómo sería un actor que esté totalmente limitado, que no pueda expresar nada». Así, en esta obra incluí, de manera arbitraria, tres personajes que son maniquíes que luego cobrarán vida. Esta es la hipótesis del experimento. Se trata de adolescentes que están preparando un trabajo práctico para el taller de ciencias de la escuela y, un poco, es una especie de ensayo sobre el fracaso. La adolescencia es una etapa de mucha soledad, tristeza, la vida te pone en situaciones de asumir cosas, como la sexualidad, y estás solito tu alma. El mundo que se plantea es bastante desolador. Aunque es una comedia, la historia es tremendamente terrible.
- ¿Por eso la continuación se llama La felicidad ?
- También tiene un planteo que es duro. Rosa, la protagonista lo define mucho diciendo: "Lo fácil no perdura, sólo lo imposible es eterno". ¿Qué es la felicidad? Ese personaje descubre que de pronto, lo que es alegría fácil se puede obtener y dura bien poco. El ansia de algo permanente, de algo distintivo en ese deseo de lo definitivo, da cierto rasgo trágico. Lo que sucede con la felicidad es que no se tolera que venga para irse. Todo lo que tiene que ver con ese ansia de ser feliz genera mucha neurosis a su alrededor porque, si va a venir y se va a ir, prefiero que no venga. O quiero retenerla a cualquier precio. Adorno dice algo muy interesante: Nadie puede decir soy feliz, solo se puede decir fui feliz. Cuando se está inmerso en la felicidad no hay ninguna conciencia en eso.
- Dirigiste estos trabajos con actores españoles y ahora lo haces con argentinos. ¿Hay marcadas diferencias en esos procesos de creación?
- Los actores son diferentes en términos absolutos, en términos relativos son iguales. A la hora de trabajar te encontrás con actores con más dificultades o menos, mayor predisposición o no. Por suerte me entiendo bien con los actores. En España tienen una formación más integral entonces son más susceptibles a no ser dirigidos, te diría que se las arreglan mejor solos. Acá la formación tiene sus vaivenes, hasta hay actores muy buenos que no han tenido formación. Acá el fenómeno teatro alternativo hasta produce actores no sólo con poca formación, sino con poca experiencia, entonces te obliga a la dirección. La realidad es que con los actores argentinos obtengo una complicidad más sutil, más compleja. Como estamos más acostumbrados al doble discurso, al «digo esto pero en realidad quiero decir aquello»; por idiosincrasia y por el teatro que se viene haciendo que presenta cierta arbitrariedad del texto, de la puesta en escena y eso se asume en complicidad con todas las partes, siento que aquí tengo actores más cómplices a la hora de producir el engaño.
- Tus obras en España se mueven en un nivel comercial y aquí, el año pasado, Nunca estuviste tan adorable hizo temporada en el Broadway y ahora La felicidad se estrenará en el Regina. ¿Cómo vivís este paso por la escena comercial?
- Lo que me llama la atención es que mis obras puedan ser comerciales. Nunca lo hubiera pensado. Me llama la atención que me llamen empresas que quieren ganar plata. Tengo una relación extraña con la calle Corrientes, por miles de razones pero, una de las más importantes es que, en lo personal, no viví la verdadera calle Corrientes. Me tocó vivirla en la época de Alfonsín, cuando estaba a oscuras debido a la crisis de energía. Nunca tuve relación con la tradición de esa calle. Cuando comencé a hacer teatro, en el 76, estábamos en dictadura y en la calle Corrientes estaba lo más abyecto del teatro. Lo más interesante sucedía en salas como la Planeta, el Payró o el Embassy. De algún modo, en ese tiempo, Corrientes se armó una tradición de mala fama. Cuando Nunca estuviste tan adorable pasó al Broadway alguna gente decía con ironía: «Así que te vas al Broadway». Y, en realidad, es un teatro con paredes como cualquier otro. El tema está en que a una producción del teatro comercial te viene a ver cualquiera y cualquiera da miedo. Hace unos días miraba entrar el público en un preestreno de Automáticos, en la sala Timbre 4, y pensaba: «Todos estos podrían estar comiendo conmigo en un restaurante». En cambio, cuando miraba entrar al público del Broadway, sentía que, con mucha de esa gente, yo no tenía nada que ver. En mi trabajo siempre he seguido cierto desprejuicio: llevé a Gloria Carrá a trabajar a un sótano, incluí en un elenco del San Martín a un actor debutante. Para mí es una obligación ideológica ejercer el desprejuicio porque todos fuimos víctimas de ciertos prejuicios en el teatro.

• Carlos Pacheco | La Nación | 2007-07-19


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