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La escena iberoamericana

Ecuador. Vuelve Hamlet, en una adaptación de Baumann

Christoph Baumann, alemán radicado en el país, interpreta a Hamlet, en una adaptación libre de la obra del británico William
En cuanto se encienden las luces, sobre el escenario, una sola figura, delgada y a contraluz, aparece de pie, ora de frente, ora de perfil, moviéndose continua por el espacio horizontal que le corresponde, al fondo del tablado. Su mano sostiene un florete, antigua herramienta para practicar el arte noble de matar o morir como caballero; y entonces el espectador, impactado por el perfil que dibuja la magra sombra, con las piernas bastante separadas, la punta del florete en alto y la actitud a punto de tirar a fondo la estocada, recuerda inevitable a la figura triste de algún olvidado manchego andante.

Pero la imagen de la reyerta y el duelo no es más que una ilusión pasajera; pues no pasa mucho tiempo para que el rostro detrás de la sombra se revele completo, el arma en el suelo, el hombre caminando hacia el frente. Se trata del actor Christoph Baumann a punto de entrar en el trance que hará de él, en los próximos noventa minutos, una presencia múltiple que llevará a cabo la proeza inverosímil de interpretar Hamlet, el clásico de William Shakespeare, sin más acompañamiento que el de algún ocasional objeto de utilería, como el florete o la calavera que ya se ve sobre el escenario.

Entonces Baumann se multiplica. Es el fantasma de un rey Danés que acaba de morir y se le aparece a la guardia de palacio; es Hamlet, el príncipe en busca del fantasma de su padre; es Claudio, tío de Hamlet y asesino de su padre, a punto de ser coronado rey; es Polonio, esbirro de Claudio; es Ofelia, hija de Polonio y amor del joven príncipe; es Horacio, amigo de Hamlet; es Laertes, hermano de Ofelia; y es la madre, y es el pueblo, y es el omnisciente narrador que enlaza los momentos diversos que se desarrollan en la obra.

Baumann es todos los personajes de ese Hamlet, que fuera escrito por el dramaturgo inglés para ser interpretado por toda una compañía teatral, y que él mismo ha convertido en una suerte de monólogo complejo, en donde las conversaciones se sostienen entre Baumann y Baumann, y a veces con la intervención o interrupción de un tercer y hasta un cuarto Christoph Baumann.

“Quería una obra que pudiera entrar en mi maleta, para viajar con ella,” había dicho el alemán, cuando estrenó su adaptación libre de Hamlet, por el mes de marzo, en el teatro de la Asociación Humboldt. Por aquellos días, la obra todavía estaba en un proceso de construcción, y cada nueva puesta en escena era una oportunidad para revisar la trama, las técnicas narrativas y la actuación, siempre bajo la mirada vigilante de la argentina Susana Pautasso, quien acompaña al actor fungiendo de directora. Y la obra, en pleno proceso de maduración, había salido de la ciudad y hasta del país, exhibiéndose en festivales como el de teatro experimental que se desarrolló entre Quito y Guayaquil, pero también llegando a los caseríos del litoral ecuatoriano, pues ese era el anhelo no tan secreto de Baumann, quien desde el principio pensó en su Hamlet como una oportunidad para viajar por los pueblos llevando a cuestas un teatro que no necesite de mayores artificios para ser admirado y comprendido por un público neófito y sencillo.

Y luego de todo ese periplo, después de aquel proceso que llevara a este Hamlet monologado a un estadio de madurez plena y probada a lo largo del tiempo, sobre diversos escenarios, llega a Quito la nueva temporada de la obra, cuyo género ha sido definido por su intérprete como “unipersonal y dramático”.

La adaptación “unipersonal” de Hamlet, por serlo, no deja de presentar las temáticas más relevantes que han girado en torno al texto shakespereano desde el principio: el dilema del poder y su ejercicio; las relaciones familiares y el incesto; el amor y la subordinación de éste a los intereses del gobierno; las intrigas y traiciones, y todo el enredado círculo de relaciones que se teje por el trono. Para Baumann, una lectura centenaria de una realidad contemporánea.

La técnica, en realidad, no es un monólogo. Se trata más bien de un ejercicio de cuentería, un ejemplo de la tradición oral de narración, en donde el contador, en determinadas ocasiones, asume el rol de los personajes que está narrando; técnica que por estas tierras se diera a conocer hace ya algunos años con el trabajo del grupo Madrelengua. En el caso de Baumann, el recurso llega a tener un nivel bastante alto de complejidad y desarrollo técnico, puesto que además incluye digresiones que convierten a la trama en una especie de matrioshka, que a su vez contiene un par de historias más pequeñas, contadas por la voz de alguno de los personajes que desarrolla el actor, en una espiral cuyo principio se encuentra en esa sombra que hace esgrima para luego dirigirse al público (“Ser o no ser... ¿alguien sabe cómo sigue?”), y que termina, en el instersticio más pequeño, con el personaje narrado por el personaje que narra la sombra que es Baumann, el alemán que ha sabido reinventar a Shekaspeare, en un tributo muy personal.

• Javier López Narváez | El Telégrafo | 2009-11-06


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