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La escena iberoamericana

Argentina. El teatro, esa herramienta de cambio

Las experiencias del Congreso Internacional de Cultura para la Transformación Social.
El brasileño Geo Britto, del Teatro del Oprimido, y el argentino Adhemar Bianchi, de Catalinas Sur, compartieron en Mar del Plata una charla alrededor de las transformaciones que puede generar el arte en general y el teatro en particular.
La escena sucede en una cárcel de Brasil; la ciudad no importa demasiado. La cuenta, ante más de 300 personas, un pelado brasileño que parece un Fernando Peña más hippie y se llama Geo Britto, del Teatro del Oprimido –asociación sociocultural sin fines de lucro que estuvo dirigida durante 23 años, hasta su muerte, por el dramaturgo Augusto Boal–, en la última jornada del I Congreso Internacional de Cultura para la Transformación Social. Lo acompañan en la mesa de cierre Adhemar Bianchi y Nino Ramella. Entre las técnicas del Teatro del Oprimido, la práctica más extendida es la del Teatro Foro, un espectáculo basado en hechos reales, donde los personajes oprimidos y opresores entran en conflicto en defensa de sus deseos e intereses. Un carcelero se quiebra y comienza a llorar. “Soy un torturador, soy un torturador”, grita sin consuelo ante la evidencia de un puñado de imágenes macabras que desatan una tormenta en su mirada. “La lógica de su educación era torturar, pegar a una persona; para él golpear a un recluso estaba bien, era parte de su deber, hasta que descubre lo que ha hecho”, dice Britto, testigo de ese momento epifánico, cuando el hombre en cuestión, enfrentado a los juegos y técnicas teatrales, pudo comprender una palabra que hasta entonces escuchaba en boca de sus víctimas.
“Ya no tenemos entre nosotros al genio de Boal, pero tenemos muchos Boals con ganas de trabajar”, subraya Britto, después de repasar cómo las técnicas del Teatro del Oprimido, con centro en Río de Janeiro, se han extendido a lo largo y ancho del territorio brasileño, en universidades, organizaciones no gubernamentales, gobiernos municipales y estados, involucrando a educadores, líderes comunitarios, militantes del Movimiento Sin Tierra, agentes penitenciarios, presos y profesionales de la salud. Bianchi, uruguayo de nacimiento y porteño por adopción, bosqueja el contexto en el que surgió el teatro comunitario en la Argentina, más precisamente el grupo Catalinas Sur, en el barrio de La Boca. “Nuestra generación creía que la utopía de la revolución era posible”, recuerda. Formado en el teatro independiente uruguayo, con inflexión en lo grupal, Bianchi cruzó el río y se instaló en Buenos Aires en 1973 con un malestar que no estaba dispuesto a digerir. “El teatro no era transformador de nada; hacíamos teatro para convencidos.”
Poco a poco comenzó un trabajo colectivo que él define como “bisagra”, entre la clase media y la clase trabajadora, con los vecinos La Boca; una actividad que consiste en desarrollar prácticas artísticas comunitarias con eje en la transformación social. “Estábamos saliendo de la dictadura y teníamos que recuperar el espacio público con un planteo del teatro como fiesta, como celebración. Esa misma gente de clase media y trabajadora, que había estado encerrada, sale a las plazas”, recuerda el actor y director. “Si vivíamos en ese territorio, teníamos que saber la historia del barrio, recuperar una memoria artística de esa zona a la que llegaron los primeros titiriteros. Así nació Catalinas Sur hace 25 años, por contagio entre vecinos.” La epidemia, felizmente, se expandió tanto que 300 vecinos de todas las edades integran el grupo. “Las organizaciones sociales, muchas muy valiosas, creen que el arte es la decoración de la torta. No se dan cuenta de que también tienen derecho al arte no sólo como espectadores sino como productores”, critica Bianchi, artista generoso que pide a sus colegas compartir lo que saben. Se proyecta un video que dura trece minutos. Es la síntesis de esos puentes artísticos que trazaron un puñado de vecinos de La Boca en Venimos de muy lejos y El Fulgor Argentino, entre otras puestas. “El teatro es una fiesta, no la de Tinelli –aclara–; es una celebración del estar juntos.”
Otra bisagra en la multiplicación de los teatros comunitarios –unos 40 en la actualidad– fue 2001. “La gente comienza a pensar que tiene que ser protagonista y no representada. No hubo intención de colonizar; el teatro comunitario expresa la necesidad de crear, organizarse y pensar.” Una mujer toma el micrófono, en representación de los trabajadores de la cultura de Mar del Plata, y se queja por una ordenanza municipal que prohíbe las actividades callejeras. Ramella, que juega de local en Mar del Plata, le responde: “La provincia no puede intervenir en el espacio que ordena el municipio”. Bianchi pregunta si puede responder él. Claro que puede. “Lo que tienen que hacer es ocupar el espacio público.” Los marplatenses, que abundan en la sala, se ponen de pie y lo aplauden.
El Galés, apodo de uno de los colaboradores de Crear Vale la Pena, el hombre que cambió de continente y de idioma, quiere cantar una canción a modo de homenaje a Mercedes Sosa. Unas mujeres tararean “salgo a caminar, por la cintura cósmica del sur”, los primeros versos de “Canción con todos”; al coro se van sumando las voces de todos. Inés Sanguinetti, presidenta de Crear Vale la Pena, propone un ritual que aprendió en una comunidad maya a modo de cierre del congreso. Llegan los intendentes y el gobernador de la provincia, Daniel Scioli. Invitan al colombiano Jorge Melguizo a subir al escenario. “Para que la cultura sea un hecho transformador necesita de algo tan sencillo como voluntad política”, dispara en la cara de los funcionarios. “Nosotros, en Medellín, hemos demostrado que la cultura puede ser la protagonista, que puede quitarles el espacio público a la delincuencia y la inseguridad. Hemos demostrado que es posible la convivencia por encima de la represión.”
LA VISION DE OTROS PARTICIPANTES DEL ENCUENTRO
“La palabra caballo no trota”
Doryan Bedoya, colombiano que hace veinte años vive en Guatemala, es poeta, gestor cultural y cofundador de Caja Lúdica, colectivo de jóvenes, artistas, animadores y gestores culturales, que recuperó el antiguo Palacio de Correos –abandonado por la inseguridad y la violencia (el conflicto armado en Guatemala se prolongó hasta 1996)— y lo transformó en un Centro Cultural Metropolitano. Bedoya plantea que la trampa es involucrar el tema de la seguridad con el arte. “El arte no necesita de seguridad, ni cámaras ni policías”, subraya. “La cultura es el eje del desarrollo y no la economía. La cultura nos va a sacar de la ignorancia. En Latinoamérica nos deberían conocer porque cantamos, bailamos y hacemos poesía.” Inés Sanguinetti, mujer brava que lleva adelante la batalla por colocar el arte como motor de la vida social desde Crear Vale la Pena, tiene, como muchos de sus colegas, un posgrado en la esperanza que, sin embargo, no le impide ver los peligros en el horizonte. “Estos proyectos están siempre en riesgo de naufragio. Como dice mi marido, la palabra caballo no trota”, ironiza.
Rubén Darío Suárez Arana, director y creador del Sistema de Coros y Orquestas (Sicor), que comanda 22 orquestas infantiles y juveniles en el Oriente Boliviano, explica que de la mano de la música “recuperamos un patrimonio intangible y elevamos la autoestima de nuestros estudiantes”. Todo arrancó cuando al joven director lo invitaron a formar El Coro y Orquesta del pueblo de Urubichá, municipio indígena en la actual provincia de Guarayos. “Los chicos no conocían el pentagrama; hubo que trabajar muy duro para que el coro sonara bien –recuerda–. Y había que convencer a las autoridades de que esta actividad tenía que ser una inversión permanente.” Valeria Tella, coordinadora del programa de Orquestas del Ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires, asegura que una de las claves es trabajar codo a codo con las escuelas –es obligatorio que para integrar la orquesta cursen la primaria y secundaria– y con las familias. “La música es una herramienta formidable en la transformación de los chicos”, afirma Tella.

• Silvina Friera | Página 12 | 2009-12-13


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