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La escena iberoamericana

España. ¿Se apaga Mamet?

Fermín Cabal argumenta la pérdida de vigor en la obra del autor desde los primeros 90.
Mamet está de moda. El día 14 se estrena en el Lliure de Barcelona American Buffalo, y en el Español de Madrid apura sus días Glengarry Glenn Rosse. Fermín Cabal, sin embargo, cree que desde 1992 el autor no ha escrito ninguna obra vigorosa.

Terminó bien el año para David Mamet con el reciente estreno en New York, diciembre del 2009, de Raza, su última obra, con la que pretende, como ya es habitual, levantar una buena polvareda al abordar el delicado asunto de las relaciones raciales, “el más incendiario en nuestra historia” según el autor. ¿Lo conseguirá esta vez? La pregunta es pertinente porque en los últimos diecisiete años, desde el estreno de su última obra importante, Oleanna (1992), la estrella del reputado dramaturgo viene dando muestras de desfallecimiento, probablemente a causa de que su esfuerzo prioritario ha pasado a ser el cinematógrafo, donde ha estrenado desde mediados de los ochenta casi treinta películas, diez de ellas dirigidas por él mismo, labor en la que, si vamos a ser sinceros, tampoco parece haber conseguido una obra remotamente comparable a la de sus primeros años, cuando irrumpió como un ciclón en el anquilosado teatro americano.

Durante la década de los sesenta el teatro de autor había sufrido un indiscutible declive en todo el mundo. Tras la desaparición de Brecht, y el agotamiento de las fórmulas del absurdo, la palabra parecía vivir sus horas más bajas. Puesta bajo sospecha por Beckett, escarnecida por Ionesco y pisoteada por los jóvenes actores y directores que descubrían el Cuerpo como templo sagrado de la Inocencia Perdida, la pretensión de Decir a la antigua usanza, ¡como los griegos!, resultaba sencillamente ridícula. Ocurrió en todo el mundo y los Estados Unidos no eran una excepción. Samuel Gottfried vaticinaba en 1968: “No existe hoy en los Estados Unidos un solo dramaturgo profesional que podamos tomar en serio”. Por eso la aparición de un autor que hacía obras “como las de siempre”, fue un auténtico impacto en los medios teatrales neoyorquinos.

La obra de Mamet se despegaba claramente de la anemia postmoderna con sus habituales tics de explotación de lo pseudopoético y lo pseudointelectual. Su teatro se dirigía (como el de Sófocles, el de Shakespeare o el de Brecht) a la comunidad, y lo hacía sin complacencias. Naturalmente, su escritura no aparecía por generación espontánea, sino que se situaba en un punto de convergencia entre la tradición americana más reciente (Miller, Williams, Albee) y los supervivientes del absurdo (Harold Pinter). La recuperación del vigor verbal en una escritura descarada para el actor fue quizá lo que más llamó la atención en sus comienzos, desatando también la ira de sus detractores que veían en él a un nuevo “valor comercial” que explotaba insolentemente el ideolecto de la ruptura generacional, los tacos, la violencia verbal hasta el paroxismo.

El teatro contemporáneo oscila entre un lenguaje preciosista (“poético”) que renuncia al público y reclama quejumbrosamente la subvención, y la presión naturalista del lenguaje del cinematógrafo. Mamet presenta una escritura realista, pero que eleva el lenguaje sometiéndolo a una exigencia rítmica intensísima. Convertido en bandera estilística del joven teatro americano, Mamet demostró que el autor no estaba muerto y contribuyó decisivamente a la recuperación, en todo el mundo, del drama, firmando entre 1975 y 1992 una docena de obras de primer nivel, entre ellas tres obras maestras: El Búfalo americano, Oleanna y Glengarry Glenn Rose. Con motivo de su penúltimo estreno neoyorquino, Noviembre, una disparatada farsa llena de tópicos, Mamet publicaba en el Village Voice un artículo explicando que su visión del mundo había cambiado: “Como hijo de la década de los sesenta, acepté como dogma de fe que el gobierno es corrupto, que las empresas son explotadoras y que las personas, por lo general, son buenas de corazón”.

Hoy, en la madurez, estos postulados le parecen “ingenuos”. ¿Estará ahí la clave de la decadencia mametiana? Yo no lo creo, entre otras cosas porque nunca me ha parecido que los personajes de Mamet fueran almas cándidas. Más bien, al contrario, por su boca sale compulsivamente la violencia, la mentira, el egoísmo, que caracterizan a quienes se ven obligados a buscarse la vida en el polvoriento sueño americano. Más bien me temo que su enorme energía y su personalidad proteica le han jugado una mala pasada, dispersándole en cien batallas. Y como en los últimos años parece haberse retirado, prudentemente, a sus cuarteles de invierno, el estreno de Raza me hace concebir esperanzas. ¿Volverá a brillar la estrella del maestro americano? Ojalá.

• Fermín Cabal | El Mundo | 2010-01-08


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