
El autor y director de La omisión de la familia Coleman y Tercer cuerpo habla sobre las razones que lo impulsan a escribir y montar una obra; también, sobre la construcción de su nueva sala.
Claudio Tolcachir camina entre escombros, latas de pintura y tirantes de madera en un enorme galpón en reconstrucción en el barrio de Boedo. Mientras posa para las fotos, el director, actor y dramaturgo cuenta que allí funcionó alguna vez una fábrica de sillas. Todavía hay un riel que recorre el pasillo, desde la puerta de entrada hasta el fondo del terreno, por donde iban los carros cargados de materiales. "Cuando entré por primera vez, encontré telas de tapicería y patas torneadas que nadie se había llevado. Quiero usarlas para decorar y para la escenografía", dice Tolcachir con entusiasmo.
Hace casi tres años que el fundador de Timbre 4 lleva adelante el ambicioso proyecto de ampliar ese espacio teatral, que funciona en una casa antigua pegada a la suya, con un nuevo centro cultural que tendrá una sala para 150 personas, una más chica con cincuenta butacas, otra para muestras, charlas y presentaciones y un bar. Ubicada sobre la calle México, la nueva sede estará en la misma manzana que la original. Detrás de los futuros camarines habrá una galería que comunicará los dos teatros.
Esta aventura, como la llama Tolcachir, comenzó por casualidad. "Desde 2001, cuando comenzamos con las clases y las funciones en Timbre 4, tuvimos problemas con un vecino que vivía en el mismo edificio. Su departamento era el primero del pasillo y, por más que siempre les pedíamos a los espectadores que no hicieran ruido mientras esperaban para entrar en la sala, él salía a gritar enfurecido. Llegó a denunciarnos por ejercicio de la prostitución y venta de droga -recuerda el autor de La omisión de la familia Coleman y Tercer cuerpo -. Entonces, con el equipo de actores y profesores decidimos buscar una entrada alternativa. Pensábamos en alquilar un pasillo lindero hasta que unos vecinos nos dijeron que a la vuelta había un galpón que daba a nuestra sala. Nos encontramos con un lugar hermoso. No estaba en nuestros planes comprar una propiedad y arreglarla, pero con esa tendencia que uno tiene a meterse en situaciones que no sabe cómo van a terminar, aparecieron familiares y amigos que se sumaron al proyecto. Tardamos un año y medio en empezar con la obra y ya hace un año que estamos con arquitectos y albañiles."
-Al tener la oportunidad de construir su propio teatro, ¿cómo se imagina que debería ser una sala ideal?
-Te diría que si hay un sueño, es tener un juguete que no te limite, que te permita cambiar según las necesidades de la puesta. Tratamos de basarnos en las posibilidades reales del espacio y de que quede lo más virgen posible, para después poder tomarlo y hacer lo que queramos. Tener la posibilidad de jugar y de convocar gente para que se sume es lo que más me divierte del teatro. Para quienes quieran colaborar con la construcción de la sala, creamos el proyecto "Comprá tu butaca" ( www.timbre4.com ). Buscamos padrinos que compren simbólicamente una platea.
La idea de Tolcachir y compañía es inaugurar en mayo, con una retrospectiva: La omisión ... subirá a escena en la sala grande; Tercer cuerpo , en la chica; y Jamón del diablo , la primera obra del grupo, estrenada en 2002, en el espacio para muestras. Durante 2010 se podrá ver allí también el nuevo espectáculo del director, por el momento en proceso creativo.
-En sus obras anteriores escribió sobre una familia disfuncional (los Coleman) y sobre individuos solitarios que se vinculan en una oficina. ¿Sobre qué situaciones trabaja ahora?
-Estoy construyendo un universo diferente y quiero que el proceso de trabajo también sea distinto. Como hasta ahora escribí con cierta mirada crítica hacia los personajes o sus condiciones, en esta obra quiero generar otra cosa: los protagonistas viven de una manera marginal y quisiera que cuando el público los vea, sienta que está bien esa elección, más allá de que no le guste la forma de vida. Investigo sobre un tema complicado: otra forma de aceptar el amor, la enfermedad y la muerte.
-¿En qué etapa del proceso está?
-Escribiendo cosas sueltas, garabateando ideas. Este mes me junto con el equipo para empezar a trabajar. En este proceso voy a recuperar la improvisación, como hicimos con los Coleman. Los actores serán los mismos que participaron en esa obra. Son mis amigos y lo que más me motiva es imaginarlos interpretar determinadas situaciones.
Durante la entrevista, realizada en una confitería de Boedo una tarde de mucho calor, Tolcachir insiste en una idea: disfrutar del trabajo, divertirse en los ensayos, encontrar placer en el teatro. Le pregunto si esa búsqueda es parte de su método, si tiene que ver con su estilo de dirigir y de abordar el oficio.
-Empecé en teatro a los 16. Ahora tengo 34 y, en general, siempre me sentí bastante libre para probar distintos caminos. Me acostumbré a trabajar seriamente pero por placer, tanto en el circuito independiente como en el comercial. Del teatro me divierten los ensayos, descubrir los tiempos de los actores, pensar un espacio, crear un clima. Es un placer que descubrí de muy joven. Estudié arte en el Instituto Labardén, que fue un lugar muy inspirador para mí porque se podía aprender de todo. Tengo un hermano director de orquesta, con quien compartí algunos trabajos. Y mi padre, Isidoro, con el tiempo también se hizo actor. Empezó a estudiar de grande, cuando yo era adolescente. Ahora va a participar en una de las obras que voy a estrenar este año.
-¿Qué cree que les genera el teatro a los espectadores?
-Pienso que lo mismo que a nosotros: placer. Un grupo de actores que actúan a metros de la gente, respiran el mismo aire y sienten la misma vibración es un hecho único, no tiene competencia. Como actor, autor o director, trato de participar en obras que estén vivas, que sea un placer hacerlas, que nos permitan disfrutar cada función.
-Cuando dirige una obra suya, ¿se relaciona de la misma manera con el texto que cuando se trata de una de otro autor, como Agosto?
-Cuando el texto es propio, uno conoce un poco más los motivos por los cuales esas palabras están ahí. Cuando el texto es de otro, hay que descubrir o adivinar las razones. En el caso de Agosto [de nuevo en cartel], la obra es buena y el elenco, maravilloso. Al estudiar la obra, antes de dirigir, analizo las situaciones en general; después, cada una en particular; y luego, el recorrido de cada personaje. Trato de encontrar la mayor cantidad de relieves posible. Cuando llega el ensayo, ya tengo en la cabeza la evolución de cada uno y lo que imagino de la obra. Después viene la otra parte: encontrarse con los actores. Ahí empiezo a probar. En Agosto son trece actores y trece formas distintas de trabajar. Descubrir a cada uno es la parte más linda del trabajo.
-Poco después del estreno declaró que, antes de empezar a ensayar, estaba muerto de miedo.
-Cuando estoy por empezar una obra mía, también estoy muerto de miedo. En este caso, era mucha responsabilidad porque era un proyecto muy grande, tenía que entender los tiempos de cada actor y estar a la altura de figuras tan talentosas como Norma Aleandro y Mercedes Morán. Por suerte, pude disfrutarlo. Se generó lo mismo que con mi equipo: la felicidad de trabajar juntos. Creo que cuando el grupo adhiere a una idea, las obras salen distintas. Cuando los actores cumplen con su trabajo y nada más, se nota en los resultados.
-¿Cómo fue el proceso de creación de sus obras?
-Fue diferente en cada caso, así que no tengo una teoría al respecto. Las dos veces me pasó que el autor y el director eran dos instancias totalmente distintas, que se comunicaban entre sí pero no tanto. Escribo pero no me impongo la decisión de ayudar al director. Digo: "Escribí lo que quieras, que se arregle el director". Cuando dirijo, tomo el texto y corrijo, corto, cambio algunas cosas de lugar, pero en general queda básicamente lo que escribí. Cuando estoy escribiendo, no sé cómo va a ser la puesta, no tengo idea de dónde va a estar ubicado el escenario ni qué van a hacer los actores.
-¿En qué piensa entonces?
-Ni en cómo se va a representar la obra, ni sobre qué voy a hablar. Con la primera obra, me había enamorado de un universo, de unos personajes, de una forma de contar, y escribir era una forma de conocerlos y de ponerlos en situaciones determinadas, cada vez más incómodas, y darles vida. Improvisamos durante unos meses y después me senté a armar el texto. Tercer cuerpo, en cambio, fue un trabajo más consciente, más estructurado. No pude improvisar porque estábamos de gira por Europa y yo quería empezar a escribir. Pero hacía un año que venía pensando la historia de cada personaje; en un momento, algo se armó y salió. Sabía con qué actores quería trabajar y escribí para ellos. Cuando escribo, no pesa tanto lo que veo en imágenes como lo que escucho: las voces de los actores me sirven para imaginar cómo lo van a decir.
-¿Cómo decide el tema de la obra?
-Tiene que ser algo que me conmueva, como cierta incapacidad de gente adulta para resolver cosas que en principio podrían ser sencillas: hacerse cargo de una vida, acercarse a la felicidad. Ese sentirse fuera de lugar en la vida me conmueve. Lo conozco y sé de qué estoy hablando. Me produce mucha gracia y mucha rabia ver a la gente tratando de seguir adelante como puede, haciéndose los idiotas o cerrando los ojos, o haciendo lo imposible por encontrar la felicidad. La situación desesperada de alguien que se siente solo en el mundo es lo que más me conmueve.
-¿Ese fue el origen de las suyas?
-Sí. En los Coleman, un procedimiento familiar de negación; en Tercer cuerpo , personajes muy mentirosos, que es distinto de negadores; éstos tienen claro lo que les falta y lo buscan como sea. Ocultan su soledad al núcleo cercano, pero al mismo tiempo buscan activamente. Cuando empezás a escribir es realmente muy poco lo que sabés, pero hay un juego que te llama y te dice que hay algo. Hasta ahora siempre escribí de un tirón: primero un tramo, pasan dos meses y escribo otro tramo. En Tercer cuerpo , el final surgió quince días antes del estreno. No sabía cómo terminaba y de pronto apareció. En realidad, ya estaba, pero yo no lo había visto. Es un período divertido, pero también me angustio mucho. Hay que tener paciencia.
- La omisión ... lleva cinco años y alrededor de 900 funciones. ¿Por qué cree que tuvo tan buena repercusión en el país y también en Europa?
-No sé por qué; uno puede decir que es porque la obra es buena, sí, pero hay muchas obras que son muy buenas. Creo que se dio en un momento en el que la sensibilidad de la gente tocó con la sensibilidad de la obra y del grupo. Lo curioso es que pasó aquí y también pasó después en cada lugar que visitamos. Supongo que está bien no saberlo, en realidad, porque es el misterio del teatro. Como en muchos trabajos me fue bien y en muchos me fue mal, no sufro tanto cuando las cosas no funcionan como uno quiere, ni tampoco me creo alguien especial cuando todo sale bien. Trato de disfrutar lo más que puedo. Me encantó que a Coleman le fuera bien, pero lo que más me gustó fue tener la posibilidad de viajar junto con mis amigos. Me importa más lo que vivimos como grupo y el placer de ver que la gente se divierte con la obra.
Después de presentarse durante 2009 en Timbre 4, las dos obras estuvieron de gira por Europa hasta este mes. La omisión ... fue por tercera vez a España, estuvo un mes en Madrid y después recorrió el interior de España y Francia, al igual que Tercer cuerpo, que se estrenó en Madrid con todas las entradas vendidas. En febrero retoma las funciones en la sala de Boedo, mientras el director ensaya Todos eran mis hijos , de Arthur Miller, para estrenar en abril en una sala comercial, y continúa con el proceso creativo de su próxima obra.
-En 2009 actuó en La noche canta sus canciones , que dirigió Daniel Veronese. ¿Por qué sigue trabajando como actor? ¿Siente que está del otro lado o que es parte de lo mismo?
-Son distintos roles y son muy diferentes las preocupaciones. El actor tiene la preocupación de sentir el abismo de su personaje; el director tiene que preocuparse por todo: los actores, el texto, la luz, la música, la sala, la calefacción. Al mismo tiempo, tenés el placer de crear y tomar decisiones artísticas. Aun como autor y director, yo creo que el teatro es del actor. Cuando empecé a escribir y dirigir, me llamaba la atención que me hicieran notas a mí. Son los actores los que te emocionan. Sigo sintiendo que el aplauso es para ellos, los que estuvieron en el escenario. No podría dejar de actuar porque es lo más divertido, emocionante y sanador que te puede pasar. Cuando no actúo por un tiempo, empiezo a volverme un poco loco.
Foto: Sebastián Szid
• Natalia Blanc | La Nación | 2010-01-16
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