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La escena iberoamericana

Venezuela. "No creo en revoluciones que tengan tal celo por el mínimo disenso"

Juan Carlos Gené, fundador del Grupo Actoral 80, rechaza la "distinción" otorgada a ese colectivo
El director argentino ha cuestionado el trato discriminatorio que ha recibido del Estado el GA80, grupo que, asegura, fue fundado sobre las bases de la tolerancia y la integración.

A poco más de 15 años de haber regresado a su país, el director argentino Juan Carlos Gené no reconoce la Venezuela en la que emprendió "el proyecto de su madurez". Desde su habitación en Buenos Aires, ciudad en la que nació en 1929, recuerda sus años en Caracas, específicamente 1983, cuando fundó el Grupo Actoral 80 con integrantes del Taller Actoral Permanente.

"Venezuela era una de las tres democracias de la América Latina de aquel tiempo, junto con Colombia y México. El país había recibido una gran cantidad de intelectuales, actores y artistas de toda la región, y en el taller habíamos convivido argentinos, uruguayos, chilenos, bolivianos y centroamericanos que habíamos logrado un lenguaje común. Así nació el GA80, con la idea de una expresión común latinoamericana que se propuso subrayar todo lo que nos une y dejar de lado ­sin ignorarlo­ lo que nos separa", relata el director del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral, CELCIT.

Gené no logra comprender cómo una agrupación que actúa con ese espíritu de integración y tolerancia ha sido despojada de su subsidio anual, simplemente porque el Gobierno considera que sus "conductas públicas perniciosas afectan la estabilidad psicológica y colectiva de la población".

Inmediatamente después de enterarse de la medida, que perjudicaba también a una decena de grupos teatrales de Caracas, redactó un comunicado titulado "Fórmulas que Göebbels envidiaría". En él afirma: "Ninguna supuesta revolución que se presuma reivindicatoria de intereses populares tiene derecho de perseguir el disenso de esa manera si no quiere defraudar las expectativas que se hayan puesto en ella". Luego, cuando se supo que el Ministerio de Cultura había reconsiderado devolver el subsidio a todas las agrupaciones menos al GA80, difundió otro. En este último expresó con ironía su asombro por la "distinción" que había recibido la agrupación que fundó y que desde hace 17 años dirige Héctor Manrique.

--En los tiempos que estuvo al frente del GA80, ¿cuál fue el momento más difícil que le tocó atravesar?

--El viejo espacio del sótano 1 del edificio San Martín de Parque Central, donde alguna vez funcionó la biblioteca del Ateneo de Caracas, fue cedido al CELCIT por la institución que fundó María Teresa Castillo. Ahí nació el GA80. En un momento determinado, el Centro Simón Bolívar quiso ampliar los estacionamientos y pretendió sacarnos, para lo cual simplemente nos cortó la luz. Durante ocho meses trabajamos en ese lugar sin luz, sin aire, sin ventiladores, y creamos dos espectáculos iluminados a vela. El grupo persistió y logró un comodato de ese lugar.

--Usted llegó a Venezuela huyendo de la dictadura que ensombrecía su país. Con base en esa experiencia, ¿cuál cree que debe ser la posición y la actitud de los artistas e intelectuales ante el autoritarismo?

--Depende. Lo que yo hice fue lo único que tenía posibilidad de hacer en aquel momento. Salí por la hendija que pude. De lo contrario, en el mejor de los casos, me hubiera convertido en un muerto civil. Sin embargo, mucha gente no se fue y corrió los riesgos. Algunos ya no están, otros sufrieron diversas clases de penurias, pero decir en general cómo se puede plantar uno ante una dictadura es difícil. Yo no pudiera poner lo que yo hice como un ejemplo. Sugiero, sin embargo, que un intelectual, un artista, tenga el cuidado de vislumbrar cuáles son los peligros a los que puede ceder.

--¿Qué opinión le merecen unos artistas que en determinado momento se pliegan y desconocen su filosofía a cambio de apoyos oficiales?

--No sé. Durante el tiempo que yo estuve en Venezuela, nosotros existimos con la protección económica del Estado. Como solía pasar en la Venezuela de entonces, como siempre había ocurrido desde 1958, uno se ganaba el derecho de que el Estado se ocupara de la manutención del esfuerzo cultural privado. Eso era ejemplar para toda América Latina. En ningún momento el Estado venezolano nos exigió plegarnos a nada ni nos pedía cuenta de lo que hacíamos. Sólo requería que cumpliéramos los compromisos que tomábamos cuando aceptábamos cada año los subsidios que nos daban, siempre muy modestos, pero un reconocimiento del Estado a nuestra tarea. Un artista o un intelectual no debe plegarse a nada, siempre que pueda. Lo que sugiero con mucha humildad es que uno siempre debe probar hasta dónde llegan los límites. A veces uno se limita mucho antes del verdadero límite que tiene y se termina autocensurando.

--¿Cuál debe ser la reacción de un grupo teatral ante el autoritarismo y la imposición?

--La única forma de resistir es insistir en lo que se estaba haciendo. El único teatro político que reconozco no tiene que ver con hacer política con el teatro, sino hacer del teatro una política. La consigna debe ser: "Contra todos los inconvenientes, contra viento y marea, seguimos haciéndolo, no nos detenemos".

--¿Cómo recibió usted la noticia de que a varios grupos, entre ellos el GA80, les quitarían el subsidio?

--Titulé mi primer comunicado "Fórmulas que Göebbels Envidiaría" porque jamás había visto una cosa así. Sin embargo, recuerdo también que cuando hice esa primera comunicación confiaba en que todo esto se tratara de un error de funcionarios menores. Recibí esa noticia con una profunda pena, en el doble sentido de la palabra: pena como dolor primero y luego pena como la usan allá en el Caribe, como vergüenza, porque de pronto una tradición democrática ejemplar que había instalado Venezuela en el continente pudiera terminarse. El enunciado que tilda a la agrupación de perniciosa es un disparate, una torpeza, algo carente de toda base, de toda veracidad. Cuando alguien se arroga el derecho de legislar sobre la moral pública a través del arte, la situación se torna muy peligrosa. Una situación en la que se trata de unificar las mentes. Pero como eso no es posible, se termina en la represión. Nadie tiene derecho de arrogarse el pensamiento único. No creo en cambios revolucionarios que tengan tal celo por el mínimo disenso.

--Pocos meses después se supo que el GA80 fue el único al que le eliminaron el subsidio.

--No lo comprendo. Si se tratara de grupos de poder, de un caso de intrigas nacionales o internacionales, de grandes medios de comunicación, uno entendería que se tomara ese tipo de medidas. Pero que se dirijan a un grupo de teatro me resulta hasta ridículo. Es muy lamentable que Venezuela pierda esa tradición, esa política de Estado de apoyar la actividad cultural privada con independencia de los gobiernos de turno. No me explico el porqué del ensañamiento con el grupo, aunque pude saber que cuando integrantes del GA80 se presentaron en el Ministerio de Cultura para reclamar, se les dijo que si se deshacían de Manrique el asunto podría funcionar. No lo entiendo, salvo por el caso de una persecución personal.

• Marco Bell | El Nacional | 2010-01-25


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