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La escena iberoamericana

Argentina. “Pelear por un lugar de privilegio me costó medio cuerpo”

Carlos Andrés Calvo encabeza con éxito la obra Rumores en Mar del Plata y habla de todo.
El ataque de hemiplejia que lo transformó en otra clase de noticia quedó atrás hace tiempo, pero ahora, con el humor de siempre y una madurez nueva, le pone palabras a todo. Incluso a los rumores ya no teatrales.

¿Acá dan la de Carlín?–, pregunta la señora, que se sostiene del brazo de su amiga, las dos impecables, como se debe ir al teatro, pero con las camperas de invierno onda Bariloche, porque de noche en La Feliz refresca. Sí, acá, en el emblemático edificio del hotel y teatro Provincial recuperado de la ruina hace poco más de un año dan la de Carlín y aquí mismo el actor ocupa una suite que a él le suena a “estrella divo de Hollywood” y dice que le queda demasiado grande cuando sus dos hijos no lo invaden todo.

“Estoy desayunando y viene mi hija, Abril, desde la otra punta con el triciclo a todo lo que da y quiere pasar por debajo de la mesa exactamente donde estoy yo… qué se le va a hacer, creo que las cosas cambiaron un poco”, reflexiona el hombre que quizás, ni en sus peores pesadillas en su época de máximo canchero máximo macho argentino máximo langa patrio, soñó con formar una familia. De hecho recuerda una anécdota que va de lo gracioso a lo patético en dos segundos. Resulta que un día Carlín se estaba casando por civil en su casa con Carina Galucci y el juez le pregunta: “Carlos Andrés Calvo, ¿desea por esposa a Carina Galucci?”. “¿Me puede repetir la pregunta?”, insistió el actor. “Es que no podía creer lo que estaba haciendo, si habré sido un gran negador yo…”, dice. “Pero mirá qué tan negador que al rato me llama mi jefe de prensa para confirmar si me estaba casando y le digo que no, me pasa con el jefe de espectáculos de un diario para que le diera la primicia y también le digo que no; fue increíble. Después blanqueé lo evidente”, recuerda, mientras pone su mejor cara de galán para el fotógrafo y desaparece, mágicamente, cualquier signo físico que indique que este hombre, hace poco más de diez años, tuvo un ataque de hemiplejia.

“La de Carlín”, pues, se llama Rumores, comedia de enredos escrita por el dramaturgo americano judío Neil Simon (Extraña pareja, Perdidos en Yonkers, entre otras), donde cuatro parejas se reúnen para festejar el décimo aniversario de casados de unos amigos y encuentran al dueño de casa con un disparo en una oreja y a su mujer y al personal doméstico, desaparecidos. De ahí se disparan una serie de controversias y un tendal de mentiras que complican la situación. Calvo dice que esta obra trata sobre “el caretaje”. Y justamente sobre las apariencias, así como sobre lo devastador que puede ser el éxito y las contradicciones de un hombre que se debate entre el ser y el deber ser lo que se espera de él, ronda esta entrevista con Crítica de la Argentina.

Al actor no le sorprende la anécdota de las dos señoras; es más, parece como si esa popularidad ya le pesase un poco; en seguida, sin mediar ninguna pregunta, se larga a explicar por qué: “A una parte mía todo eso le gustó; en algún momento de mi vida compré lo que vendía. Con esto quiero decir que me fui de mambo: cuando comprás lo que vendés cagaste. Yo perdí los puntos de referencia. Cuando volví a laburar, después del accidente, lo único que quería era no creérmela más. El primer año que hice Mar del Plata, con la obra Casi un ángel, con la Ayos, fui número uno en recaudaciones y todos los días repetía: ‘No te vuelvas loco’”.

–¿Qué pasó cuando te la creíste?

–Me enfermé. Pelear por un lugar de privilegio entre la gente me costó medio cuerpo. No es joda. Nunca me pregunté por qué me había pasado sino para qué. Por algo el Barba me dejó vivo, para que yo pueda sostener y equilibrar lo laboral y lo familiar, algo que antes de mi accidente no pude hacer. Porque además yo sé por qué me pasó esto: por entrar en la locura del rating. Ni el éxito ni el fracaso son determinantes en la vida. El éxito y el fracaso son dos impostores.

–¿Hay otro hombre detrás de ese estereotipo de galán o de macho argentino?

–Sí que lo hay. El problema es que antes de mi accidente no distinguía entre uno y otro. Me creí que ésa era la verdad, la gente lo compraba y yo también. En un momento no pude separar lo que yo vendía y lo que era. Me fui. La pagué caro. Y cuando volví, después del accidente, rogaba que la gente no volviese a comprar lo mismo de siempre. También tenía miedo de dar lástima, pero después entendí que nadie iba a comprar una entrada por lástima. Yo no iba a soportar trabajar en este medio como si fuese una víctima.

–Tampoco se puede dejar de lado que el público puede tener un componente alto de morbo.

–El morbo puede haber sido el primer año. A lo mejor querían saber cómo estaba físicamente, pero después no. Salía de gira con la Ayos y reventábamos en todos lados. Me sorprendía, decía: “Puta, pero cuánto amor”. Pero seguramente hubo algo de morbosidad, de “a ver cómo está este pibe”.

–¿Cómo zanjaste ese temor?

–Le pedí al autor, Manuel González Gil, que en el monólogo de entrada me mande al frente para explicar qué me había pasado. Yo decía: “Hace dos años tuve un ataque hemipléjico” y cuando pasaba esa parte me sentía aliviado. Además decía: “Ustedes estarán pensando si yo sí… o si yo no. Sí, todavía puedo”. Arrancaba así como para despejar dudas de si no servía para nada o si servía. Mi hija tiene que ver con eso. Pasados los 50, significó la demostración de que podía. Para que digan: “¿Ves que no quedó tan turulo?”. Esto no vino mal (dice con esa picardía carlinesca, ese gesto del ya conocido vos fumá). No la tuve para demostrar nada, pero no vino mal (y se ríe). En algo, evidentemente, ayudó, no sé si para demostrar que sigo siendo el macho, no lo sé.

–¿Qué era lo que de verdad te importaba después del accidente?

–Lo que más me preocupaba era que mis hijos me vieran arriba de un escenario. Incluirlos en todo lo que me pasaba con esta profesión y la repercusión que tenía entre la gente. Siempre pensaba que mis hijos se iban a sentir contentos de que yo volviese a laburar y de mi lado, quería que vean cómo es esto, no para que se dediquen a la actuación, a mí no me disgustaría pero tampoco voy a influenciarlos.

–¿Te preocupó mantener el personaje que te dio el éxito?

–Con respecto a seguir siendo “el macho”, te diría que lo tuve que soportar. Yo toqué la gloria y el fondo del mar, sin transiciones. De ésa hubo que salir. Y un tipo ganador, macho, que responde a una estética del canchero, de golpe se quedó sin la estética y me di cuenta de que a la gente le daba pudor mirarme por la calle por las dificultades motrices. Las mujeres pasaban de frente y bajaban la mirada. Hasta que me di cuenta de que tenía que ver conmigo: yo bajaba la vista e inhibía. Tenía vergüenza. Entonces cambié de actitud y la cosa fue distinta. Arriba del escenario también me pasó lo mismo: la gente dejó de mirar si tenía dificultades para moverme cuando empecé a moverme naturalmente. Cuando actúo se olvidan de cómo tengo la pierna o el brazo porque yo también me olvido. Por eso sobreviví.

–¿En algún momento te pudiste reír de lo que te pasó?

–Se supone que yo era un tipo muy divertido. Mi hermano siempre dice que la gente le pregunta: “¿Vos sos el hermano de Carlín? ¡Lo que te debés cagar de risa!”. Y mi hermano me veía tirado, angustiado y debería pensar: “Sí, me cago de la risa”. Era un bajón estar conmigo. Vos me hablabas y yo no me reía, no me salía la mueca, pero por dentro tampoco me reía. La primera vez que me reí fue arriba del escenario, cuando escuché la risa de la gente, ahí dije: “Bingo, estoy de nuevo”.

–¿Y fuera del escenario?

–Me pasaban cosas ridículas. Una vez viene una mujer a sacarse una foto conmigo y yo no controlaba nada la mano izquierda. Me puse al lado de la mujer y la mano se me iba sola a su culo. Era una cosa de locos. De pronto tac, la mano al culo y la cara de la mina se transformaba, como diciendo: “Me metió la mano en el culo sin pedirlo”. Y yo me tensionaba más. Fue una situación tremenda. Con el tiempo me empecé a reír de todo eso. Pero la mayoría de las situaciones que viví después del accidente fueron tristes.

–¿Sos creyente?

–Creo en Dios por una necesidad de agarrarme de algo. Cuando volví a trabajar después de tres años, seguí fumando. Porque después del accidente fumaba. Sí, no hagas caras, no soy muy vivo que digamos. Un día me sangra la nariz y lo primero que pienso es que nadie me va a llamar más para laburar. Entonces, miré el cielo y dije: “Diosito mío, parame la sangre y mañana dejo de fumar”. Al segundo la sangre paró y no me preguntes más qué pasó. Al otro día dejé de fumar… del cagazo que me agarró porque me había parado la sangre.

–¿No se te cruzó por la cabeza dedicarte a otra cosa que no fuese la actuación?

–Me decían que dirigiese, y no tengo la paciencia para dirigir, si a los actores no me los banco, tienen tantas vueltas. Si un actor no llegaba a coincidir con lo que yo pensaba, me mataba a los dos minutos. Pero además no tenía armonía tras este bolonqui.

–¿Y escribir?

–También lo pensé. Pero como soy demasiado exigente conmigo, cada vez que escribía tres líneas tiraba el cuaderno entero. Yo siempre me sentí menos de lo que era, por eso siempre me sorprende lo que viene. El actor suele creerse más de lo que es; eso es frustrante porque cuando te das cuenta de que no lo sos, a no ser que seas un gran negador –que hay muchos en esta historia–, te querés matar.

–Entonces, a vos el éxito te tomó por asalto.

–Cuando toco la gloria: los 56 puntos en la tele, las 6.000 personas en el Ópera y las chicas que se me tiraban encima en la calle Corrientes, me vi envuelto en una locura. Se había generado un personaje de una identidad que se arraigó hasta la locura. Eso me asfixió, lo amaba pero al mismo tiempo había perdido el criterio de la realidad. ¿Cómo hacía para manejar los deseos de la gente? No podía interpretar a un tipo normal, siempre tenía que decir: “Qué hacé, qué hacé, es una lucha, ¿y Pablito? Está preso porque se robó un salame”, todo eso todo junto. Sentía que no podía defraudar.

–¿Cómo es que entraste en semejante juego?

–¡Qué querés que haga! A esa altura estaba a un metro del piso. No me importaba nada. Si despertaba alegría en los otros, iba para adelante. Siempre estuve al servicio. No conocí otra cosa que el éxito en esta profesión. Al ser elegido de entrada, mi referente era el éxito. Apenas empecé, ya decía que el fracaso era la muerte en vida. Con ese pensamiento... qué se podía esperar de mí. Era un pensamiento limitado y cortoplacista. Pero yo cambié; si no, no llegaba vivo. Para mí era fundamental la caricia de la gente, la repercusión mediática, esa cosa de sentirme querido. Además, creía que si no volvía la gente me iba a olvidar. Yo estuve tres años sin laburar y caminaba por la calle y me daba cuenta de que no tenía la misma repercusión.

–Pero vos ya no tenés que demostrar nada porque tu personaje caló demasiado hondo.

–Puede ser, pero necesito hacer otras cosas, probar y divertirme. Sé dentro de qué formatos funciono bien. Ya no se trata de un mimo más, se trata de que necesito actuar. De hecho en Rumores no tengo el protagonismo total, está balanceado con Nico Vázquez, que tiene momentos muy intensos. Eso habla de una madurez de mi parte. Antes, ni loco te cedía protagonismo, ni loco te cedía el monólogo. En este caso el monólogo es de Nico. Pero sigo necesitando el amor de la gente y tengo que seguir provocando hechos. Me encantan, me encantan, me encantan esos mimos… no quiero ser una víctima del accidente, pero fue tan angustiante que no quiero perder ese cacho de amor que me da la gente, hasta me hizo olvidar del accidente. Por eso la comedia es fundamental, puedo hacer otras cosas, pero en la comedia me ubico.

–¿Rechazaste proyectos?

–En algún momento rechacé personajes que los veía muy lejos de mí. Pero como te digo una cosa, también te digo la otra (ríe a carcajadas). Si veía que no lo podía hacer encontraba la respuesta correcta: “No es un personaje para mí”. Me decían que no lo agarraba porque quería hacer sólo de Carlín. “¡No, no, qué tiene que ver Carlín, para mí es un desafío importante!”, les respondía. El discursito lo tenía bien armado. Era muy estructurado. Pero en este medio estás muy solo. Yo aposté a la integración, pero mierda que quieren la integración, eso es subversivo. Te aman sólo si te va muy bien. Yo vi actores a los que les iba muy bien e hicieron todo al revés de lo que les había dado el éxito y desaparecieron. Vi eso y trabajé no poniéndome en contra de lo que la gente quería y tratando de sorprenderla siempre.

–¿Nunca entraste en contradicción como artista con esto de darle al público lo que pide?

–Claro que sí. Esa necesidad de verme en el personaje carlinesco me limita las posibilidades de proyectar como actor, pero hay una parte mía que asumió que no puedo pelear, aunque lo intente, contra lo que quiere la gente. ¿Qué sentido tiene? Pero otra vez: como te digo una cosa, también te digo la otra. Eso no quita que me pregunte: ¿qué soy? ¿soy un actor? ¿soy un personaje? Bueno, alguna vez me la he jugado, hice Drácula, y todavía me la puedo jugar.

–¿Tenés algún proyecto en mente?

–Quiero hacer un personaje al que le sucede algo parecido a la situación por la que yo pasé. Tengo la idea en la cabeza y hay gente que la compró. Sería una ficción para tele que partiría de un personaje que tiene un accidente como el mío y pierde a la familia y el trabajo y a partir de ahí empieza a construir. La idea es mostrar a un tipo que tiene dificultades motrices. Mirá cómo arranca el programa (se entusiasma como un nene): el tipo no tiene laburo y el primero que le dan es de maratonista. ¿No es un lindo quilombo? Lo quiero contar con humor, porque sabés qué, esto sólo se puede contar con humor.

–La obra que protagonizás habla de cómo tapar una mentira con otra más grande. El terreno de los rumores no te es ajeno ¿Cómo te llevás con eso?

–Cuando era pendejo me encantaba, me parecía bárbaro que hablasen de mí. Mi jefe de prensa decía que si estrenábamos, antes Carlín salía de un garaje con un auto, y en seguida había una foto de un nuevo romance. Siempre entendí que eso era parte del show business. Era algo ingenuo y tuve claro que no tenía que joderle la vida a nadie, ni a una actriz, ni a un fotógrafo ni a un periodista. Pero de los últimos años para acá no me gusta para nada, porque tuve que atravesar los rumores con una familia y eso afecta a los que más quiero. Por eso salí a hablar, porque eran mentiras y no tenían pruebas. Me preguntan por qué me calentaba tanto si yo sabía cómo era esto. Pero cuando mi hijo me contó que lo jodían porque sus padres estaban separados, no me la podía comer. Me causa gracia hablar de esto ahora, porque, como te digo una cosa, también te digo la otra: hay una parte mía que se divierte con eso. No puedo distinguir hasta qué punto no me gusta de verdad que pasen esas cosas. Es una mezcla rara, como que conviven un ángel y demonio.

• María Fernanda Mainelli | Crítica | 2010-01-29


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