Entrevista a Juan Carlos Gené
A punto de cumplir 79, el actor, director y dramaturgo regresa en esas tres funciones al ruedo. Estrena mañana, en el Cervantes, "Todo verde y un árbol lila", una historia real que se le convirtió en una obsesión creativa desde hace diez años. Maestro de actores y directores, cuenta la pelea por el CELCIT, que estuvo a punto de quedarse sin sede, y donde estrenará el año que viene su próxima obra.
En su departamento de San Telmo, rodeado de libros, ni siquiera ante la incomodidad de la cámara fotográfica que lo congela, Juan Carlos Gené añora el gesto de encender un cigarrillo. Y eso que llegó a fumar, dice, hasta hace cinco años, dos o tres paquetes por día. Durante mucho tiempo, los médicos le habían aconsejado, de mil maneras, la necesidad de alejarse de ese habito empecinado. En el año 2002, con la primera temporada de Copenhague, en el Teatro San Martín, Gené cuenta que sintió que se le estaba estrechando peligrosamente el registro de amplitud de voz en escena: lo que no pudo algún efisema, lo logró entonces su voluntad de escenario. Fue así que dejó de fumar. Tal vez no sea extraña la historia para alguien -actor, director, dramaturgo, maestro en diversas ramas del hecho teatral- que siente el escenario como una prolongación de sí mismo. Más aún. "Estoy tan hecho para el teatro que uno de mis defectos es pensar, con persistencia, que la realidad sucede en el escenario y todo lo demás es ficción", dice. Y lo dice en serio.
A unos días de cumplir 79, Juan Carlos Gené, que no había pisado los escenarios desde el final de las cuatro exitosas temporadas de Copenhague, en el 2006, vuelve como autor, director y en un rol de actor que, en principio, no debería presentarle dificultades: hará de sí mismo en la obra Todo verde y un árbol lila que se estrena mañana, si Dios quiere, por fin, después de tantas idas y vueltas, en el Teatro Cervantes.
- Siguiendo uno de los consejos de sus cursos de dirección, ¿cómo define la línea de acción de la obra?
- Lo que cuenta la obra es la historia de una niña que, a fines de la década del treinta, en momentos de persecución sobre su gente, escribe desesperadamente cartas desde Europa a su hermano tratando de llegar a unirse con él en Buenos Aires. No lo consigue porque muere antes, pero no lo consigue -fundamentalmente- por la resistencia que el país ofrece a aceptar esos inmigrantes.
- ¿Cómo fue el desarrollo de la obra?
- Este es uno de los trabajos más difíciles que me ha tocado hacer como autor por la circunstancia epistolar. Hace años, debe hacer como diez años, esta niña -la actriz Daniela Catz, que era mucho más niña que ahora- vino a hacer un curso de verano sobre Dramaturgia Actoral. Ella empezó a trabajar sobre la historia de una tía abuela y unas cartas familiares. Supe que había algo. Pasaron años. En otro encuentro con Da niela, tuve la buena o mala idea de preguntarle si tenía la traducción de esas cartas. Ahí fue el problema: desde entonces comenzó esta obsesión. No era nada fácil poner en boca de actores vivos un lenguaje epistolar. Si uno compara la primera versión -muy mala- con la obra que ahora se estrena, no tiene nada que ver. Fueron dos años con el texto y el último, con los actores. Aunque calculo que para cualquier dramaturgo nueve versiones no son tantas. Es curioso, pero una obra escrita se transforma en algo vivo, que se va modificando a sí misma. Es más, a veces tengo que hacer reediciones de mis obras, y las corrijo.
- Chico Buarque contaba de un pintor brasileño que retocaba sus cuadros en los momentos en que los asistentes a la inauguración se distraían.
- Lo entiendo muy bien. La corrección nunca se termina.
- ¿En qué versión del texto ingresa usted como personaje?
- Cuando estaba por la séptima u octava me pregunté cómo el espectador iba a comprender que lo que estaba presenciando había sucedido. Porque el teatro es ficción, pero la historia que contamos esta vez es absolutamente real. Entonces, decidí incluirme, no haciendo un papel actoral, sino representándome a mí mismo: aprovecho que la gente me conoce y entonces presento a la gente, la historia y las cartas. Para eso estoy. A lo largo del espectáculo hago una especie de función coral, donde doy detalles sobre la acción, orientación al espectador, interpelación a los personajes. Siempre como Juan Carlos Gené.
- ¿Le había pasado, como actor, director o dramaturgo, la necesidad de que la gente tuviera en cuenta el aspecto real del relato?
- No, no creo. La obra más histórica que he hecho fue Copenhague, que imagina lo que pudo haber ocurrido en el encuentro entre Niels Bohr y Heisenberg. Pero un hecho como éste, sucedido en nuestro país, en nuestra ciudad, la historia de una familia que existe y con varios de esos familiares en la sala el día del estreno es algo que no me ha pasado hasta ahora. Ayer, en un ensayo general, estaba la mamá de Daniela Catz, la actriz cuya historia familiar se cuenta. La señora estaba ahí y el relato se centra en las cartas del padre de ese mujer. Es la primera vez que tengo esta dificultad. En cualquier obra, el autor autor miente siempre. En este caso, la cuestión principal era justamente evitar la mentira o el invento. Este hombre del relato conservó las 60 cartas que, durante dos años, su hermana le escribió. Por último, tuvimos que lidiar, además, con un detalle formal bastante difícil.
- ¿Cuál es ese detalle?
- Es que no teníamos ninguna de las cartas que enviaba él. Este hombre murió a los cinco días del nacimiento de Daniela, que las tradujo veinte años más tarde: lo que él vive en la obra es relativamente ficción, porque está deducido de las respuestas que recibía. No hace mucho, la familia encontró veinte cartas más, pero a esta altura, con el espectáculo montado, nosotros no quisimos ni traducirlas ni leerlas, porque hubiera sido comenzar todo de nuevo.
- La obra iba a estrenarse el 19 de abril, pero se fue postergando por los conflictos del Cervantes. Como creativo, ¿cómo te afectaron estas cuestiones?
- Te sentís en una situación muy fragil. Por fortuna, logre con una lealtad absolutamente imbatible de parte de los actores al proyecto, que los llevó a no participar de ningún otro trabajo aunque éste se demoraba. Como he dicho, la representación teatral es un hecho físico, como toda la vida humana. Hay un momento en que un espectáculo llegó a su madurez y tiene que ser estrenado porque si se sigue ensayando se derrumba. Más aún, como se trata de un hecho vivo, si no se estrena, enferma: la obra es algo que está en el cuerpo y tiene que salir.
- Como los boxeadores que corren el riesgo del sobreentrenamiento.
- Sí, como sucede con una cena para los amigos: si no llegan los invitados, la comida se pasa.
- ¿Cómo está ahora la obra?
- La hemos defendido bien, precisamente por la pasión de los actores y también el entusiasmo que han puesto muchos de los técnicos cuando las cosas comenzaron a solucionarse. Hay un clima de trabajo muy positivo.
- El hecho de que esté Gené como personaje en la obra, no le va a permitir ejercer el ritual de cada estreno como director: ir al bar más cercano para espantar los nervios.
- Es cierto, esta vez no habrá esa posibilidad: estaré en el escenario.
- En sus clases, siempre se repite que el espacio teatral es sagrado y que lo que allí no tiene función, sobra.
- Estoy sumamente económico espacialmente. El otro día, en un ensayo general, el escenógrafo me dijo: ese sillón se está usando poco. Y durante un par de días pensé en sacarlo, después me di cuenta que no, que hacía falta.
- En tu historia ha contado su anhelo de ser cura de chico. ¿Parte de tu religiosidad, de su sentido de lo sacro, fue absorbido por el hecho teatral?
- Ha sido así absolutamente, aunque no de manera conciente. Con la experiencia, a la vuelta de la vida me he dado cuenta, y creo que está escrito en algún lado, que terminé sustituyendo una cosa con la otra. Hay una zona de la existencia que se condensa en el escenario, que no se definir, pero que se refiere a aquello que, en mi tempranísima juventud, era el acceso a lo sagrado. En aquella época, yo sabía qué era lo sagrado. Ahora no lo se. Creo comprender que, en escena, sucede algo en ese sentido, pero no se qué es. Puedo sugerir una hipótesis: la liturgia teatral, lo he dicho antes, tiene una vinculación mágica con el misterio de la vida y de la muerte. Lo que el espectador presencia en el teatro, cuando es auténtico, es un hecho desbordante de vida, que empieza y que termina en tiempo real: como la vida de un hombre o de una mujer. Empezar una obra y terminarla, es una parabola sobre la vida misma. Y además, por último, la muerte que se recibe todos los días cuando la función termina es anticipatoria de algo tan fugaz e intrascendente como sucede con la vida de un actor, que no deja ni obra escrita, ni esculpida, ni pintada: el actor desaparece totalmente cuando ya no está más. El abrazar esta profesión es aceptar la condición humana: los actores no dejamos nada detrás nuestros.
- No es contradictorio con la sensación de que un actor, cuando trabaja efectivamente, parece hacerlo para el presente y también para la lejanía. Los buenos conductores manejan prestando atención no sólo a los alrededores del auto sino que perciben los cien metros hacia adelante y los cien metros hacia atrás.
- Sí, es posible. Puede ser que los seres humanos tengamos siempre, de alguna manera, un impulso, acaso absurdo, hay que decirlo, por dejar el mundo un poco mejor de lo que se lo encontró. Ese impulso sería el valor agregado en la tarea, no para lo momentáneo, sino para la lejanía. Pero cuidado: siempre y cuando uno no se crea inmortal. Lo concreto y real es que del actor no queda nada. En todo caso, algunas generaciones que recordarán su labor. La imagen mencionada, por cierto, es correcta: cien metros hacia adelante, pero no más que eso.
- Parece una persona que tiene, en la austeridad, un valor importante.
- Es probable, también lo digo a menudo, que soy una persona con suerte, y que ha tenido el cuidado de no pedirle demasiado a la vida. Hablan por ahí de coherencia artística, pero tuve suerte: nunca estuve acosado por el hambre. Esta austeridad actual es más bien un deseo de no desgastarme en lo superfluo, en lo que no tiene ninguna importancia. Mi único consumismo, en estos tiempos, está en los libros, pero últimamente ya no me importa tanto conservarlos. Es más, de tanto en tanto, me encuentro en la situación de tener que donar algunos ejemplares porque no entran en mi casa. La verdad es que han dejado de interesarme las cosas.
- ¿Qué se gana a los 79 años?
- No creo que mucho. Tengo una aceptación, sensata, del fenómeno biológico: en unos días cumplo 79, pero no hay razones para el orgullo. Es probable que haya ganado una mayor aceptación sobre el destino humano. Mi sensación es la misma a cuando uno ha pasado una bella temporada de verano en un lugar. De pronto llega el otoño, se están yendo los veraneantes, cambia el clima: ese tono de las obras de Chejov. Uno mira todo y sabe que se tiene que ir. De todas maneras, no tengo apuro en hacer las maletas.
• Camilo Sánchez | Clarín | 2007-10-31
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