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La escena iberoamericana

Argentina. Murió Daniel Boedo, pionero de la pantomima en Mendoza

El mimo y actor fue despedido en un cortejo fúnebre que transitó ayer por la calle Mitre hasta llegar al Cementerio de Capital. Fue quien instaló la técnica de la pantomima en la provincia. Y, pese a la importancia de su legado, murió en un abandono imperdonable.

Las últimas semanas de Daniel Boedo -joven aún, 57 años- fueron tristes, dolorosas y transitaron alejadas de los escenarios y sus compañeros. Él, como casi la mayoría de los artistas locales, no pudo gozar de los favores que sí tienen los mimados “astros de la tele porteña”: la atención pública, que podría haberlo ayudado a dignificar su tránsito hacia la muerte.

Tanto es así que la historia de cómo es que Daniel Boedo, el gran maestro y precursor de la pantomima en Mendoza, llegó a ser internado en la clínica Santa Rosa (y luego al geriátrico en el que murió) es tan horrenda como su propia agonía.

“Hace unos diez días, más o menos, un vecino llamó por teléfono acá -al Quintanilla- para avisar que hacía como dos semanas que no veía entrar ni salir a Daniel de su casa -cuenta Andrés Romano, quien fuera alumno de Boedo, y hoy trabaja en ese teatro-. Inmediatamente me puse en contacto con la Asociación de Actores y llegaron los médicos para internarlo en la clínica Santa Rosa. No puedo decirte en el estado en que Daniel llegó al hospital: estaba desnutrido, descalcificado. Yo hacía como un año que no lo veía, pero como no éramos de juntarnos, no me preocupó. Supe por su hermana -toda la familia de Boedo reside en La Rioja- que él estaba sumido en una profunda depresión, prácticamente sin trabajo”.

Daniel Boedo fue uno de los precursores de la pantomima de la provincia, maestro de técnica perfecta y ligada a la pantomima clásica que supo difundir el francés Marcel Marceau.

Era un estudioso de la técnica, un riguroso perfeccionista que, incluso, utilizaba sus conocimientos de danza para explotar aún más la plasticidad del movimiento. Pero, además, fue un hijo dilecto de la generación de actores que en Mendoza luchó por un teatro independiente (hoy, agonizante junto a los espacios que supieron albergarlo), en la década del 70.

De hecho, veinte años después -en los ’90- compartió la militancia sindical de la Asociación Argentina de Actores (en la delegación mendocina) junto a David Blanco y la -también fallecida- actriz Elina Alba; entre otros compañeros.

A pesar de que su pasión y su formación estaban casi exclusivamente centradas en la pantomima (expresión que desarrolló con fuerza durante la década del ’80), también dirigió espectáculos teatrales y participó como actor en alguno de ellos. Un par de ejemplos son su participación en la obra “Teorema”, de Elvira Maure de Segovia; o la dirección de una versión que hiciera para chicos sobre el cuento de Manuel Mujica Lainez, “El duende del azulejo”.

Quienes lo conocieron dan fe de haber tratado a un artista no sólo sensible y comprometido con la tarea, sino también con “el otro”. Quienes supieron tenerlo como maestro lo recuerdan con el afecto que sólo se prodiga a los amigos, a aquellos amigos que siempre se desea conservar.

Nosotros, los mendocinos, que no entendemos cómo es que se liga el arte con la identidad, y nuestra propia vida individual y cotidiana, fuimos los que no supimos acunarlo en su tránsito hacia la muerte.

• Los Andes | 2010-04-01


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