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La escena iberoamericana

Colombia. Bogotá es una invención argentina

Hasta el domingo continúa el festival de teatro más importante del continente.
La ciudad no tenía historia teatrera hasta que llegó desde Buenos Aires la actriz Fanny Mickey, fundadora del encuentro que la sobrevive. Daniel Álvarez Mikey, hijo de la legendaria artista, continúa la tradición de su madre y filmó una película sobre ella.

Diva exportada. Mikey revolucionó a los colombianos explotando el teatro en una ciudad sin esa tradición. Murió en 2008.
La Casa del Teatro Nacional de Bogotá es un hervidero. Desde el 19 de marzo y hasta el domingo en que finaliza el XII Festival Iberoamericano de Teatro, uno de los más importantes del mundo, entran y salen actores de diferentes colores y se escuchan conversaciones sin subtítulos. En todas las paredes de esta sala y de todas las salas de la capital colombiana, por las calles, en los cafés y en el aire hay un rojo fuego inextinguible, el rojo Fanny, el de su cabellera ardiente multiplicada en el logo del Festival, su creación en 1988 que, por primera vez, se cumple sin su presencia. Fallecida en 2008, Fanny Mikey, la argentina que revolucionó a los colombianos con el desenfado de las medias red y que soñó con hacer explotar de teatro a una ciudad sin esa tradición, tuvo cuatro maridos y un único hijo, que por estos días enloquece de llamados telefónicos, pedidos, agendas y esa alegría, la que forma parte de cualquier locura, de hacer lo que quiere.

Daniel Álvarez Mikey es uno de los dueños de la productora Areavisual, junto a Gustavo Gordillo y Darío Silva, a quienes conoció estudiando cine en Vancouver, Canadá. Tiene a su cargo, además, el canal del Festival y es uno de los asesores en esta gran fiesta bienal. No estaba obligado, pero algo aprendió criándose entre escenarios y giras, testigo de planes y discusiones de pioneros al lado de una madre, digamos, inusual. Adoptado por Fanny y Enrique Álvarez, que murió hace diez años, Daniel tiene 33 y es el responsable del documental Fanny por siempre presentado en estos días de homenaje sin tregua, obvio para los colombianos y un tanto excesivo para los forasteros, envidiosos de no pertenecer a ninguno de esos círculos que declaran haberla conocido.

“Fanny –dice Daniel, como siempre llamó a su mamá– se conoció con mi papá, que era actor y luminotécnico, cuando estaban haciendo el Teatro Nacional de Bogotá, a fines de los 60, y a los dos o tres años deciden tenerme a mí”. Por las dudas, retrocede un poco la historia y cuenta que su madre, después de la separación de Pedro Martínez, el actor argentino a quien siguió muy enamorada a Cali y con quien formaron un teatro escuela, volvió con el corazón roto a la Argentina. Pero extrañaba demasiado y regresó a Colombia, ya no a Cali sino a Bogotá, donde puso en marcha, con el director Jorge Alí Triana y con Jaime Santos, el Teatro Nacional.

“Yo llegué justo cuando ella estaba de viaje por ahí, en un barco sin radio, y no había forma de avisarle. Fanny amaba el calor y cuando podía se iba a Cartagena, donde tenía amigos. Cuando por fin nos encontramos, ella se sacó la ropa y me apoyó sobre su cuerpo. Nuestra conexión siempre fue así, muy intensa, así tenía que ser. Cuando pasa el tiempo y lo revisás –dice en tercera persona como una ley universal– te das cuenta de que tenía que ser en ese momento, tal como pasó”.

En 1995, Álvarez, junto a sus dos amigos, decidió perseguir cámara en mano a la madre para registrar sus actividades cotidianas, el trabajo como directora y actriz, las gestiones para hacer el Festival, en fin, todas las esquinas de su vida. Primero fueron videos caseros a los que Fanny se resistía incómoda. Después, ya acostumbrada, se dejó seguir en sus piruetas laborales interminables. La intención fue más lejos y cobró el espíritu de un documental que, finalmente, tomó forma con la muerte de la diva: en una hora y quince minutos, se resumen más de 50 horas de material y diez años de grabaciones; imágenes de sus actuaciones, de su infancia en Buenos Aires, de sus amores; de la ovación que recibió cuando inauguró el Festival y la de veinte años después, el día de su funeral.

“La acompañé en todo, la vi comer mal, no dormir, trabajaba muchísimo. En la adolescencia quise separarme, no usaba su apellido, tuve como una rebelión infantil y, al crecer, me puse a estudiar cine. Después fui volviendo a trabajar con Fanny y, de alguna manera, lo que hago es un cruce entre el cine y el teatro”, dice.

–¿Como es vivir con alguien así?

–Estaba acostumbrado, me crié así. Nunca me pidió nada a cambio, ni que me encargara de esto, nunca me comprometió a que siguiera con el Festival, a que sintiera que era mi obligación. Lo que hizo es que lo amara y, por eso, me lo apropié y lo hice mío.

Una marca con personalidad poco conocida en la Argentina
Si bien mantenía mucho contacto con los traductores y agentes literarios Fernando Masllorens y Federico González del Pino, por cuestiones de derechos de las obras que montaba, y era amiga de Cipe Lincovsky y Norma Aleandro –que aparece en el documental Fanny por siempre–, salvo en esos círculos teatreros, Fanny Mikey no es conocida en la Argentina. Según su hijo, esta ignorancia no le causaba ninguna herida: “Lo que más le importaba era el festival, que saliera perfecto, que viniera mucha gente; era una gran gestora, quería que los artistas tuvieran su lugar. Y por esta gran capacidad para negociar y conseguir recursos era muy envidiada también. Pero Fanny y el festival se convirtieron en una marca, como Bill Gates y Microsoft”.

Con ese argumento, Álvarez rechaza cualquier teoría de culto a la personalidad, ni aun en el caso de Ana Marta de Pizarro, la sucesora y actual directora del festival que se tiñe el pelo de azul, usa polleras cortas y medias de red como quien fuera su jefa durante quince años: “Eran como un matrimonio, compartían todo. Se decían cosas como: ‘Oye, no comas con la boca abierta’ o ‘Saluda a tal que es el gerente de tal empresa’. Ana Marta siempre usó medias de malla y se pintó el pelo de azul. Recién ahora el resto se dio cuenta”.

• Leni González | Crítica | 2010-04-02


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