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La escena iberoamericana

Argentina. Oscar Martinez: “He hecho sufrir a la gente que amé y amo”

Con dirección de Daniel Veronese, ensaya la obra de Arthur Miller El descenso del Monte Morgan. Aparenta ser reflexivo, cuando en verdad, dice, se deja llevar por impulsos vitales.

Si bien es un hombre medido, Oscar Martínez está exultante. El entusiasmo que muestra –mientras se enciende varios cigarrillos a lo largo de la entrevista– radica en lo que terminó un rato antes de su encuentro con PERFIL: el ensayo de El descenso del Monte Morgan, de Arthur Miller, que dirige Daniel Veronese y en la que lo acompañarán Carola Reyna y Eleonora Wexler, cuando se estrene, en el teatro Metropolitan. “Siempre quise hacer un Miller –confiesa–, y con esta obra será la primera vez que lo haga en teatro; hace muchísimos años, cuando todavía se podía hacer teatro en televisión, participé de una versión de La muerte de un viajante, con dirección de María Herminia Avellaneda y con un extraordinario Oscar Ferrigno como el padre.”

El descenso... cuenta la historia de un hombre muy adinerado (Martínez) que un día sufre un accidente automovilístico al descender del Monte Morgan. Al despertar en el hospital, se entera de que han convocado a sus dos mujeres (Reyna y Wexler) y que la bigamia que ha mantenido oculta por años queda al descubierto. “La obra trata también sobre si se puede ser fiel a uno mismo y a los demás al mismo tiempo –agrega Martínez–, sobre todo a las personas que uno quiere y que lo quieren; es un tema central de la existencia humana: uno no puede ser fiel a sí mismo y a los demás al mismo tiempo.”

—¿Cómo te impacta interpretar a un bígamo?

—Por el personaje que soy, que me inventé o que me creo que soy, me resulta inimaginable que me pase algo así. Pero puedo entender qué clase de amor experimenta por cada una de esas mujeres. No es un canalla liso y llano, es un hombre que se atrevió a pasar límites.

—Decís “el personaje que creo que soy”. ¿Por qué?

—Todavía estoy intentando averiguar quién soy. El ser es una conquista que se construye. Trato de vivir lo más honestamente conmigo mismo que se pueda, pero no soy tan soberbio para negar que todos construimos un personaje social que es una ficción.

—¿Qué queda del chico que empezó a actuar hace cuarenta años?

—(Piensa largamente) Me gusta creer o pensar que queda mucho más de lo que la apariencia indica. Hoy reconozco la pasión original que me llevó de las narices a esto.

—El lugar común indica que los padres dicen “te vas a morir de hambre”. ¿Tus viejos lo dijeron?

—Me lo dijeron, pero también me tuvieron confianza. Mi papá, con justa razón y con mucho amor, temió por mi futuro. Para él, hijo de inmigrantes, el mayor objetivo y logro era que sus hijos pudieran ir a la universidad y superarlos. Tuve la suerte de que papá me viera trabajar en cosas importantes, que me las rebuscaba. Murió en 2001, me vio en treinta años de carrera.

—Hace pocas semanas llevaste del brazo a tu hija menor en su cumpleaños de quince. ¿Cómo te choca?

—Ya no me choca, soy abuelo (risas). La noche anterior, le dije a Marina (Borensztein, su mujer): “Es la última fiesta de quince”. Con cierto dolor, pero con cierto alivio.

—¿Cómo te sentís a esta edad?

—Tengo 60 años y me siento mucho mejor de lo que hubiera imaginado. Por supuesto que el paso del tiempo tiene un costo emocional, uno no puede hacerse el idiota, pero no es sólo portador de males. Te agrega muchas virtudes, como la sabiduría, y al mismo tiempo conservo varias virtudes que temía perder: mi capacidad vital, salgo a correr, tengo una mujer joven y hermosa.

—¿El tiempo te hizo más reflexivo?

—¿Ves? Por eso te decía antes lo del personaje que armo. Tengo una apariencia reflexiva, porque básicamente soy impulsivo. Uno construye la imagen en función de lo que le falta. Yo entiendo que digan que soy serio, pero es instrumental. No sé si tiene que ver con mi esencia, que es más caótica, impulsiva, emocional.

—¿Sos leche hervida?

—No, pero me dejo llevar por impulsos vitales.

—Tenés cuatro hijas. ¿Te gustaría que se casaran con un tipo como vos?

—Cada vez soy más consciente de los errores que cometí, y los que más me mortifican son aquellos que hicieron sufrir a la gente que amé o que amo. Por el caso, mis hijas. Pero sé que básicamente soy una persona de bien, y eso es lo que más me importa. Quiero que estén con una persona de bien.

—En general, la mujer busca alguien muy parecido o muy diferente al padre. ¿Qué hicieron tus hijas?

—Uy, esto va a salir publicado... (lanza una carcajada, y luego piensa). Todos hacemos una vuelta con tiempo para rescatar los aspectos positivos de nuestros padres. Es difícil en cualquier caso, pero con la gente pública es más complicado. Se va más por el lado de lo que no se parece. Una cosa es la imagen social que yo puedo tener de cierto éxito profesional, pero mis hijas no son las hijas de ese señor que aplauden o que sale en una revista o en la televisión. Mis hijas me han visto hacer cagadas, de rodillas, de pie, ver llevar el barco en la tormenta a buen puerto y también hundirme. Ellas tienen un vínculo íntimo conmigo y me han podido relativizar bastante. Me acuerdo que tuve la ocasión de conocer a Geraldine Chaplin en Madrid, que para mí es como decir la hija de Dios, y cometí el error de hablarle de él, y me paró en seco y me empezó a hablar en términos muy duros de su padre. Me impactó muchísimo. Salvando las diferencias, que obviamente a mí no me favorecen para nada, si eso le pasa a la hija de un genio de la actuación, qué les puede pasar a mis hijas. Yo puedo venderle cualquier cosa al público, pero a ellas ya no les puedo vender nada.

La tele y Ricardo Fort

—¿Qué sentís cuando surge una figura como Ricardo Fort, que dice “soy un artista, vengo a revolucionar el teatro”?

—Me río. Me parece penoso el lugar que se le otorga. No puedo tomar eso en serio. Este muchacho dice que es actor o que es artista... La culpa no es de él, en última instancia. Igual, es un fenómeno que seguramente será efímero. Ya ha ocurrido con otros que ocupan todas las planas de todos los medios hasta que se agota y nadie se acuerda. No voy a dar ejemplos para no ser cruel. Hay muchos que rompían el rating y hoy nadie recuerda. Son fenómenos. Recién vi la marquesina de su obra de teatro. Está bien, qué sé yo. Yo siento que hago otra cosa, que trabajo de otra cosa que ese señor. Vendo otra cosa. Si vos tenés un restaurante en medio de muchos restaurantes también buenos, y de repente hay uno que ponen con comida que intoxica, y la gente va porque quiere intoxicarse, que vaya. Qué le vamos a hacer. A mí me gusta comer bien.

—¿Volverías a la televisión?

—Hay un proyecto dando vueltas que me trajo Adrián Suar. No quiero hablar mucho, pero es probable que lo hagamos.

• Diego Grillo Trubba | Perfil | 2010-05-09


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