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La escena iberoamericana

Colombia. El teatrero de los barrios duros

Dirigir un grupo de jóvenes con síndrome de Down es uno de sus últimos trabajos.En Manizales, combatientes que se odiaban a muerte y personas con síndrome de Down son algunos de los grupos que saca adelante Augusto Muñoz a punta de paciencia
Augusto Muñoz se para en el tablado de Punto de Partida, su sala de teatro en Manizales, y empieza a hacer ejercicios de actuación con diez personas con síndrome de Down. Los anima, salta, sube las manos y mueve el cuerpo.
Él tiene 46 años y sus alumnos, entre 17 y 32. Son sus discípulos desde hace tres años, cuando fue el único que aceptó dirigir el grupo de la Asociación Síndrome de Down de Caldas.
Ese es uno de los más recientes trabajos de este teatrero de 46 años, no muy alto aunque fornido, que hizo de las tablas su forma de relacionarse con el mundo.
En una ciudad con dos o tres grupos escénicos -a pesar de su famoso festival-, el suyo, Punto de Partida, no ha faltado desde que lo fundó hace algo más de diez años. Aunque desde hace poco tiene sede: una casa vieja y grande, cerca al centro, que le arrendaron barata unos amigos.
Entrar allí, con el escenario negro y luces hechas por el mismo grupo, es como estar en una capilla. No solo porque las bancas llegaron como sobrantes de una iglesia sino porque lo de Muñoz es pura vocación.
Se inició en las tablas porque se enfermó un actor, estando en el colegio, y luego de pasar por varios grupos profesionales, en 1996 formó su compañía. Lo que no calculaba era quiénes iban a ser los actores.
Teatro entre enemigos
Tras fundar Punto de Partida y de hacer una fiesta con 700 niños en la que 'exorcizaron' con pintura y origami un lugar del que la gente decía que era satánico, Muñoz asumió un reto inesperado: enseñar teatro a jóvenes de comunidades inmersas en el conflicto armado, unos con influencia paramilitar y otros de la guerrilla.
"La hidroeléctrica de La Miel tenía un programa con la gente de El 30, Berlín y Norcasia (Caldas). Los jóvenes de El 30 no se podían ver con los de Berlín, pero yo iba a enseñar teatro", comenta 'Tuto'.
Montaron obras costumbristas y otras de ellos, mientras él suponía que había representantes de los grupos armados viendo qué enseñaba y otros le decían que si no sabía en qué se estaba metiendo. "Yo hablaba de teatro, no de política, no iba a hacer nada malo y no me daba miedo. Nunca me dijeron nada", dice Muñoz.
Como nada le decían, se le ocurrió que unos y otros participaran en un encuentro teatral. "Conseguimos buses y los muchachos llegaron de Berlín y El 30 a un colegio de Norcasia. Allá se vieron todos, estuvieron en las obras y después se fueron para una piscina", cuenta el teatrero.
Tal vez por esa experiencia no le pareció raro ir a barrios pobres, con chicos duros que ni se quitaban la camiseta en los ensayos porque se avergonzaban de sus cicatrices.
"Hoy mi fuerte son los barrios, lugares donde mucha gente ni entra, pero a uno lo conocen y no hay problema. Los muchachos de allá valoran la disciplina y el respeto. Al principio, les da duro meterse al grupo, porque quieren mandar, pero luego entienden que el teatro es una cosa colectiva. Yo solo les digo: yo me llamo 'Tuto' y vine a hacer teatro con ustedes, ¡vamos a trabajar y a soñar y ya!".
No todo es color de rosa. Trabajar allá es posible por contratos con entidades u organizaciones. Al fin y al cabo, tiene esposa y dos hijos. "Uno ve que los muchachos que consumen drogas empiezan a dejarlas o a disminuir el uso, que se organizan y se meten en sus papeles. Pero los contratos se acaban. Uno sigue yendo sin cobrar, hasta que no hay remedio y toca trabajar en otra parte, porque de algo hay que vivir". Eso lo pone triste y más cuando ve que los chicos reinciden o se meten en líos.
En todo caso -uno se pregunta de dónde saca el tiempo- deja la tristeza a un lado cuando se maquilla de payaso para actuar en el grupo Titirclaun, que se presenta gratis entre los enfermos del Hospital Infantil y el Hospital Santa Sofía, de Manizales.
Su acción más reciente fue revivir el Festival Intercolegiado de Teatro, hace un mes. Lo hizo en grande: 30 grupos, un desfile con 300 jóvenes hasta la Plaza de Bolívar y premiación en el escenario más importante de Manizales, el teatro Fundadores.
Aun con todo lo que hace, se presenta cada ocho días con su grupo, en su sala, concertada con el Ministerio de Cultura.
Tal vez porque sabe que todo en la vida cuesta, como director es exigente y no le gustan las disculpas. Reconoce que es impaciente, aunque con los actores con síndrome de Down aprendió a calmarse. De todos modos, en parte, esa falta de paciencia le ha ayudado en su camino.
"No tengo cartón (diploma), tuve una juventud bellamente rebelde y por eso tengo una visión diferente -sostiene-. Eso sí, por mi hoja de vida han pasado siete u ocho directores. Pero yo soy actor, no promotor cultural. ¿O soy promotor? Ya no sé. Quisiera dedicarme a actuar, pero la vida me ha llevado a esto, porque decidí a hacer cosas de lo que no tenía, a no quedarme en la lamentación de que no hay plata para hacer teatro. Por eso actué en invasiones, veredas, municipios y sindicatos. Ser promotor es muy jarto: yo soy un actor vivo".
'Mi punto de partida es una máscara o un disfraz'
¿Un recuerdo?
En el Teatro Instituto Chipre, cuando era adolescente, siempre hicimos teatro de calle, de barrio. Poníamos un biombo en una esquina y ahí nos disfrazábamos. La gente nos pagaba con comida o dormida.
¿Un mal rato?
Cuando no teníamos sede nos prestaban cualquier parte para ensayar. Era horrible pelear con los celadores, que nos echaban de los colegios donde ensayábamos.
¿Una influencia?
He tenido muy buenos directores, pero me acuerdo del maestro Enrique Buenaventura, que podía hablar horas y horas de teatro y uno lo miraba y lo oía.
¿Una meta?
Poder tener un grupo que haga cuatro montajes al año, por lo menos.
¿Por qué ir de payaso a un hospital?
Es un goce social. Me gusta divertirme con los niños o los señores que están ahí, en una camilla y con suero. No es contar chistes. Es tocarles flauta, darles un estímulo con un canto.
¿Qué es Punto de Partida?
Siempre digo: mi punto de partida puede ser un palo, una máscara, un disfraz, un juguete perfecto, mi cuerpo y nada más.
Prefirió dejarlo todo por formar su grupo
Augusto Muñoz se inició como actor en el colegio, en 'El brindis del bohemio'.
Estando en el Liceo Arquidiocesano de Nuestra Señora, "el actor se enfermó y yo, tímido y ermitaño, levanté la mano para reemplazarlo -recuerda-. En la presentación empecé a llorar. Cuando me di cuenta, todos lloraban, en medio de una ovación".
Desde ahí, no hubo marcha atrás. Ni los 'scouts', ni el fútbol, ni las lecturas de Marx, bajo cuya influencia pegó afiches y pintó paredes, vencieron a las ganas de actuar.
El Teatro Instituto Chipre lo captó entre sus adeptos siendo adolescente, y lo entretuvo tanto que a los 24 años decidió que no abandonaría el teatro.
A los 30, lo invitaron al Teatro Libre, de Bogotá. Pero, aunque "bailaba en una pata de la felicidad", en 1996 decidió volver a Manizales a formar su grupo.

• Diego Guerrero | El Tiempo | 2008-01-02


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