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La escena iberoamericana

Argentina. Elfriede Jelinek: La maldad puesta en escena

La ganadora del Nobel de Literatura en 2004 estrenó en Viena una obra sobre un oscuro episodio del nazismo.
El sábado 22 de mayo se estrenó en Viena -en oportunidad del Festival de Teatro- la nueva pieza de la escritora austríaca Elfriede Jelinek, Premio Nobel de Literatura 2004. El ángel exterminador pone en escena un oscuro episodio del que hace un tiempo se ocuparon los diarios de todo el mundo. A pocas semanas del fin de la Segunda Guerra Mundial, en la pequeña población de Rechnitz, casi en la frontera con Hungría, una riquísima condesa -Margit Thyssen Batthyany- dio una fiesta en su castillo y, entre los huéspedes, se encontraban varios oficiales de las SS, uno de los cuales era también su amante. Se bebió, se comió y en cierto momento, después de haber recibido un llamado telefónico, los militares salieron para regresar un par de horas más tarde. En el intervalo, habían matado a 180 prisioneros judíos condenados a trabajos forzados, después de haberlos obligado a cavar una profunda fosa y a desnudarse.

Por su parte, la condesa negó siempre haber dejado la fiesta. Y, en ese punto, Jelinek le cree. Pero Margit Thyssen bebió y bailó con los asesinos quizá todavía sucios de tierra y de sangre. Después de la guerra, hubo un proceso, pero los responsables ya habían desaparecido y a los únicos dos testigos oculares se los encontró asesinados. En la década de 1990 se hizo un film sobre la búsqueda inútil de la fosa común. Por lo demás, todo es silencio. Y ahora se ofrece esta obra teatral, a la que la autora considera con cierta aprensión. ¿Tiene miedo de las reacciones? "Sí", dice, aunque está habituada a las reacciones denigratorias de sus coterráneos.

-¿Cómo nació este ángel exterminador?

-De la idea, que me sugirió un director, de adaptar para el teatro la película de Buñuel; y en un instante capté el nexo entre el tema del film y la masacre de Rechnitz cometida por los invitados de la condesa. Reconocer en ella al ángel exterminador fue una especie de revelación.

-¿Era tan normal que la alta sociedad austríaca fuese antisemita?

-Perfectamente normal, en la medida en se esperaba algún provecho. Aunque es preciso reconocer que numerosos Habsburgo y sus seguidores fueron perseguidos y deportados por los nazis. Alguno llegó a combatir por la liberación de Austria, y Otto de Habsburgo, desde el exilio, tuvo frecuentes contactos con los aliados.

-¿Alguna vez hubo un debate sobre los hechos de Rechnitz o todavía siguen siendo semisecretos?

-Entre los historiadores es un suceso conocido. Existe una asociación, presidida por un hijo del pianista Gulda, que organiza manifestaciones y ha hecho construir un monumento en memoria de las víctimas. Hubo un film, transmitido en la televisión en trasnoche y que pasó más o menos inadvertido. Pero la Austria oficial tiende a ignorar...

-¿Cómo ve la Austria de hoy?

-Desgraciadamente, soy muy pesimista. Con la excepción de Hungría, en ningún otro país europeo la extrema derecha populista es tan fuerte como en Austria. Italia es un caso aparte que, de todos modos, observo con cierta preocupación. El hecho de que, hace diez años, los austríacos hayan tenido representantes del partido de extrema derecha hasta en el gobierno ha vuelto a esos derechistas "buenos para los salones", como se dice en alemán, o sea, los ha "blanqueado", a tal punto que hoy sus tomas de posición casi no escandalizan. Con toda justicia, la Unión Europa, en su momento, había impuesto sanciones que, no obstante, tuvieron en la realidad un efecto opuesto al que se buscaba. Personalmente me parece trágico el antieuropeísmo de una gran parte de los austríacos que, sin embargo, habían votado el ingreso en la Unión. Pienso, en cambio, que la situación de Alemania es bastante distinta. Es uno de los países más democráticos que conozco, con un debate cultural ejemplar y vivaz. Naturalmente, esto ha favorecido la pluralidad de la información, que fue orientada y sostenida en su momento por los aliados, mientras que en Austria casi la mitad de la población en condiciones de leer bebe todos los días el Kronenzeitung , ese diario de sano sentimiento gráfico que, digámoslo sin vueltas, nunca fue sano.

-¿Sigue sintiendo hostilidad hacia usted?

-Quienes me demuestran hostilidad son sobre todo los frecuentadores de los foros de los diarios y las listas on-line . Es como si mi nombre provocase una especie de reflejo condicionado; apenas lo oyen o lo leen, se desencadenan los insultos. Es algo que me amarga profundamente porque me da la sensación de estar marcada y de que nadie me quiere escuchar. "Qué más da, ésa siempre dice las mismas cosas, ya lo sabemos", piensa la gente.

-De todos sus libros y obras de teatro, ¿cuál prefiere?

-La novela Los hijos de los muertos . La considero mi trabajo más importante. Es una lástima: sa lo consigue casi solamente en alemán porque los editores no esperan mucho de una eventual traducción.

-¿Tiene o ha tenido maestros que le inspiren reconocimiento?

-Cuando comencé a escribir, tuve defensores autorizados entre los directores de revistas literarias. Quiero recordar sobre todo a Alfred Kolleritsch que, aún hoy, es el alma de una de las más importantes revistas austríacas, Manuskripte . Y también el editor alemán Rowohlt, que tuvo el coraje de publicarme muy tempranamente. En eso he sido afortunada. Los jóvenes escritores de hoy tienen una vida mucho más difícil

-¿La novela y el teatro son dos caminos distintos?

-No hay mucha diferencia entre los dos géneros. Es obvio, la prosa es más narrativa, pero en mis textos teatrales también hay mucha narración. Por otra parte, quizá sería justo definirlos como obras épicas. La única verdadera diferencia es que las novelas se leen y el teatro se mira y se escucha.

-¿Siempre ha estado en contra de algo o de alguien, si no en contra de todos, o llegó a tomar esa actitud con el correr del tiempo?

-Es extraño, ahora que lo pienso me doy cuenta de que desde el principio he sido así. Sólo he podido escribir contra algo, desde siempre. Nunca logré tener una actitud positiva respecto de un tema sobre el que escribía, y eso, de todos modos, viene de lo profundo. Esta actitud mía nunca se modificó y, por otra parte, Austria, que es casi mi único tema de escritura, no me ofrece muchas ocasiones para estar a favor de ella. Más aún, no me ofrece ninguna. Por lo tanto, se puede decir que vivo y escribo en antagonismo con mi país. Sin embargo, no es un antagonismo de principio; se trata más bien de un antagonismo como resultado de la situación en que nos encontramos: un modo de decir que no me queda otra cosa que estar en contra.

-¿En qué está trabajando ahora?

-Por ejemplo, en un texto teatral sobre un Fausto en versión femenina, y en un breve drama dedicado a la mafia edilicia, que me inspiró el derrumbe, el año pasado, del Archivo Histórico de Colonia, el archivo más grande de toda la Europa que está al norte de los Alpes.

• Isabella Bossi Fedrigotti | La Nación | 2010-06-26


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