En 2008 Juan Carlos Gené cumplirá 80 años, repondrá su obra "Todo verde y un árbol lila" en el Teatro Cervantes y estrenará su trilogía "Factor H" en la nueva sede del CELCIT. Sí, estimado lector, leyó bien: cumplirá 80.
Sólo 80. Además de reponer su obra "Todo verde y un árbol lila" y de preparar el estreno de los tres (¡tres!) espectáculos que conforman su trilogía "Factor H", Juan Carlos Gené cumplirá este año ocho décadas de vida. La cifra, claro, tiene un significado tan relativo como cualquier número. Para el actor, autor, director y maestro, haber nacido en 1928 significa ni más ni menos que haber podido disponer del tiempo necesario para, entre muchas otras cosas, escribir, actuar y dirigir "El herrero y el diablo", "Ulf", "Memorial del cordero asesinado", "Golpes a mi puerta" o "El sueño y la vigilia", entre muchos textos; para protagonizar espectáculos de la resonancia de "Copenhague", de Michael Frayn; para fundar, durante su exilio en Venezuela, el Grupo Actoral 80; para haber dictado clases en las universidades de Buenos Aires, La Plata y Caacas; para haber conducido la Asociación Argentina de Actores, Canal 7 y el Teatro Municipal San Martín, o para haber fundado y presidir hasta ahora el CELCIT (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral). Pero sobre todo, a la edad en que algunos de sus pares se han retirado o están dedicados a la gestión institucional, Gené sigue escribiendo, dirigiendo, actuando, relativizando con humor el paso del tiempo y sosteniendo -aunque con un bastón- su propio paso, siempre en marcha y hacia adelante.
"Sé que es así: este año cumpliré 80. ¡Dios me ampare!", se ríe después de la sesión de fotos en su departamento de San Telmo, mientras se prepara para la charla, sentado a la mesa llena de libros y carpetas. Admite que, aunque ahora se olvida de las cosas un poco más que antes, se siente una persona de suerte. "Forma parte de las loterías de la vida. ¿Por qué otros, más jóvenes, ya no están o padecen un deterioro que no me ha tocado a mí? Son cosas que nadie puede explicar. Cuando era chico vivíamos en casa de mi abuelo, un anciano que por las mañanas caminaba por el patio, a la tarde dormía la siesta, después iba al teatro, regresaba y se acostaba. Tendría por entonces 60 años, ya que murió a los 65. Indudablemente la gente hoy vive más y se mantiene productiva más tiempo. Y yo agradezco mi suerte".
- Suerte que parece haber aprovechado para torcerle el brazo a la mala fortuna, ya que fundó en Venezuela el Grupo Actoral 80 como respuesta al exilio al que lo condenó la dictadura argentina. O estrenó "Todo verde y un árbol lila" en un Teatro Cervantes paralizado desde hacía más de un año. ¿La dificultad lo estimula?
- Bueno, si me dan a elegir, prefiero trabajar sin problemas. Pero... a ver... No sé si lo que me atraen son las dificultades, pero sí la acción. Los hechos despiertan mi pasión. Y, entonces, frente a las dificultades, me planto y les hago frente.
- ¿Cómo fue ensayar y estrenar en un teatro casi siempre en conflicto?
- Fue un año muy difícil, en el que pudimos seguir por el entusiasmo que el elenco puso en ese objetivo. Por supuesto, debo haber sabido capitanearlo. Pero no es frecuente encontrarse con un grupo de cinco profesionales tan incondicionalmente entregados, como Daniela Catz, Esteban Pérez, Francisco Cocuzza, Livia Fernán y Mario Petrosini. En momentos en que yo me sentía aflojar eran ellos quienes insistían en seguir.
- ¿A qué atribuye ese entusiasmo?
- A que todos se involucraron en un hecho de amor. Este fue un proyecto que nació de un acto de amor mío hacia esa niña, Daniela Catz, la protagonista de la historia en la ficción y en la realidad. La que conozco desde que era adolescente y hoy tiene más de 30.
- ¿Cómo se asocia, en la obra, lo real y lo ficcional?
- Daniela hizo conmigo, hace muchos años, un taller de dramaturgia actoral, que es la dramaturgia que nace no de la literatura sino del cuerpo de los actores. Entonces, ella trajo como tema unas cartas en alemán que habían aparecido en su casa, entre las cosas de su abuelo. Su interés la había llevado a hacerlas traducir. Pasaron varios años hasta que en 2005, varios ex discípulos míos, entre los que estaba ella, me pidieron que les diera un entrenamiento. Ahí volvimos a hablar de las cartas y yo le pedí que me facilitara las traducciones. Las leí y se transformaron para mí una obsesión, hasta que terminé escribiendo esta obra.
- ¿Qué fue lo que lo obsesionó?
- Las razones las ignoro. Hay un sector de mi biblioteca, allá (dice y señala tres estantes de abajo), donde hace tiempo reúno libros sobre las causas de la Segunda Guerra Mundial. Y particularmente sobre la locura antisemita. Hasta "Mi lucha" he leído, donde comprobé que Hitler siempre dijo lo que pensaba hacer. En cuanto a las cartas, en ellas se ve de qué manera la Argentina de esa época rechazaba a los judíos. El destinatario de esas cartas, es decir, el abuelo de Daniela, era en Buenos Aires un modesto inmigrante judío alemán que aspiraba traer a su familia, pero se topa aquí con trabas burocráticas que hacen de su objetivo una oscura pesadilla.
- ¿Cuáles eran esas trabas?
- Las cartas no lo explicitan, pero yo encontraba algo muy inquietante en esa dificultad para acceder a una visa en un país despoblado como era entonces la Argentina. Hasta que di con la historia de la Circular Nº 11 del Ministerio de Relaciones Exteriores, de 1938. Allí no se menciona a los judíos, pero se advierte que está hecha a medida para que los cónsules no otorgaran visas a los judíos. Ese terminó siendo el nudo de la obra, que volverá a escena en febrero. Para después, se habla de una gira nacional.
- También se estrenarán este año otras tres obras suyas, en la nueva sede del CELCIT, por cuya reapertura tuvo que trabajar mucho durante 2007. ¿Cómo es que nunca habla de estrés, palabra que estaría más que autorizado a usar?
- En cuando a lo que fue la búsqueda de un nuevo espacio para el CELCIT, que tras 30 años de actividad debía mudarse porque el edificio donde funcionaba se ponía en venta, quien manejo maravillosamente la gestión de encontrar un nuevo espacio fue Carlos Ianni, no yo. El logró interesar al mismísimo presidente Kirchner en el tema, por intermedio de Lito Cruz. Yo en el CELCIT me limito a las funciones pedagógicas.
- Pero usted es el presidente.
- Sí, pero el presidente es apenas el que firma, una figura nomás.
- Volvamos a las obra. ¿Por qué una trilogía?
- Las dos primera obras, tituladas "Williams Hnos. S.A." y "Moscú", tienen dramaturgia mía pero no soy el autor. Son textos que mezclan vivencias personales de los actores con fragmentos de piezas de Tennessee Williams y Antón Chejov. La experiencia consistió buscar un teatro que sea puro presente. Cosa que sabemos que es imposible, ya que el presente, prácticamente no existe. Cuando uno toma conciencia de él, ya es pasado.
- ¿El tiempo es el eje de la historia?
- En parte. Pero también existe un hilo común e involuntario que une todos los aportes de los actores, y es que todas las situaciones hablan del vínculo entre hermanos. Mi obra, que se llamará "La mano en la ceniza", intenta cerrar lo expuesto en las anteriores. En ella sobreviven textos de las piezas precedentes así como de Chejov y Williams.
- Los hermanos son, en alguna medida, quienes comparten con uno el segmento de la vida que nos ha tocado. ¿Hay algún vínculo entre el tema de "La mano en la ceniza" y su percepción del tiempo, cuando está al borde de sus 80?
- A propósito de mis 80, me acuerdo que estuve en España cuando se homenajeó a Alfonso Sastre por el cincuentenario de su primer estreno. Allí Alfonso habló de la superstición decimal de los hombres, ya que ¿por qué celebrar los 50 o los 80 y no los 49 o los 76?
- ¿Siempre tomó con humor los signos del paso del tiempo?
- Lucho contra la angustia del deterioro con cierto humor. Es que detrás de todo, siempre, inevitablemente, está la muerte. Y como decía, uno no puede saber de antemano cómo va a responder ante determinado estímulo. ¿Cómo podría saber cómo voy a comportarme frente a mi propia muerte? Sólo sé que asocio esa idea con una imagen bastante amable. La del final de unas bellísimas vacaciones, que siempre imagino en el mar, el paisaje de mi infancia. Está por empezar el otoño, empiezan a quitarse las lonas de las carpas, caen en la calle las primeras hojas amarillas y uno sabe que se tiene que ir. No es una posibilidad que me guste pero es algo que creo aceptar. Eso me ayuda, creo, a seguir activo.
• Olga Cosentino | Revista Caras y Caretas | 2008-01-24
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