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La escena iberoamericana

Venezuela. Caracas es un teatro

El reconocido director, actor y dramaturgo Basilio Álvarez, da su impresión sobre la cultura teatral de los últimos tiempos en Caracas y hace una crítica a las políticas culturales instauradas por el Gobierno actual
Autor de obras como Ser o no ser... ShakespeareS ApasionadoS, reconocido por su actuación junto a Héctor Manrique en La Revolución de Isaac Chocrón, y actualmente compartiendo escena con la actriz Tania Sarabia en el montaje de la obra ¡Ay, Carmela!, el dramaturgo Basilio Álvarez cuenta su percepción sobre la cultura teatral que se ha desarrollado en Caracas en las últimas décadas y la influencia del gobierno nacional en las políticas culturales.
–Se puede decir que los teatros tradicionales de Caracas, como el Teatro Nacional, el Teatro Municipal, el Ateneo de Caracas, entre otros generalmente ubicados en el centro de la ciudad, han sido desplazados por otros ubicados en el norte o sureste de Caracas. ¿A qué cree usted que se deba este cambio? –El estado en el que se encuentra el Teatro Nacional es una vergüenza que tiene que reconocer este gobierno y principalmente el presidente de la República que hace años en ese mismo teatro le ofreció al director Alfonso López que ordenaría de inmediato el arreglo del mismo. Luego me imagino que se habrá dado cuenta de que en el Municipal entra mucha más gente y ahí tenemos al Municipal igual que el Teresa Carreño, dos espacios que fueron centros culturales y que ahora con el disfraz del "ahora es de todos" sólo se da el privilegio de su uso a quienes apoyen una idea única, lo que va en contra total de la verdadera cultura que siempre es defender la diversidad y la libertad.
–¿Y la situación en particular del Ateneo?
–Con el Ateneo creo que debe hacerse una reflexión fuerte desde adentro de nosotros los creadores que por buscar un lugar más seguro para nuestro trabajo y nuestro público hemos abandonado un centro que ha sido hito fundamental de nuestro teatro y nuestra cultura, en ese punto me reclamo a mí mismo el descuido y la defensa de un espacio cultural que no fue iniciativa del Estado sino de los creadores.
–Anteriormente, era común que las personas allegadas a este medio compartieran su tiempo en la zona comprendida por la Plaza de los Museos y el Teatro Teresa Carreño, pero, igualmente, estos lugares de encuentro han sido trasladados a cafés en las urbanizaciones Las Mercedes, Altamira y La Castellana. –Se huye de la inseguridad en todos los aspectos, se huye de la posibilidad de morir, se huye de la pobreza y del hambre, se huye de la violencia y se busca el respeto, la dignidad y la vida, cosas que en un lugar donde se muere, se roba y se humilla al ciudadano común, sea quien sea, no existen. En eso la Compañía Nacional de los años 80 y 90 nos dio una lección: en la esquina de Cipreses todo tipo de público, desde el más humilde y sencillo hasta el más complejo e intelectual, se daban la mano diariamente sentados en butacas contiguas, 700 personas por función, de miércoles a domingo, cuatro y cinco espectáculos cada año. Esto es cierto aunque el ministro de la Cultura, Farruco Sesto, se atreva a decir públicamente que aquí "antes" jamás existió una Compañía Nacional de Teatro.
–¿Qué opinión le merece la creación de nuevos espacios culturales como el Teatro Escena 8, Caracas Theater Club, Centro Cultural Corp Banca, Cultura Chacao, entre otros? –Han hecho el trabajo que el Gobierno no hace: la creación de nuevos espacios para el desarrollo del arte teatral.
–¿Considera que centros culturales como el Celarg, el Teatro Nacional, Teatro Municipal, entre otros, deben ser usados por personas u organismos gubernamentales para realizar actividades desligadas del quehacer cultural y teatral? –No. Es indignante que espacios que deberían ser utilizados para que la cultura y el arte lleguen a un gran número de ciudadanos, sean utilizados con fines políticos como el Teresa Carreño y el Teatro Municipal –el Nacional está destruido y enterrado en escombros– y el Celarg, que intentaba manejar un equilibrio de respeto por diferentes tipos de trabajos ya fueran meramente comerciales, artísticos o sin ningún tipo de distinción, ahora con la censura a Fabiola Colmenares ha caído también en un irrespeto por el arte y la libre expresión. A esto, la humillante y mentirosa respuesta de su director, Roberto Hernández Montoya, alegando que no se trata de eso, sino que las obras del 2007 tienen mucho éxito y deben seguir en cartelera, lo que da es risa.
–¿Cómo ve la actividad cultural de Caracas actualmente, y qué puede decir de ésta con respecto a décadas pasadas, como los ochenta y noventa? –Hay muchas cosas sobre qué reflexionar de esa época y la actual, pero principalmente diría que en esa época había mucho más riesgo, había un público que se estaba cultivando no sólo en el renglón atractivo del pasarla bien y divertirse, sino también del cuestionamiento, de la confrontación de ideas, de la crítica, del mostrar el valor y la miseria humana, el atreverse a grandes inversiones, grandes montajes y grandes obras sin pensar tanto en la recuperación de lo invertido económicamente sino culturalmente, léase, Carlos Jiménez, Ugo Ulive, Antonio Constante, Juan Carlos Gené, entre otros.
Y en eso tenemos responsabilidad los creadores pero también el Estado, que en los últimos años, por ejemplo, exalta los espectáculos por su número de espectadores más que por su contenido, prefiere el circo y el concierto, tal vez porque en ellos no están tan presentes las ideas como en una obra, ese gobierno que no acepta crítica ni opinión que no sea la suya. En el Celarg se le prohibió al espectáculo de Improvisto mencionar el nombre del Presidente en sus improvisaciones, aunque el público lo propusiera democráticamente como tema.

• José Jiménez Garelli | Tal Cual | 2008-01-29


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