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La escena iberoamericana

Argentina. Miller en la telaraña del sueño americano

Dos obras en cartel, de distintas épocas, confirman la sintonía de la escena porteña con los conflictos y personajes del insigne dramaturgo estadounidense.

Los conflictos humanos y sociales del teatro de Miller se sustentan en una visión trágica renovada que nos dice: 'No nos engañemos. No vivimos en el mejor de los mundos posibles'", decía Carlos Fuentes ante la noticia de la muerte del norteamericano, el 10 de febrero de 2005. Si bien no es al único dramaturgo al que le cabe ese sayo, a Arthur Miller le va a la perfección y, en especial, cobra fuerza en la calle Corrientes, cuando dos de sus obras se presentan en la porteña vía asociada al mundo de la picardía revisteril.

Todos eran mis hijos, en el teatro Apolo y El descenso del monte Morgan, enfrente, en el Metropolitan, constituyen las dos piezas en cartel, con elencos prestigiosos, directores consagrados y productores de olfato poderoso.

A esta dupla, se le suma las cercanas La muerte de un viajante, en La Plaza, con Alfredo Alcón y dirección de Rubén Szchumacher, y, en el Complejo Teatral de Buenos Aires, El último yankee, dirigida por Laura Yusem, ambas en 2007. Tampoco se trata de un fenómeno nuevo ya que Buenos Aires fue siempre una ciudad en sintonía con la mirada de Miller: en 1950, a un año del estreno en Broadway, Narciso Ibáñez Menta se ponía el traje gris de Willy Loman en El Nacional.

"Creo que hay algo de la política que está de vuelta en el teatro", dice Claudio Tolcachir, el director y adaptador de Todos eran mis hijos, la obra producida por Daniel Grinbank (la misma dupla de la exitosa Agosto), encabezada por Lito Cruz, Ana María Picchio, Vanesa González, Esteban Meloni y Federico D'Elía, entre otros. "Cuando hasta no hace tanto se repetía que las ideologías habían terminado, vemos que estos planteos no sólo se mantienen sino que además, entretienen, fascinan y atrapan a cualquier público. No es verdad que la gente no quiere pensar", opina el responsable de la sala Timbre 4, de Boedo.

Si la del Apolo fue elegida la mejor obra de 1947 por el Círculo de Críticos de Nueva York, la del Metropolitan nació casi medio siglo después, en 1991, aunque recién se estrenó en 2000.

Para su director, Daniel Veronese ­uno de los fundadores de El Periférico de los Objetos y el dueño de su propio taller y sala en Palermo, Fuga Cabrera­, a veces es difícil no quedar atrapado de las "ideas-Miller": "Aquí no habla el propio autor sino que lo hace a través de sus personajes ­dice sobre los papeles interpretados por Oscar Martínez, Carola Reyna y Eleonora Wexler­. Esto permite jugar con el sentido de lo que se enuncia. Me interesó en todo momento y en todos los personajes encontrar verosimilitud en las controversias sobre lo que se desea y lo que se debe hacer. Intenté encontrar un tono que los reuniera y permitiera que todas las ideas fuesen escuchadas. Todos salen transformados. Intento que cada personaje defienda cada argumento lanzado en el escenario".

En la segunda posguerra, el envidiado ex marido de Marilyn Monroe fue, junto a Tennessee Williams (El zoo de cristal ha tenido versión estrenada este año en El tiempo todo entero, de Romina Paula) el más importante dramaturgo estadounidense, al menos hasta fines de los sesenta, cuando a la lista se agregó Edward Albee (¿Quién le teme a Virginia Woolf?), todos precedidos por el premio Nobel 1936, Eugene O'Neill. Neoyorquino, hijo de una próspera familia de inmigrantes judíos polacos que se arruinó durante la Gran Depresión, Miller pintó la desilusión del sueño americano sustentado en el derrame inacabable del capitalismo. En ese contexto, hay perdedores como Loman o ganadores como el Joe Keller de Todos... pero por igual se preguntan por su destino y las decisiones que tomaron para forjarlo.

En El descenso..., la obra estrenada por primera vez en la Argentina con producción de Pablo Kompel y Sebastián Blutrach, el foco parece corrido de la tragedia. Este último Miller ya es un hombre grande que prefiere mirar con sorna los mandatos de la vida establecida. "Un hombre es como una casa con catorce habitaciones. En el dormitorio duerme con su mujer inteligente, en la sala se revuelca con alguna jovencita en bolas, en la biblioteca está pagando impuestos, en el patio cultiva tomates y en el sótano fabrica una bomba para mandar a la mierda todo eso", dice Lyman Felt (Oscar Martínez), un vendedor de seguros millonario, pero que en la cama de un hospital debe enfrentarse a la bigamia que ocultó por una década.

"Thriller dramático", como define Tolcachir a la pieza de 1947, en la que "ese buen vecino también puede ser un asesino"; o comedia dramática, la de 1991, en la que Veronese reconoce "exprimir" las situaciones humorísticas a pesar del dolor sin señalar fácilmente al espectador "cuál es la víctima y cuál el victimario". En un caso, la resolución no tiene vuelta atrás; en la otra, tampoco, pero el reloj sigue andando y está permitido alzarse de hombros ante la telaraña. Quizás entre la tercera y la séptima década de su vida, Miller dejó de ser ambicioso y se puso más comprensivo pero nunca se desligó de la responsabilidad. De alguna manera, nunca dejó de ser político.

• Revista Ñ | 2010-07-24


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