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La escena iberoamericana

Argentina. Norma Aleandro: “El poder no se tendría que pelear, habría que ganarlo por peso propio”

Desde la intimidad de su camarín, la primera actriz argentina muestra su particular universo. Si el mundo del espectáculo exigiera investiduras, como sucede en la política, sería Primera Dama. Extraordinaria actriz y directora, escritora de vuelo, dibujante, pintora... Todo eso es Norma Aleandro y lo refleja en este diálogo.

En su camarín del teatro Lola Membrives se destaca una foto con “los cuatro hombres de mi vida”: su marido, el médico psicoanalista Eduardo Le Poole; su hijo, el actor Oscar Ferrigno, y sus nietos, Iván (23), “un músico maravilloso que compone como los dioses, tiene su banda”, y Lucio (5), “un sol, una luz como su nombre lo indica. Y muy gracioso”. Otras fotos queridas, el clásico espejo rectangular, los elementos de maquillaje, un sillón, dos sillas, percheros con las ropas del personaje, las paredes desnudas, no se observan objetos decorativos ni supersticiosos.

–¿Qué tipo de contacto tenés con los camarines?
–Les tengo cariño, pero yo hago una cosa con los camarines desde hace muchos años, por cábala. No le pongo cosas mías que queden por mucho tiempo. Muy como si ¿hay que levantar todo?, bueno, a levantar. Tipo gira. Siempre tengo la conciencia de que el camarín es algo muy efímero y hay que tratarlo como algo muy efímero.
–El camarín es un lugar lleno de anécdotas sabrosas al que el público no tiene acceso. Contanos alguna...
–¿Anécdotas? Ah, y me lo preguntás así como si me dijeras a ver decime una frase inteligente, no me viene ninguna... Sí, me viene. En esta misma casa, cuando se llamaba teatro Cómico, en el segundo piso, a la altura del camarín de Andrea (Pietra), estaba yo. Y aquí, donde estamos ahora, era el camarín de Narciso Ibáñez Menta. Estábamos haciendo Ornifles, de Jean Anouilh, yo tenía 16, casi 17. Yo siempre venía dos horas y media antes para tener tiempo de descomponerme y componerme de los nervios que todavía me daba subir al escenario. Narciso también venía muy temprano, porque se maquillaba él. Era un hombre bajito, no especialmente buen mozo, pero aparecía en el escenario y era un hombre alto, guapísimo...
–Para el público...
–Para el público y para nosotros. Tan grande era su transformación. Cuando se maquillaba no necesitaba encerrarse, así que yo me quedaba al lado, observándolo extasiada. A mí me encanta maquillar. Horacio Pisani, que era mi profesor de maquillaje en el seminario dramático, venía a proveerle accesorios, pero el que se maquillaba era Narciso (lo imita): “Me pongo este color... Ahora este otro”. Se ponía apliques, bigotes, veías que se iba convirtiendo en otra persona, era como una operación de cirugía... Y aquí había un armarito donde él tenía colgado un cuerpo, con almohadillas de pluma rellena. Eran los hombros, los antebrazos, el pecho, la espalda, la cintura pequeña. Se ponía coturnos. Después botas, que cubrían un taco más o menos así, adentro de los zapatos, y los pantalones que luego tapaban todo. Era impresionante verlo. Y se ponía muy bien la luz, cuando subía al escenario era otro señor. Él siempre sobre los practicables altos, los demás actores siempre en los practicables bajos. Fijate vos, todo eso sucedía acá. Y los 15 los cumplí en el teatro de enfrente, cuando se llamaba Smart (luego Blanca Podestá, hoy Multiteatro). ¿Sabés quién me los celebró? Tita Merello en el escenario, estábamos haciendo Hombres en mi vida , de Eduardo Pappo, un brindis de veinte minutos, entre función y función.
–¿Qué te regaló Tita?
–Me regaló una pulserita de oro con un dije que era un pajarito, porque ella a mí me llamaba Pajarito, yo era flaaaca, puro ojo. Ésa fue mi fiestita de 15. ¿Querés saber dónde cumplí mis 16?
–Sí.
–En el Teatro de la Comedia de Rosario. Estaba haciendo gira con Luis Arata y mi mamá (María Luisa Robledo), y también los festejé entre función y función. Trajeron una mesa, unos sandwiches, brindamos por mis 16... y a seguir con la otra función...
–¿Cuánto duraban aquellas giras?
–Hacíamos treinta y tantas obras en una gira de un año por todo el país, sin volver a Buenos Aires, sin días de descanso, los días de descanso se utilizaban para viajar de provincia en provincia. No sólo hacíamos las capitales, íbamos a pueblos también. Éramos más de veinte en la compañía. Acá ensayábamos seis o siete textos, y el resto en la gira. Hacíamos matiné, vemouth y noche, y además el suplicado de las obras que teníamos que ensayar...
–¿Suplicado?
–Por te suplico que vengas a ensayar. Si no ibas, te echaban. Era una manera cortesana de invitarte. Y Arata, gran actor teatral, me enseñó a improvisar en la primera de las obras que llevábamos, no me preguntes qué título, pero era de autor argentino, no muy recordable, así como hacíamos El gorro de cascabeles , de (Luigi) Pirandello, por ejemplo, hacíamos otros títulos que podríamos llamar pasatistas. Yo hacía una mucamita que en el primer acto entraba y le decía a Arata: Señor, está el señor Fernández. Que pase, me decía él. El sr. Fernández era el otro cómico de la compañía. En el segundo acto yo entraba con el mismo bocadillo, y en el tercer acto igual. El día del estreno fui a su camarín, ya con mi vestidito: Señor, ¿está bien así? Sí, estás bien así, ¿tranquila? Sí, sí. Haceme un acento provinciano, me pide Arata. ¿Cuándo? Ahora... Pero cómo un acento provinciano, si era la primera vez que salía de Buenos Aires... No sé, señor, no se me ocurre nada... Probá una cosita así, estiradita, a ver... Yo en pánico... Me voy al camarín de mi madre, que era la primera actriz del elenco, a pedirle ayuda, y ella me ayudó, con el oído musical que tenía...
–Y apareció el acento buscado...
–Me apareció un acentito semiprovinciano, no sé de qué provincia. Así, con cara de susto, temblando por esas razones y porque era la primera vez con Luis Arata en escena, entré al escenario empujada por el traspunte. Señor, está el señor Fernández... Y Arata me mira y me dice: ¿Cómo es?... Yo creí que me moría... ¿Cómo... cómo es? Sí, cómo es. Y empecé a pensar cómo era: bajito, pelado, y dije “bajito, pelado”... Y oí un ruido que yo nunca había oído: la risa de la platea. Pero un ruido, ruido, y me asusté mucho. Yo salí, entró el señor Fernández. Al terminar el primer acto corrí al camarín de Arata, Por favor señor no me haga esto... Pero tranquila, tranquila... Llega el segundo acto: Señor, está el señor Fernández. Arata me mira y me dice: ¿Cuál?... Y yo le digo: el de antes, señor... y la gente volvió a reírse. Salimos y me dice Vos vas a improvisar conmigo. No, por favor, no señor, yo no quería más que salir corriendo. Para darte una idea: a partir de ahí llegamos a improvisar ¡una hora entera! con ese personaje. Me hacía sentar, me hacía contarle... A ver, cómo es tu madre... Y yo empecé... y ya tenía una mama, un rancho.... Íbamos cambiando de provincia, y yo de acento. En Tucumán hice el acento exacto de...
–De los tucumanos...
-No. Ellos decían de Santiago. Y en Santiago me decían Claro, es una salteña. Nadie reconocía su propio acento. Porque seguramente no era acento de nada, qué sé yo qué era. Muerta de miedo al principio pero después ¡cómo me curtió, por Dios! Eso de improvisar yo lo hice por primera vez con el señor Luis Arata, tuve esa suerte. Se dio cuenta de que yo tenía humor, porque en la vida privada era capaz de hacer chistes, bromas o juegos de palabras. Él lo pescó y me hacía improvisar. Y en todas las obras improvisábamos. Fue un aprendizaje muy, muy lindo.
–¿Actuar equivale a jugar?
–¡Sííí! Absolutamente. Es que si no lo asociás, le quitás a la actuación su esencia. La esencia es el juego. Vos estás jugando con la vida, con los sentimientos, con los demás seres humanos, con vos mismo, estás jugando. Como juega un chico. Un chico juega en serio, no juega en broma. Actuando estamos muy serios, pero jugamos. Está muy bien puesto en inglés, play. Somos players, jugadores.
–¿El que espía las cartas del otro en el juego, en teatro sería el actor al que se le ven los hilos? ¿Y el que no quiere perder ni a las bolitas, sería en el escenario el que quiere tapar a sus compañeros?
–Sí, claro... Porque hay actores que de pronto no creen en sí mismos como jugadores, no les tienen confianza a los sentimientos que pueden expresar. Y exageran, por ejemplo. Pero siempre tuve muy buenos maestros arriba del escenario.
–En el libro Diccionario sobre figuras del cine argentino en el exterior (Mario Gallina, Corregidor) le decís al autor: “En realidad, en cine nunca me divertí. Es muy aburrido de hacer”.
–Y sí. Poca gente lo dice, pero si se lo preguntás de verdad a un actor te va a decir lo mismo. En cine te pasás todo el tiempo esperando. O sea, no te aburre el momento en sí en que hacés la escena. Vos pensá, en una jornada de filmación de doce horas se hace cuando mucho una página y media, pero de esa página y media cuánto era tu trabajo. Leés, repasás la escena, viene el director y charlás, otro compañero y pasás la escena, pero llega un momento en que estás nada más que esperando, esperando. Sí, no es divertido. Lo cual no quiere decir que no sea interesante, lo es y mucho.
–¿Cómo ves la Argentina de hoy, dónde está tu esperanza, tu pesimismo?
–Yo desesperanzas no tengo, soy esperanzada por mi naturaleza. Me parece que perder eso es perder la parte vital más importante del ser humano. El desesperarse es un castigo bíblico que nadie debería padecer. Y creo que, si bien hay millones de cosas que no me gustan cómo están en nuestro país, todavía estamos en democracia. Todavía te puedo decir todo esto, todavía puede haber, y espero que lo haya, mayor consenso entre los políticos. No es una clase que yo venere, pero la necesitamos. Y lo que tenemos que hacer es ayudar a que se eduquen.
–¿Abonás el concepto de que ellos son espejos que nos reflejan?
–No necesariamente. Son un emergente, pero no siempre el mejor emergente. La prueba está en que son lugares de poder, y a los lugares de poder hay gente que sabe pelearlos. Los lugares de poder no se tendrían que pelear, se tendrían que ganar por peso propio. Y no es tan eso lo que nos sucede. Entonces hay gente que es buena peleadora para este tipo de contiendas y llega a los lugares de poder, pero no necesariamente aquellos que nos convendrían a todos que llegaran. Lo que sí tenemos que hacer como ciudadanos es votar cada vez mejor. Y cuando digo mejor es votar pensando no solamente en qué me favorece que yo vote a Fulano, sino qué va a hacer Fulano, qué hizo antes, dónde estuvo, qué gestión cumplió, cómo la cumplió, ¿lo voto o no lo voto? Y si lo voto, ¿qué proyecto trae que no sea el verso de siempre? Los escuchás, y todos podrían ser de un mismo partido político, todo es maravilloso...
–¿A la hora de prometer?
–A la hora de prometer y a la hora de quejarse de los gobiernos anteriores. Así que yo lo que tengo es la esperanza de que todos vamos creciendo. A mí me da mucha alegría comprobar cosas de nuestra gente, de cómo somos. Lo que pasó con el Bicentenario es una demostración. Tantos que salieron a festejar amablemente, genuinamente, y no hubo destrozos, no hubo robos, no hubo nada, y tampoco hubo policías, ni hubiera habido policías suficientes para tantos millones de personas... ¿Qué demuestra eso? ¡Mucho! Veinte mil personas que van a recibir a los jugadores que perdieron, eso fue conmovedor, me encantó. Hay gente que está pensando distinto, y yo tengo mucha esperanza en que en esa forma de pensar distinta estemos mejor todos.
–¿Qué cosas te sacan de las casillas?
–Las grandes y diminutas injusticias.
–Suele decirse que todos tenemos un muerto en el placard. ¿En tu caso?
–Parafraseando en parte al Tenorio: Los muertos que yo he matado gozan de buena salud.
–¿Qué pensás de esta fiebre universal por filmarse y colgarse en facebook o twitter para millones?
–Creo que cada uno debe hacer de su vida lo que quiera mientras no moleste al prójimo. Personalmente exponer la vida privada es algo que no entra ni en mis más tenebrosas pesadillas.
–¿Y esta idea de que cualquiera con celular puede ser cineasta?
–Me parece que es tan legítimo como bailar cuando uno quiere o silbar la Novena si hay ganas, se tenga o no talento para esos menesteres. Grave me parece que cualquiera, anónimamente, insulte, invente mentiras en los distintos modos que permiten el anonimato... Mi manera de estar aquí en el mundo va con esta frase: Hay dos formas de vivir; como si no existieran los milagros, y como si todo fuera un milagro.

AQUELLAS BOMBAS DE EXILIO
En junio del ’76 Norma protagonizaba Nosotros , con Federico Luppi por canal 11, y en teatro su unipersonal Sobre el amor y otros cuentos sobre el amor . Una noche tiraron una bomba de gases lacrimógenos en el teatro; al rato, una bomba explosiva destruyó parte de su casa.
–Nunca me gustó acordarme de todo eso. Es uno de los momentos más desagradables de la vida de mi marido, mi hijo y la mía. Llamaron por teléfono y Dolly, que todavía está con nosotros, atendió; le dijeron: anote esto... Que no me habían querido matar y que me daban veinticuatro horas para salir del país. A las seis horas ya nos habíamos ido a Uruguay. Fue el año en que mataron más gente.
–“En algo andarías”
–Creo que tenía que ver con declaraciones en contra de las dictaduras, de derecha y de izquierda, las vengo haciendo siempre. Había hablado de las desapariciones en la época del gobierno de Isabel. Hacía poco que estaban los militares, se sabía que había listas de gente que no iban a poder trabajar, y yo lo empecé a decir. Ellos también tenían como antecedente mío, Cosa juzgada . Y que en un almuerzo de Mirtha había hablado bien de (Salvador) Allende diciendo que su gobierno no era una dictadura. Yo había viajado a Chile, no lo era. No sé en qué se hubiera transformado si hubiera seguido, pero para nada era una dictadura.

AGOSTO. CONDADO OSAGE
La premiada obra de Tracy Letts, adaptada por Mercedes Morán con dirección de Claudio Tolcachir, va por su segundo año de merecido éxito. Trece en escena, noche tras noche: Norma y Mercedes, Andrea Pietra, Lucrecia Capello, Juan Manuel Tenuta, Horacio Roca, Antonio Ugo, Eugenia Guerty, Gabo Correa, Fabián Arenillas, Julieta Zylberberg, Gerardo Otero y Mónica Lairana. Teatro del brillante. ¿Cómo hacen?
–Una cosa imprescindible, que cuesta mucho en la vida y en el escenario, es escuchar al otro. El otro te está hablando, a vos te parece que sabés lo que te va a decir y ya estás contestando, y no, tenés que escucharlo para saber qué te dice. En la vida nos cuesta, en el escenario también. Cuando llevás mucho tiempo de actuaciones se puede mecanizar, y es un peligro. Esto nos está resultando bastante bueno, en el sentido de que somos trece personas, trece personajes, escenas complejas para todo el mundo, compartidas, en solitario, y estamos logrando mantener un muy buen nivel. Nada fácil. Pero no de decir uy qué difícil es esto, no, Agosto va, va, va... Es importante cómo lo sintió el otro compañero a tu trabajo, más allá de cómo lo sintió el público. Hay cosas muy sutiles que si las perdés, el público no se puede dar cuenta, porque no sabe cómo era.

• Hugo Paredero | Miradas al Sur | 2010-08-01


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