El Lliure presenta los días 9 y 10 Endstation Amerika, la versión del director alemán Frank Castorf de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Una libre adaptación con acérrimos defensores y detractores.
A Tennessee Williams le interesaba escarbar en el interior de los personajes, víctimas de una sociedad que sigue las reglas del más fuerte e impotentes ante su destino. Frank Castorf dice, por el contrario, detestar el teatro psicologista, sus personajes, –fragmentados, ridículos y reiterativos–, parecen sacados de una serie de televisión y sus puestas en escena tienden a borrar la línea que separa la realidad del teatro: “no separo mi teatro del mundo en el que vivo”, ha dicho. Quizá por eso, en esta libérrima adaptación de la obra que firma el filósofo y autor de la Volksbüehne de Berlín, Carl Hegemann, estrenada en el año 2000 y que ya se vio hace unos años en el Festival de Otoño de Madrid, el personaje de Kowalski es un polaco emigrante en Estados Unidos, ex miembro del sindicato Solidaridad que en los 80 lideró Lech Walesa. Alusiones que le permite a Castorf hablar de la América consumista y que tanto debe a la inmigración, al igual que habló en su versión de Libre pájaro de juventud, Forever Young (vista en el Teatre Nacional de Cataluña), de la América de la globalización.
El empleo del video, que trae a primer plano las caras de los personajes, duplicando los niveles de imágenes y de narración, es un recurso que Castorf emplea para acercarlos al público y dirigir la acción de la obra. También da autenticidad a estos personajes porque, en su opinión, “el teatro es apariencia de lo bello y, lógicamente, la gente bella tiene mayor poder en su discurso. Lo que pretendo es desdibujar las fronteras de lo bello, mostrar al ser humano en su aspecto más auténtico, menos mentiroso.”
La escenografía, firmada por su colaborador habitual, Bert Neumann, es un container que reproduce un hogar en el que ya no hay confianza entre sus miembros, sólo sexo y violencia. Todo esto es posible gracias a un elenco de actores extraordinarios, capaces de interpretar y cantar y darle un ritmo desenfrenado a la pieza.
• Liz Perales | El Mundo | 2008-02-08
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