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La escena iberoamericana

Venezuela. El retroceso armado

En febrero de 2008, los comisarios de la cultura oficial rescinden el contrato de uso del teatro Alberto de Paz y Mateo al grupo Theja, que ha tenido en este edificio su sede desde 1989, y adelantan el término del comodato al Ateneo de Caracas, con lo que dejan sin sala a las compañías que en la actualidad montan sus piezas en los espacios de ese complejo cultural, y, desde luego, las arrojan al descampado, puesto que los escenarios disponibles para el teatro profesional han disminuido gravemente en los últimos tiempos.
En febrero de 2008, la cultura venezolana es duramente golpeada por la tragedia autoritaria. Sesenta años antes, el 15 de febrero de 1948, uno de los novelistas más notables de la hispanidad –y, por cierto, dramaturgo– toma posesión de la Presidencia de la República de Venezuela, inaugurando el poder civil elegido democráticamente, así como un Estado cuyos poderes contaran con sus necesarios contrapesos. Era la primera vez, en la historia de Venezuela, que un mandatario llegaba a esa posición por el voto universal, directo y secreto de todos los ciudadanos. Las mujeres incluidas. Y Gallegos había resultado electo con 74% del sufragio (871.752 votos sobre un total de 1.183.764), una victoria sin precedentes ni réplica que expresaba con toda claridad el anhelo civilista del país, su hartazgo de los sargentones y su determinación de orientarse por la vía de la modernidad.
Lo normal es que los países miren por el espejo retrovisor y vean alejarse el pasado puntuado por figuras folklóricas y providenciales, por privaciones materiales y morales, por sobresaltos institucionales, al tiempo que se pasean por un presente de estabilidad y se encaminan a un futuro de pluralidad política y cultural, así como una prosperidad sostenible en todos los sentidos. Así, mientras Irlanda se distancia a toda máquina de sus hambrunas y su espantosa pobreza mitigada a duras penas con papas congeladas en campos cruzados por hordas de emigrantes, y los españoles actúan como si Franco hubiera sido un azote contemporáneo con Colón (y no un horror que terminó hace apenas tres décadas), nosotros suspiramos al considerar que hace sesenta años el canciller de Venezuela era Andrés Eloy Blanco. Y que, entre otros, el ministro de Educación era Luis Beltrán Prieto Figueroa; el de Comunicaciones, Leonardo Ruiz Pineda; el del Trabajo, Raúl Leoni; el de Fomento, Juan Pablo Pérez Alfonso; y Edgar Pardo Stolk (miembro de notables sociedades científicas nacionales y extranjeras) el de Obras Públicas.
Ése era el perfil del gabinete de Rómulo Gallegos, quien, a su vez, era el autor de Doña Bárbara, de Canaima, de Pobre negro, de La trepadora, de Sobre la misma tierra, de Reinaldo Solar... Era, también, el candidato presidencial que, en 1941, en el desarrollo de su primera candidatura, había iniciado su discurso de proclamación como aspirante a la máxima magistratura nacional con un gran elogio "a quien estaba en el poder", escribió Simón Alberto Consalvi, "estableciendo una clara y precisa diferenciación entre Juan Vicente Gómez y el tercer presidente tachirense del siglo, el general Eleazar López Contreras. Es posible que López Contreras no hubiera recibido nunca un elogio mejor que el de Gallegos, en aquel preciso momento de transición. (...) Así como había elogiado a López Contreras, Gallegos elogió también a su contendor, y le reconoció al general Medina `tendencias civilistas". Bueno, baste decir que ese 15 de febrero del 48, en el acto de toma de posesión ante el Congreso, declaró que quería ser "el presidente de la concordia". Y durante los escasos 9 meses de su gobierno, Copei se transformó en partido político, se fortalecieron los movimientos sindicales y campesinos, se dio el ejecútese a la Ley de Reforma Agraria, así como a la Ley de Reforma del Impuesto sobre la Renta, que imponía de 50-50 para el reparto de las ganancias entre las empresas petroleras y el Estado.
Produce angustia y estupor la idea de que lo mejor de Venezuela encalló en ese fragmento del pasado. No puede ser así, claro está. Y no podemos aislarnos del hecho de que aquel liderazgo ilustre e ilustrado que Gallegos ejerció para orgullo de Venezuela fue cercenado por los sables de siempre. Tendremos, pues, que trabajar por la concordia a pesar del Presidente y desandar los caminos de los aventureros para llegar a la alborada.

• Milagros Socorro | El Nacional | 2008-02-24


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