
Héctor Manrique es un hombre que se levanta temprano, como él mismo lo puntualiza el día antes de la entrevista. Prueba de ello es que estamos sentados a las 8 de la mañana a instancias de él, naturalmente en la terraza de una panadería situada sobre la Avenida Libertador. Desde la terraza se puede ver y sentir el tráfico mañanero que empieza a hacerse pesado, acompañado de la parafernalia habitual de gritos y cornetazos. La terraza en cuestión está separada de la ciudad porque está un poco más arriba de ésta y por unos delgados cables eléctricos. Uno se pregunta quién está encerrado, si la ciudad o los que la contemplamos. O ambos.
Héctor Manrique rebobinando también es un hombre de teatro. Actor, director, profesor, y figura fundamental del Grupo Actoral 80, se ha labrado un espacio legítimo y sólido en las artes dramáticas venezolanas. Este año el Grupo Actoral 80 ha realizado más de cien funciones, todo un record para el teatro venezolano.
En este momento, Manrique, aparte de grabar una telenovela, está montando la obra Acto Cultural, de José Ignacio Cabrujas.
¿Qué diría Cabrujas de los tiempos que vivimos?
No lo sé y no voy a poner palabras en su boca. Lo que sí yo he sentido con la ausencia de José Ignacio es un vacío. El vacío de lo que él escribía, de lo que él reflexionaba en su obra, no solamente dramatúrgica, sino como opinador semanal, como articulista. Inclusive con sus telenovelas me daba luces, me ayudaba a comprender dónde estoy, que, en definitiva, es el rol de la cultura. Eso es imposible de llenar.
Por eso yo he logrado un refugio para la comprensión de la realidad en su obra, su obra me dice cosas. Yo no sé qué pensaría José Ignacio ahorita. Me quedo con su obra que me sigue hablando. Por algo estoy montando en este momento Acto cultural, porque creo que así como me habla a mí, todavía tiene muchas cosas que decirnos a todos.
¿Cómo relaciona Ud. Acto cultural con la realidad venezolana?
Acto Cultural transpira la sensación de que existe en Venezuela una enorme precariedad como país, de una enorme improvisación. También de un desprecio por los especialistas. El punto es que el cargo no habilita, habilita el conocimiento. Es decir, no porque yo haga una sociedad cultural como sucede en la obra yo soy culto. A eso se llega a partir del estudio, de la reflexión, de la praxis. Y yo siento, por ejemplo, que en este momento vivimos un desprecio hacia el especialista. En el mundo de la cultura eso está clarísimo cuando se pone ahí a dirigirla a un veterinario, a un hombre del aparato. Y eso se traduce en un desprecio hacia la cultura.
La mejor gestión en el ámbito de la cultura la ejerció José Antonio Abreu. Porque era un hombre de la cultura.
¿Por qué es importante la cultura?
Porque es un hecho que nos engloba, porque le da sentido a todo lo que hace el hombre, porque todo lo que hace el hombre es cultura. Lo que nos crea los muros de contención éticos del hombre, no es otra cosa que la cultura. Es una cosa que, además, no se puede palpar. Es superior a la educación. Yo siempre pongo un ejemplo, volviendo a los especialistas: un médico con una especialidad, ayuda muchísimo. Pero que un médico sea honesto, que no se le olvide un bisturí dentro de una persona, no es un problema de estudio, es un problema de cultura. La cultura te proporciona palabras como respeto, como tolerancia. Además, no hay ningún país en el mundo donde exista un desarrollo económico y social que no esté precedido por un desarrollo cultural. Porque lo que sustenta todo lo demás es el desarrollo cultural.
¿Cuál es la realidad del teatro venezolano?
El teatro siempre ha estado en crisis, la crisis es consubstancial con el teatro.
Pero nunca como ahora. El festival internacional de teatro se acabó. Los grupos emblemáticos, Rajatabla, el Grupo Actoral 80, que eran grupos que estaban constantemente en la palestra, ahora están asfixiados en lo presupuestario. A nosotros nos quitaron el presupuesto el año pasado tildándonos de perniciosos. Todo ese teatro que tenía unas connotaciones más artísticas se ha ido disminuyendo. Han aparecido las comedias, el teatro comercial, que, ojo, no produce ganancias. Estamos hablando de que se cubren los gastos, a lo más. Por otro lado, a mí me parece muy bien como dice el discurso oficial que los que no pueden pagar para ir al teatro, no paguen. Siempre que dentro de poco puedan pagar, que puedan salir de la condición en la que están.
¿Y qué pasa con el teatro independiente?
Se hace, con esfuerzo. Yo salgo dentro de 20 días para Brasil a hacer Final de partida de Samuel Beckett. Una obra bastante difícil. Pero, desde siempre, la relación de la cultura con el Estado, con el poder, ha sido simbiótica. El teatro El Globo de Shakespeare no hubiese sido posible sin el apoyo del Estado de la época, Lope de Vega estaba apoyado por los reyes. Por eso cuando me dicen: "mandemos al carajo al Estado", yo lo hago, a nivel privado, pero nunca dejaré de exigirle al Estado su responsabilidad. Un hombre de teatro en Venezuela no puede ser un hombre satisfecho cuando en este país hay tantos millones y millones de habitantes que nunca han tenido la posibilidad de enfrentarse a un hecho escénico vivo como el teatro.
¿Cómo podría cambiar eso?
Sólo el poder del Estado y sus recursos podría cambiar eso. Si tú vas a países como Alemania, te encuentras que por cada cancha de fútbol hay una sala de teatro.
Por cada cancha de fútbol. Claro, ya después que el Estado ha hecho, no un gasto, no un subsidio, sino una inversión, tienes una infraestructura que te permite que la gente, de todos los niveles sociales, tenga acceso al teatro. En cambio, aquí, tú tienes una ciudad como Barcelona en la que lleva 3 años cerrado el Teatro Cajigal. En Barquisimeto pasó 8 años cerrado el Teatro Juárez. Y cuando lo abren, hacen una fiesta, coño.
¿No hay que celebrar la reconquista de un espacio cultural?
No. Lo que tendría que haber es una profunda arrechera porque estuvo cerrado 8 años. Y cuando yo digo una profunda arrechera no es porque yo soy un neurótico, es para que no vuelva a pasar. Eso lo único que demuestra es la ineficiencia de todos esos gobernadores que han pasado por ahí, entre ellos el que acaba de saltar la talanquera, Henri Falcón. Porque lo que le criticamos a Chávez en el Teatro Teresa Carreño lo hacía Rosales en el Teatro Baralt de Maracaibo. Lo agarraba para condecorar a las secretarias, para hacer actos políticos. No, los teatros no son para eso. Yo no voy a Miraflores a decir: "Mira, préstame una sala para ensayar".
Dejando de lado la responsabilidad del Estado, ¿qué le ha pasado al teatro venezolano? Pareciera que ya no tiene el brillo, la fuerza de antes...
En parte es verdad. Y eso se explica un poco por lo que yo llamo "la década del dolor en el teatro venezolano". La década del 90, una década muy perturbadora para el teatro venezolano. Esa década arranca con la muerte de Enrique Porte, a la que después se le sumó la muerte de una cantidad de gente impresionante: Carlos Giménez, José Ignacio Cabrujas, Fausto Verdial, Héctor Mayerston, Mariano Álvarez, Pepe Tejera, Ricardo Lombardi, Javier Zapata... Es una década terrible para el teatro venezolano... Juan Carlos Gené se regresa a la Argentina; a Ugo Ulive uno de nuestros directores más interesantes se le ocurre dejar de dirigir. Para cualquier hombre de teatro de mi generación fue una década que nos movió el piso.
¿Usted, como actor, qué método utiliza, cómo se prepara?
Yo comparto con Diderot lo que dice en La paradoja del comediante. El hecho de que, por un lado, los personajes más interesantes son los que más sufren, entendiendo que los que sufren son los personajes y no uno. En cambio, la traducción de Stalivnasky en la escuela norteamericana significa que si el personaje sufre, yo, el actor, sufro también. Yo no creo que si el personaje es mala persona, yo tengo que convertirme en mala persona también. Yo comparto con Stalivnasky su obsesión porque el actor es lo que hace, no lo que dice, y que el actor debe estar vivo en el escenario. Lo paradójico, según Diderot, es que mientras más sufre el personaje, más disfruto yo haciéndolo. No por nada los actores aman a Shakespeare: cuando son jóvenes quieren hacer Romeo porque Romeo muere; y cuando están entre los 30 y los 40 quieren hacer Hamlet porque termina muerto y sufre muchísimo; después quieren hacer Macbeth que también es trágico; y ya cuando están viejos quieren hacer al Rey Lear que termina traicionado por sus hijas. Es decir, todos los actores soñamos con hacer esos personajes porque son portentosos, pero, además, porque son muy sufridos y uno sabe que va a disfrutar mucho haciéndolos (se ríe).
En la vida diaria, ¿un actor no tiene ventajas sobre los simples mortales, por su capacidad para convencer, digamos, como para pedir un crédito en un banco?
Pero eso no es una ventaja sólo de los actores. Por un lado, si tú te pones a revisar la historia de los actores, tú ves que muchos de los grandes actores son tipos tímidos. Por otro lado, lo que tú planteas es interesante porque nos lleva a una debilidad social: no está bien un mundo donde los únicos que triunfan sean los vivos, los que tengan más carisma, los que tengan más capacidad histriónica. Estaría más cercano a la bondad un mundo donde hubiese una legalidad que nos contenga a todos por igual. Es decir, un mundo en donde tú vayas a pedir un crédito y lo que importen sean tus méritos o tu disposición a cumplir con tus obligaciones, y no, solamente, tu capacidad de convencer...
¿Es difícil ser actor?
No, ser actor es fácil. Lo jodido es ser buen actor. Jajaja.
• Ezequiel Borges | Tal Cual | 2010-09-14
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