Entrevista a Pacho O’Donnell y Enrique Papatino, dramaturgos del pasado
El autor de El encuentro de Guayaquil y el de En París con aguacero hablan del teatro histórico y de cómo abordaron en sus obras al principal héroe argentino.
Si hay alguien indiscutido por la historia liberal y la revisionista es el general José de San Martín, al punto que su figura ha sido tironeada para avalar sendas construcciones ideológicas que buscan en el pasado la legitimación del presente. Meterse con el personaje implica dialogar con estas interpretaciones que, a nivel divulgación, continúan vigentes (las nuevas generaciones de historiadores académicos están a salvo de ese maniqueísmo), tanto como para que, aún en 2007, un programa de televisión, El gen argentino, lo considerara “el ganador” del inasible ser nacional.
Con esta carga a cuestas, no hay dudas de que San Martín aparece como un héroe fascinante para el cine y el teatro. En este caso, el desafío principal es cómo sortear el estigma establecido por aquel billikenesco Santo de la espada que interpretara Alfredo Alcón (Leopoldo Torre Nilsson, 1969). Con esa intención, dos autores apostaron en sus obras a recrear al San Martín alejado del bronce: Pacho O’Donnell y Enrique Papatino.
El primero, conocido además como psicoanalista e historiador, escribió El encuentro de Guayaquil, en cartel desde 2005 y hasta el año pasado, dirigida por Lito Cruz. El segundo es actor, director, docente y responsable de la dramaturgia de En París con aguacero, recientemente estrenada en el Teatro del Pueblo, con dirección de Enrique Dacal. En una, los dos líderes latinoamericanos, San Martín (Cruz) y Simón Bolívar (Rubén Stella), deliberan sobre su futuro y el de sus pueblos. En la otra, el encuentro se produce entre el General (Víctor Hugo Vieyra) exiliado en París y el músico italiano Gioachino Rossini (Cutuli). Los dos toman a un San Martín otoñal, adicto al láudano, amargado por las críticas y en retirada de la vida pública y hasta la personal. “El atractivo de la irreverencia permite tomar su parte más humana; hablar, desde lo supuestamente emblemático del éxito, de la condición humana”, dice O’Donnell.
“Porque San Martín es uno de nosotros –dice Papatino mientras su colega mayor asiente–. Alguien que, ante el fracaso de la causa por la que luchó, se amargó muchísimo. Algo que la historia oficial escolar no nos cuenta.”
–O’Donnell, ¿Eligió el encuentro de Guayaquil, un hecho real del que no hubo testigos, para imaginar lo que hablaron?
–Para mí, el encuentro de Guayaquil es la historia de un fracaso, un tema profundamente humano. Dos personajes que supuestamente son el símbolo del éxito, lo que todos desearíamos alcanzar y, sin embargo, son dos seres humanos acosados por el fracaso.
–Papatino, ¿por qué juntar a San Martín con Rossini? Parecería una reunión casi disparatada.
–Pero el encuentro existió, en París. Fueron presentados por Alejandro Aguado, español amigo y mecenas de San Martín, quien solía recorrer las tertulias, tenía conocimientos musicales y conoció a personalidades como Balzac. Por otro lado, me interesó el hecho de que Rossini dejara de escribir a los 37 años. De alguna manera, los dos tenían sus carreras completamente cortadas.
O.: –Son dos fracasados.
P.: –Los dos podían hablar de esos fracasos, de su propio exilio.
–¿Por qué eligieron personajes históricos para la dramaturgia?
O.: –El teatro histórico no pretende ser una ilustración del hecho histórico. Cuando alguien del público me dice que él debería leer más historia, creo que fracasamos. Porque, repito, no se trata de ilustrar sino de aprovechar algo que la historia da para poder expresar algo dramáticamente. Por ejemplo, en mi obra El sable, el protagonista es Juan Manuel de Rosas en el exilio. Es el personaje que me sirve para reflexionar sobre el poder y además, no tengo necesidad de presentarlo, no tengo que delinearlo, la historia me da el personaje y yo aprovecho ese preconcepto. Es tomar emblemáticamente un hecho que atraviesa la historia.
P.: –Lo que recorre toda la dramaturgia, y a toda la creación, es apelar a las propias imágenes y las mías provienen de la educación como, por ejemplo, ver los cuadros de Rivadavia y San Martín juntos y después descubrir que habían estado enfrentados y pensaban países diferentes. También, las películas históricas, que me gustaban mucho de chico. ¿Qué había detrás de ese Santo de la espada, de Alfredo Alcón personificando esa figura impoluta? Cuando ingreso a estas figuras me encontré con un mundo extraordinario para hurgar y que da un montón de elementos para la dramaturgia. Claro que todo lo que uno escribe es un forma de autobiografía, como dijo Oscar Wilde.
–¿No temen caer en el didactismo?
O.: –Es un riesgo para todo teatro, no sólo el histórico. El gran problema del dramaturgo es cuando se nota que está bajando línea y los personajes se transforman en ventrílocuos del autor. Claro que es un riesgo del teatro histórico y hay otro más: cuando el dramaturgo se carga de demasiada información, cuando el autor no puede prescindir de transmitir todo y la obra se vuelve un aquelarre de figuras históricas que entran y salen. No se puede perder de vista el conflicto e intoxicarlo de información histórica.
P.: –Y eso pasa en todo el teatro. Los personajes cuando nacen son como cachorritos, muy lindos de tener pero que al crecer se ponen incómodos. Hay que contener estructuralmente toda esa cantidad de información. En el proceso orgánico de la escritura hay partes de las que hay que deshacerse y condensar.
–¿Qué les pareció la mirada del director y las interpretaciones de los actores en sus obras?
P.: –Yo no soy de los que van detrás de sus obras y controlan. Las abandono. Pero creo que han hecho un trabajo impecable y que le sumaron valor.
O.: –Debo decir que he tenido mucha suerte, tanto con los excelentes actores que las interpretaron como con los directores que mejoraron mi tarea. Me da una gran satisfacción cuando una frase es reemplazada por un ademán. Y la impresión que tengo es que los actores con este tipo de obras sienten que están haciendo algo que vale la pena, quizás en contraste de este mundo de hoy en que parece que no hay mucho para decir.
• Leni González | Crítica | 2008-09-15
Ver noticias del 02 de 2012 (23)
Ver noticias del 01 de 2012 (70)
Ver noticias del 12 de 2011 (81)
Ver noticias del 11 de 2011 (107)
Ver noticias del 10 de 2011 (140)
Ver noticias del 09 de 2011 (102)
Ver noticias del 08 de 2011 (134)
Ver noticias del 07 de 2011 (125)
Ver noticias del 06 de 2011 (137)
Ver noticias del 05 de 2011 (159)
Ver noticias del 04 de 2011 (222)
Ver noticias del 03 de 2011 (179)
Ver noticias del 02 de 2011 (121)
Ver noticias del 01 de 2011 (64)
Ver noticias del 12 de 2010 (124)
Ver noticias del 11 de 2010 (162)
Ver noticias del 10 de 2010 (167)
Ver noticias del 09 de 2010 (206)
Ver noticias del 08 de 2010 (174)
Ver noticias del 07 de 2010 (218)
Ver noticias del 06 de 2010 (207)
Ver noticias del 05 de 2010 (215)
Ver noticias del 04 de 2010 (243)
Ver noticias del 03 de 2010 (233)
Ver noticias del 02 de 2010 (196)
Ver noticias del 01 de 2010 (231)
Ver noticias del 12 de 2009 (87)
Ver noticias del 11 de 2009 (215)
Ver noticias del 10 de 2009 (162)
Ver noticias del 09 de 2009 (143)
Ver noticias del 08 de 2009 (96)
Ver noticias del 07 de 2009 (62)
Ver noticias del 06 de 2009 (51)
Ver noticias del 05 de 2009 (7)
Ver noticias del 04 de 2009 (23)
Ver noticias del 03 de 2009 (20)
Ver noticias del 02 de 2009 (32)
Ver noticias del 01 de 2009 (28)
Ver noticias del 12 de 2008 (7)
Ver noticias del 11 de 2008 (26)
Ver noticias del 10 de 2008 (40)
Ver noticias del 09 de 2008 (31)
Ver noticias del 08 de 2008 (42)
Ver noticias del 07 de 2008 (28)
Ver noticias del 06 de 2008 (26)
Ver noticias del 05 de 2008 (51)
Ver noticias del 04 de 2008 (32)
Ver noticias del 03 de 2008 (27)
Ver noticias del 02 de 2008 (31)
Ver noticias del 01 de 2008 (55)
Ver noticias del 12 de 2007 (9)
Ver noticias del 11 de 2007 (37)
Ver noticias del 10 de 2007 (33)
Ver noticias del 09 de 2007 (19)
Ver noticias del 08 de 2007 (24)
Ver noticias del 07 de 2007 (46)
Ver noticias del 06 de 2007 (30)