
Murió ayer el actor, dramaturgo y director Juan Carlos Gené.
Arrancó en la década del ’60 y no descansó hasta el estreno de Hamlet, su versión de 2011 para el San Martín. En el medio, escribió obras que hicieron historia, concretó interpretaciones notables y tuvo una intensa actividad gremial y política.
Cuando el actor, dramaturgo y director Juan Carlos Gené regresó a la Argentina después de un exilio que abarcó el período 1976-1993, primero en Colombia y luego en Venezuela, con retornos periódicos en los ’80, supo recuperar esos años de ausencia, no totalmente perdidos, puesto que, en tanto emigrado, fundó el Grupo Actoral 80 (en 1983), ocupó el cargo de director adjunto del internacional Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral, y en la vuelta, el de presidente de la sede en Buenos Aires y la Secretaría de Formación de Recursos Humanos para el Teatro. Gené no cortó lazos y estrenó obras creadas en el exterior, como Ritorno a Corallina, y acompañó otras: Guarda mis cartas, pieza de su compañera, la actriz y bailarina chilena Verónica Oddó, armada en base a la correspondencia de Violeta Parra. En esos y otros trabajos, Gené adhería a la idea de revitalizar el texto y el papel del actor, tanto en sus obras como en la de otros autores. Un ejemplo lejano fue El vestidor, de Ronald Harwood, que dirigió Luis Agustoni y el actor protagonizó junto a Oddó y Pepe Soriano. Actor y director premiado en el país y en el extranjero, Gené falleció ayer, a los 82 años, como consecuencia de un cáncer, tras una trayectoria en la que no hubo respiro.
A la actividad artística sumó la gremial y política. Fue presidente y secretario general de la Asociación Argentina de Actores, director de LS 82TV Canal 7 (designado en 1973) y director del Teatro San Martín de Buenos Aires, desde 1994 hasta 1996. Nacido en Buenos Aires, escribió obras que hicieron historia, publicó textos teóricos que enriquecieron su labor docente, y se destacó en papeles que exigían intensidad, entre otros en Los hijos de Fierro, Tute cabrero y Quebracho. Escribió guiones para el cine (Gracias por el Fuego y La Raulito) y la TV (el ciclo Cosa juzgada). Arrancó en la década del ’60 y no descansó hasta el estreno de Hamlet, su versión y dirección de 2011 para el Teatro San Martín.
Este último desafío era otra muestra de su convicción respecto del valor de la cultura, en su opinión “la avanzada de la integración”. Esta convicción, aplicada a los países de América Latina, le daba ocasión para enumerar sucesos y referirse a cada país como poseedor de “una personalidad inequívoca”. Valoraba el hecho de que, a pesar de las presiones políticas y económicas, el deseo de ir en busca de un lenguaje “generaba una dialéctica” con la propia cultura y con ello la posibilidad de que surgieran “otros productos, nuevos y absolutamente auténticos”.
Por temperamento y experiencia gremial apoyaba los reclamos. “Patear y seguir, como se pueda y donde se pueda”, sostenía en un momento crítico para la cultura. De modo que sus obras no obviaban la realidad. Sucedió con Se acabó la diversión, en 1967, y, entre otras, El inglés, que subió a escena en 1975; Golpes a mi puerta (1985) y Ulf (1988), entonces junto al Grupo Actoral 80, en un montaje de Claudio Di Girolamo. En ese gusto por la reflexión entre metáforas, acuñó títulos como El herrero y el diablo, que dirigió Francisco Javier; Memorial del cordero asesinado (1990); la inolvidable Memorias bajo la mesa, junto a Pepe Soriano; y en tanto voz, Sólo tengo una certeza, homenaje de Oddó a su hermano Guillermo Fernando, quien fuera cofundador del conjunto Quilapayún, que vivió en el exilio y fue apuñalado en 1991, en circunstancias no aclaradas. Más cerca en el tiempo, El sueño y la vigilia, también con Oddó. Espectáculos todos que sumaban calidad a una lista de títulos consagrados: El zoo de cristal; El avaro, de Molière; Un guapo del 900; Krapp, la última cinta magnética, la excelente puesta que protagonizó Walter Santa Ana; Factor H: Williams Hnos. S.A., fragmento de una trilogía experimental; su reciente versión de Hamlet y, antes, la adaptación de Stefano, de Armando Discépolo. Allí, la historia del emigrado, trombonista frustrado, brilló en la puesta de Gené. Ese hombre que desde la tierra elegida anima a su familia a unirse a la aventura y le pinta un panorama auspicioso e irreal, congeniaba con las ideas que sobre la inmigración sustentaba el dramaturgo. La obra rebatía la épica del emigrado y trasladaba al espectador a un tiempo documentado y a la vez simbólico.
Ese tono se afinaba en otro magnífico trabajo de Gené: Todo verde y un árbol lila, pieza escrita en base a la correspondencia de inmigrantes. Su actuación en Minetti, la descarnada pieza de Thomas Bernhard que dirigió Carlos Ianni, fue otro recordado trabajo de este artista. Y quién no recuerda su labor en Copenhague, obra del londinense Michael Frayn que dirigió Carlos Gandolfo, donde compartió el escenario con Alicia Berdaxagar y Alberto Segado. Entonces recreaba junto a sus compañeros un fantasmal encuentro entre el físico danés Niels Bohr, la mujer de éste y el científico alemán Werner Heisenberg, personaje que decía estar vigilado por la Gestapo.
Condecorado por el Gobierno de Venezuela con la Orden Andrés Bello (1984), designado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires en 2002 y premiado por su trayectoria en 2008 por el Fondo Nacional de las Artes, Gené tenía predilecciones. El poeta y dramaturgo Federico García Lorca era uno de sus admirados y quien le inspiró obras, a él y a su compañera Oddó. Se los vio juntos en Aquel mar es mi mar (en el Celcit), que recordaba un anterior trabajo, Yo tenía un mar, estrenado en el Teatro San Martín. Supieron reunir varios espectáculos sobre el poeta granadino: otros fueron Cuerpo presente entre los naranjos y la hierbabuena y Las delicadas criaturas del aire. Esta era una fidelidad al autor y a una escena que nace de la necesidad de expresar particularidades: “Nuestro país avanza culturalmente sobre el esfuerzo creativo de la gente, que trabaja independientemente de cualquier interés económico”.
El tema de la inmigración retornó en varias ocasiones, transparentando siempre la fragilidad de quienes llegaban a la Argentina con la esperanza de una vida mejor. Por eso en sus versiones de los clásicos nacionales no había triunfadores, sí en cambio “ideales inalcanzables”. “Es una experiencia muy argentina ésa de sentir nostalgia de algo que se cree haber perdido cuando en realidad no se tuvo nunca”, sostenía. Sin embargo, lo seducían los mitos, y supo relatar uno personal: “Puedo decir que estuve en la Plaza de Mayo el 12 de octubre de 1928. En la panza de mi madre, que celebraba la segunda presidencia de Yrigoyen. Mi abuelo había sido ministro en la primera presidencia. Siendo chico, y también después, imaginé verla entre la multitud. No puedo decir que recuerde el golpe militar del ’30, pero creo que algo de ese clima de miedo y tristeza quedó en mí. No sé si por lo que contaba mi familia o por mi memoria, creo recordar el ruido que producía el paso de la caballería por los adoquines de la avenida Córdoba”.
Apasionado por los hechos de la historia y la política del país, Gené no obviaba en sus conversaciones los vaivenes de las luchas políticas y el sentimiento de desarraigo, “esa herencia de dolor, de sensación de pérdida de la que muchos argentinos no nos desprendemos”. Se refería entonces a los exilios del pasado y a las emigraciones durante los años de la dictadura militar. En su actividad como funcionario, debió atravesar situaciones conflictivas, especialmente durante la dirección del Teatro San Martín, derivadas, en parte, de los recortes presupuestarios y las pugnas internas. Sucedió cuando el estreno de Volpone, comedia del inglés Ben Jonson que adaptaron Mauricio Kartún y David Amitín, donde reemplazó a Pepe Soriano en el papel del viejo taimado del título. Pero más allá de este y otros contratiempos no dudaba en pedir pasión para el teatro y en algún encuentro advertía al auditorio sobre la necesidad de esa pasión, rescatando una reflexión del dramaturgo alemán Bertolt Brecht que consideraba legítima: “Cuando la gente no viene al teatro es porque ni nosotros ni la gente sabemos lo que debe ocurrir en él”.
Otra pasión era la docencia, y la aplicaba a las obras en las que actuaba o dirigía: “En pedagogía todo es pregunta; y toda afirmación debe ser considerada una pregunta. Una afirmación no es otra cosa que un modo de discurrir, y no la instalación de una verdad que no deje espacio a otras alternativas”.
Otras voces
- Pepe Soriano (actor): “Es una historia de vida, no es solo una historia de trabajo, porque nosotros hemos tenido una relación fraternal muy profunda. Hemos sido hermanos en la vida. Y pensar que tantas veces yo le decía a Juan que era un tipo tan pensante, tan buen autor, director, maestro. ‘¿Cómo es que estamos juntos?’, le decía. Y se reía porque, bueno, en última instancia, me da la impresión de que éramos dos caras de la misma moneda. Y esto nos dio la alegría de una vida juntos. Nos dio sesenta años de compartir escenarios, comida, vino, amistad, afecto. Todo junto. Todo. Para mí fue mi amigo hasta estos días porque estuve hablando con él hasta hace quince días. Ya estaba resignado y perdido. Cuando ya me vine a Mar del Plata, él ya sabía que era el final porque estaba con metástasis. Pero hasta cuando hablamos hace diez o doce días, le dije: `¿Cómo andás?’ ‘Estoy durmiendo y comiendo mucho’, me dijo. Y se reía. Tenía absolutamente asumido este final como tuvo asumida su vida, porque hablamos mucho de todas estas cosas: de la vida, de la muerte. Teníamos muchísimas cosas en común. Fue un hombre que amó el teatro como puedo decir que lo amo yo, que amó el país como puedo decir que lo amo yo, que amó a la gente como puedo decir que la amo yo. Y no es una broma y, además, no es un momento para decir cosas que no son ciertas. Realmente hemos amado mucho el lugar en el que vivimos, donde crecimos, donde nos expresamos y la vida que tuvimos. Como artista, era un hombre polifacético. Además yo he hecho obras de él desde Se acabó la diversión hasta Memorias bajo la mesa y El inglés. Es más: tengo el último material que escribió. Me lo mandó desde la casa y lo tengo conmigo. Es un escrito de una cosa que nosotros teníamos ganas de hacer hacía tiempo. Y, al final, él terminó escribiéndolo: es un oratorio sobre Bairoletto. Básicamente, deja la marca de la ética. Fue un hombre ético en el trabajo a ultranza, fue de una rectitud que mucha gente seguramente ignora. Pero estuvo donde estaba la justicia, aunque esa justicia fuera en contra de él. Amaba el acto justo. Y a mí se me va una cara de la moneda”.
- Hugo Urquijo (director teatral): “Es una pérdida muy grande y muy importante porque Juan era un hombre de teatro completo y cabal. Conjugaba las tres vertientes: dramaturgo, director y actor. Lo recuerdo desde que yo era muy jovencito en un fin de semana del ’64 o ’65 que lo vi por primera vez. Y me quedé deslumbrado realmente. Y lo último, Bodas de sangre, también fue maravilloso. Realmente era un actor único, con una autoridad y con una verdad personal. Yo lo adoraba como actor. Además, su formación personal y la política lo hacían un intelectual muy completo. Alrededor del año 2000, Alejandra Boero nos convocó a Gandolfo, Juan, Francisco Javier y a mí, y formamos el Centro Argentino de Directores de Escena. Y trabajamos particularmente con Juan muy intensamente. Después, naufragó con la crisis de 2002, en el momento en que ya se estaban por asociar un centenar de directores. Y Juan trabajó incansablemente. Como dramaturgo, era un conocedor muy grande de la estructura dramática. Y, por lo tanto, un dramaturgo cabal”.
- Roberto “Tito” Cossa (dramaturgo): “Si a alguien le cabe el mote de Hombre de Teatro es a Gené. No dejó ningún hueco de la actividad sin cubrir. Fue dramaturgo, director, actor, maestro de actores, dirigente gremial, funcionario, militante político. Escribió una decena de obras, algunas de ellas como El herrero y el diablo, Ulf, Golpes a mi puerta, Se acabó la diversión figuran ya en el acervo de la dramaturgia argentina contemporánea. Realizó trabajos memorables como un actor muy inteligente y de una notable personalidad arriba del escenario”.
- Jorge Coscia (secretario de Cultura de la Nación): “Uno de los más grandes actores, dramaturgos y directores teatrales que haya dado la Argentina. Acompaño a su familia y amigos en este doloroso momento. Fue omnipresente en la vida teatral desde hace décadas, y hasta el año pasado seguía estrenando obras y llenando salas. Despedimos a uno de los más grandes actores, dramaturgos y directores teatrales que ha dado la escena nacional. A su talento artístico, además, y como si fuera poco, le sumaba un compromiso militante y sus dotes de gran gestor cultural”.
Sabio y generoso
Por Mauricio Kartún
Mi padre murió cuando yo era muy joven. Cada tanto, sin embargo, vuelvo a verlo. Sueño con él cada vez que algún problema importante me preocupa y no sé cómo resolver. Aparece en el sueño y a su sola presencia me baña una tranquilidad inefable. El me lo va a arreglar, siento, o me dirá cómo con absoluta precisión. El despertar nunca es angustiante sino nostálgico. Me deja curiosamente esperanzado. Es raro: desde mi adolescencia he sentido esa serenidad, esa seguridad exclusivamente con dos personas: aquel recuerdo ensoñado de mi viejo y la presencia real, consejera y tranquilizadora de Juan Carlos Gené. La sensación de estar ante alguien tan sabio, tan sensato y tan generoso que te podía curar de palabra.
Nos conocimos en el ’72 militando en la Podestá, aquella agrupación mítica que habían creado con el otro negro querido: Carlos Carella. Ellos eran ya figuras de rotundo prestigio y yo un pichi que pisaba en puntas de pie el teatro y la política. Con paciencia estoica me escuchó Juan durante horas leerle mis primeras obras en su departamento de Belgrano. Fue por su recomendación que conseguí mis primeros trabajos profesionales. Empantanado en una obra complicada recurrí una vez más a su consejo en los ’80, ya en su exilio, y atesoro todavía una larguísima carta desde Caracas, una lección de dramaturgia en la que me explicó con detalle las virtudes y los problemas de aquel texto que me desvelaba. Y me lo resolvió, claro. En los ’90, en gira, nos volvimos a encontrar allá en el notable Celcit de Venezuela. Había construido su sala, Actoral 80, en el segundo subsuelo de cocheras del edificio en que vivía y viéndolo pasar días enteros sin pisar la calle, subiendo a su casa solo para dormir y comer, comprendí lo que era ser auténticamente un “bicho de teatro”.
A su regreso compartimos aquí aquella experiencia notable que fue Teatro Nuestro. El orgullo de verlo actuar al fin en una pieza mía es algo que me emociona de solo recordarlo. Tenerlo aquí en Buenos Aires los últimos años fue como la tranquilidad de un seguro. Lo necesitase o no, Juan estaba ahí. Se murió el negro Gené. Me siento desolado y huérfano. En cierto empecinado optimismo que padezco me esperanza pensar que a partir de ahora, cuando sueñe, le podré presentar a mi viejo.
• Hilda Cabrera | Página 12 | 2012-02-01
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