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La escena iberoamericana

Argentina. Broadway en castellano

Obras extranjeras en Buenos Aires.

La avenida Corrientes muestra en las marquesinas títulos en inglés y hasta en holandés, y muy pocos locales. Algunos creen que garantiza la taquilla importar éxitos foráneos que vienen con críticas y fama. Opinan la dramaturga Griselda Gambaro y el productor Pablo Kompel.
La calle que antes nunca dormía, como decían los porteños, luce sus marquesinas repletas al estilo Broadway. Bajo las luces de neón, el rostro de distintos actores de reconocida trayectoria en las tablas y pantallas locales. El esquema de los carteles se reitera: título de la obra en grande, nombres de los protagonistas por encima, nombre del director por debajo y nombre del autor. La curiosidad surge al observar la identidad de los dramaturgos: María Goos, Patrick Marber, Samuel Benchetrit, Neil LaBute, John Waters y Bob Glaudini. Extranjeros: una holandesa, un inglés, un francés y tres norteamericanos.
El teatro comercial porteño, hoy, presenta fundamentalmente obras ya estrenadas en otras latitudes. Las preguntas, entonces, surgen con naturalidad. ¿Se importan obras porque se trata de piezas insoslayables para la historia de la dramaturgia mundial y que la cartelera porteña no podía perderse? ¿Se trata más bien de jugar con apuestas ya probadas en otros países y así asegurarse una ganancia económica? ¿Es un signo que delata el éxito de la salas porteñas?
Los bandos. “Hay demasiadas obras de autores extranjeros en el teatro comercial”, dice la escritora y dramaturga Griselda Gambaro. “En muchos casos son obras probadas que han sido vistas en el exterior por un productor, un actor o una actriz, quienes luego compran sus derechos. Son obras que aseguran un éxito comercial. El problema es que en piezas como Gorda, Baraka, Pillowman o Hairspray hay cierta banalización de la cultura, como si se tratara de un producto más ligero y más superficial, para un público más homogéneo”.
De relevarse la calle Corrientes, se puede comprobar que, a excepción de piezas infantiles, del clásico teatro de vodevil de Gerardo Sofovich, el humor de Les Luthiers y la obra En la cama, de José María Muscari, la totalidad de las obras teatrales que se presentan son producto de una pluma extranjera.
“Esto es una cuestión coyuntural, una casualidad”, dice el productor teatral Pablo Kompel, dueño del Complejo La Plaza. “Hace dos años produje Ella en mi cabeza y Días contados, dos obras escritas por Oscar Martínez. No me gustaría que esto se convierta en una guerra entre la dramaturgia de afuera y la local. Yo no me dedico a las obras extranjeras, sino a producir buenas obras. Todos tenemos cádaveres en el armario, y no siempre me fue bien con las obras, ya fueran locales o extranjeras. No existe nacionalidad en términos artísticos: para mí hay obras buenas o malas, que están bien o mal resueltas.”
La calidad. “Esto no es nuevo”, explica Gambaro. “En los 60 y 70 tuvo su auge el teatro de autores franceses. Pero había otra connotación: eran obras de grandes autores, que planteaban temas más universales, más allá de que uno pudiese o no disentir con su contenido. En la actualidad, esas obras extranjeras hablan de temas más superficiales aunque se quiera aparentar una visión profunda de las situaciones o de las emociones.”
“No comparto para nada que lo que se presenta ahora en el teatro sea superficial”, dice por su parte Kompel. “Gorda no subestima a ningún espectador, como tampoco lo hace ninguna otra obra. Produje La cena de los tontos, que la repongo en Mar del Plata, y tiene un gag cada cinco segundos, pero no creo que por hacer reír a la gente se trate de obras que subestiman al público. Hay obras buenas y malas, más allá del género.”
La fórmula. Al hablar con especialistas, hay un elemento que se reitera, y es el de la aparente existencia de una metodología recurrente: una obra es exitosa en su país de origen, y a partir de allí se reproduce en otros. Sin embargo, resulta difícil medir el éxito en otras latitudes. A excepción de Hairspray –que se exhibe en la sala Neil Simon de Nueva York, con localidades que cuestan US$ 130–, ninguna de las piezas que presenta la calle Corrientes se exhibe actualmente ni en Londres ni en Nueva York. Es cierto que un actor de la talla de Kevin Spacey protagonizó en Londres una versión de Baraka, o que Sigourney Weaver hizo lo propio con la puesta neoyorquina de Una cierta piedad, pero también lo es que esas obras ya no están en cartel por aquellos lares.
“El éxito en otros países no asegura nada”, dice Kompel. “Hay muchos ejemplos de obras que funcionan en otros lados y acá no, y viceversa. Gorda, por ejemplo, en España tuvo éxito, pero no se convirtió en un fenómeno como el que se produce en Buenos Aires. La repercusión no está ligada sólo con la dramaturgia, sino también con la puesta. El autor no es quien define el color de un espectáculo. Con la misma lógica, las versiones de Baraka o Hairspray que se presentan acá no tienen nada que ver con las que se dan en Madrid o en Broadway.”
Todas las obras extranjeras que se presentan en nuestro país implican al menos dos trámites: la adquisición de derechos internacionales y la adaptación del original en otro idioma. Curiosamente, en las ocho obras comerciales que se presentan en Buenos Aires hay un dúo de socios que intercedió por todos los derechos y realizó la totalidad de las adaptaciones: Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Fuentes de Argentores consultadas por PERFIL, que prefirieron reservar sus nombres, dijeron que el dúo está entre quienes más facturan en la Argentina con los derechos de autor en lo que a teatro se refiere.
Una de las curiosidades de la cartelera teatral porteña –a diferencia de otras– es que, mientras en el circuito comercial hay una abrumadora mayoría de obras extranjeras, en el off se produce exactamente el fenómeno inverso. Entre otros motivos, porque si se optara por realizar piezas de otros países deberían pagarse derechos en dólares –o, eventualmente, euros–.
Al calor de las divisas. Una hipótesis posible del auge de obras extranjeras radicaría en una demanda por parte de los turistas que parecen no recorrer sólo el barrio de Palermo.
“Es un factor más”, dice Kompel, “pero no para todos sino para el turismo de Uruguay, Chile y el del interior del país. No impacta sobre el turismo que llega de Europa o Estados Unidos”.
“No creo que el turismo influya”, arriesga Gambaro, “porque se supone que los turistas, si es que manejan el idioma, quieren ver obras locales y no las que pueden encontrar en su propio país”.
Letras locales. La pregunta, entonces, es por qué no se opta por dramaturgos argentinos.
“Decir que conviene comprar obras extranjeras es una falacia”, dice Kompel. “A veces sucede exactamente lo contrario. Me parece que la dramaturgia local es buena. Días contados y Ella en mi cabeza son materiales a la altura de las mejores comedias de cualquier lado. De hecho, me las llevo a España y Brasil. Es decir, pueden exportarse en vez de importarse.”
“No sé bien cuál es el estado de la dramaturgia argentina actual porque últimamente, por diversas circunstancias, estoy yendo muy poco al teatro”, dice Gambaro. “Yo no soy escéptica con respecto a que haya autores locales en la dramaturgia. Que una obra de un argentino llegue al circuito comercial tiene mucho de casualidad. Tenemos autores y directores de elenco muy interesantes para llevar a cabo una buena obra.”
Oficial. Mientras ocurre esto en las salas comerciales, en el teatro San Martín la obra principal –Heldenplatz, que se presenta en la sala Casacuberta– es del austríaco Thomas Bernhard.
“El Estado no puede descuidar al teatro argentino”, dice Gambaro. “Es la única obligación que tiene con relación al teatro: cuidar y promocionar a los autores locales. Recién después el teatro oficial debe buscar otros autores de calidad. De todas formas, siempre es bueno que la política cultural sea promocionar obras ricas, con contenidos y formas estéticas de calidad, más allá de que sean extranjeras o locales.”
Un panorama para tener en cuenta, que no desmiente el fenómeno de asistencia del público a las salas.

• D. Grillo Trubba y V. Caselles | Perfil | 2008-10-05


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