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La escena iberoamericana

Argentina. Pompeyo Audivert: “El arte siempre es de izquierda”

Antes de volver al Teatro San Martín con una nueva versión de Medea, el dramaturgo dialogó con PERFIL sobre el final del capitalismo y la “utilidad progresista” de ciertos artistas. Se jacta de elegir al filósofo Deleuze para sus clases y dispara: “Los que manejan la cultura son chetos de mocasín”.
Sinergia. Es la que el actor y director conserva con el San Martín, uno de sus lugares predilectos a la hora de trabajar. “No tiene listas negras y tal vez piensen igual a mí”, define sin dudar.
Se despidió de Final de partida, de Samuel Beckett, donde compartió escenario como actor y director junto a Lorenzo Quinteros, con quien compartirá algunas giras hasta el 19 de agosto, cuando se conozca su versión de la Medea de Eurípides en el Teatro San Martín, con Cristina Banegas, Daniel Fanego y Analía Couceyro, entre otros. Tiene una marcada historia familiar que va del arte a la ideología, a través de su abuelo paterno, Pompeyo Audivert, escultor y grabador, y de su madre, la escritora Marina Briones, quien conoció en Tucumán a Eduardo Audivert, también artista plástico. En realidad, la pasión artística parece continuar, porque con orgullo Pompeyo confirma que su hijo mayor, Lucio, es músico, mientras que los más pequeños eligieron otras expresiones artísticas: León canta y Juan pinta. “La infancia –asegura– es una entidad, los niños son todos artistas, pero luego los alinean.” Pero Audivert ciudadano subraya: “No sirve un gobierno que no puede poner límites ni a la riqueza, ni a la pobreza.”
—¿En cuánto influyó su historia familiar con relación al arte?
—Mi abuelo llegó muy joven desde Cataluña, a principios del siglo XX, supongo que buscando una mejora económica. Desde niño empezó con el grabado y el dibujo, pero después regresó a Europa para perfeccionarse. Cuando volvió mi padre tenía 18 años y juntos partieron hacia Tucumán, donde se vivía un eje fundamental para la cultura.
—¿Cuál era el estímulo?
—Allí Lino Enea Spilimbergo lo puso al frente de la cátedra del grabado, con nivel universitario. Todos los grandes artistas querían estar en ese lugar, desde León Felipe hasta Neruda. Mi abuelo había estado con Picasso, había conocido a Siqueiros y a Rivera, los grandes muralistas, en México. Desde niño hacía imitaciones y me gustaba hablar con una verborragia impresionante. A mi abuela le divertían mucho estos “automáticos discursivos”. Me hacía el diplomático, casi surrealista.
—¿Por qué decidió ser actor?
—Nunca dejé de actuar, pero a mis 14 años –eran tiempos de dictadura– seguí a unos amigos, que se anotaron para estudiar con Alejandra Boero. Nos gustaba la poesía, leíamos mucho, veíamos exposiciones e íbamos al teatro. Dejé de ser imprentero cuando hice Postales argentinas con Ricardo Bartís y María José Gabín. Empecé a vivir de mis cursos de teatro, me gustó la docencia y desarrollé un método con los actores. Más tarde llegaron Hamlet y Zona de riesgo en televisión; ahí se potenció la llegada de alumnos. Hoy vivo de las clases, no de la boletería, porque el tipo de teatro que hago no es masivo, aunque cuando trabajo en el San Martín tengo más convocatoria.
—¿Podría comparar lo que aprendió de sus maestros con sus talleres?
—Con Boero tuve una formación integral, que correspondía al naturalismo y a una pedagogía que en esa época tenía vitalidad y fuerza. Me dejó muy buenos recuerdos, con elementos éticos. Después estudié con Quinteros, que sabe detectar las cualidades del actor y las potencia. Más tarde me encontré con Bartís. Paralelamente mis clases me permitieron investigar y sistematizar procedimientos, más venidos de mis entrañas, así hice una síntesis de mis condiciones naturales y de mi formación.
—Por qué suma lecturas filosóficas, como Deleuze, a la formación de sus alumnos?
—Sentí que para ir más lejos como actor, director y docente debía nutrirme a nivel teórico de otros lados. Ahí descubrí que mi trabajo tenía que ver con las teorías de Deleuze, como su idea del rizoma. También con poetas, desde Octavio Paz hasta Thomas Bernhard. Todo arte lo que hace es establecer una fuente con lo poético y materializar una forma. Me ayuda mucho ver qué hicieron los otros y también el pensamiento marxista, su forma tan abierta de relacionar todo con todo, que tuvo Carlos Marx. No me refiero a un teatro político, porque estoy en contra de esto, para mí lo político es lo que el artista consigue en su relación con el público. El marxismo me ayudó a comprender y relacionar la riqueza con la pobreza, la salud, la cultura... nada es casual; es antifetichista.
—¿Y si comparara la ética del actor desde los 70 a la actualidad?
—No tengo una visión idealizada. En los 70 esas posiciones estaban atravesadas por la tradición, que no significaba un actor poético. Había un teatro muy representativo, eran éticos pero sus trabajos no tenían rupturas que representaban a su sociedad. Picasso, en su forma de pintar, ya estaba revolucionando con su forma de producción, rompió con su época y se dirigía a otro nivel, relacionándose poéticamente en su arte. Mientras que en nuestro teatro, salvo casos aislados –como Jorge Bonino–, no se producían rupturas, aunque tal vez fueran espasmos de una modernidad insustancial, que no tenía que ver con un grito histórico.
—¿Sigue militando en el Partido Obrero?
—Nunca sentí que militar fuera posible para mí, por el tiempo, salvo en mi adolescencia, donde todos militábamos. Aunque siempre adherí al pensamiento de este partido, sus publicaciones y dirigentes, como Jorge Altamira y Néstor Pitrola. Los sigo desde hace más de treinta años y cada vez siento que tienen la visión más lúcida. Creo que es el único partido de izquierda y verdaderamente marxista.
—¿Cree que el capitalismo va a sobrevivir?
—Creo que el capitalismo está terminado, pero sus estertores pueden llevar a la sociedad al fin o a la barbarie. Tal vez se podría reformular bajo otros parámetros: el capitalismo es un cáncer que devora todo. La gente lo sabe, pero busca reformas para seguir igual.
—¿Como definiría las gestiones culturales de los años de democracia?
—Nunca creí en la cultura de Ibarra, ni en la de Telerman, ni en otros funcionarios. No confié en ninguno de los gobiernos que estuvieron al frente del país, como tampoco en sus políticas, ni laborales, ni educativas o de salud. Los que manejan la cultura son unos chetos de mocasín, con movimientos espasmódicos de presupuestos con los que arman algunas aventuras culturales –lo más mediáticas posible– desarticulando las redes sociales, porque no serían visibles. Ya no separo más la cultura de la política social, creo que a veces los artistas servimos mucho para hacerle creer al establishment mediático que hay una intención progresista. No nos pueden dar presupuesto en estas condiciones, donde la calle está llena de cartoneros y las villas superpobladas con gente sin trabajo.
—¿Cómo compatibiliza esto con trabajar en el San Martín?
—Por suerte el San Martín no tiene listas negras y tal vez piensen igual a mí. No llegamos a un punto de censura ideológica, ni estamos en el fascismo, ni en tiempos de dictadura. El arte es siempre de izquierda, no hay artistas de derecha. Están los que se trasvisten, como Mario Vargas Llosa, pero su arte sufre ese deterioro. En Argentina el arte es anticapitalista, de resistencia y contra el mundo.
—¿Qué puesta suya le dejó mejores recuerdos?
—Estoy orgulloso de lo que hago con mis alumnos, aunque no vieron aún la luz pública, porque creo profundamente en este tipo de escena. También Final de partida, con Lorenzo Quinteros, con el que saldremos de gira. Creo que el teatro de Samuel Beckett es el más interesante de los que se han escrito, insuperable, reúne todas las condiciones que debe tener la dramaturgia hoy. Aquí eran los cartoneros metafísicos. Es histórico y antihistórico, simple y profundo, poético; no hace maniobras del lenguaje y lo puede entender cualquiera. Beckett trabaja con las preguntas y no con las respuestas. Teatralmente es puro y violento. También Thomas Bernhard me conmueve, sobre todo cuando mi personaje en Plaza de héroes decía: “La gente no comprende que vendrá la catástrofe, todo no es más que distracción de la catástrofe”.
Capusotto, los precios y la indignacion egoista
—¿Hoy quiénes son artistas?
—Los artistas más plenos son aquellos que tienen una mirada crítica sobre el mundo. Admiro a Alejandro Urdapilleta por su ética y poética. Tiene una fuerza expresiva surgida de su visión personal atravesada por lo histórico. Su propia mirada le viene de su forma de producción, con la que rompe con la tradición. Hay otros que saben mantener su costado teatral a salvo de lo mediático.
—Pasaron por la televisión pero no fueron devorados por ella...
—Son artistas independientes y trasladan sus rupturas o turbulencias donde van y mejoran los lugares a los que llegan.
—¿Qué siente cuando personas populares hablan a favor de la pena de muerte?
—No me preocupa que alguien de una clase social tan alta, en un rapto de neurastenia diga eso. No me extraña, porque es parte del descerebramiento de los poderosos. No espero pensamientos sublimes sino degenerados de los millonarios. Los que tienen más dinero son los más insensibles. Pero también los que están mal piensan así, el poder se instaló con el fascismo en la sociedad. Hoy la pena de muerte la piden todos, acicateada por la televisión, sobre todo por estos señores con sólo dos dedos de frente que forman a la opinión pública leyendo las noticias. Ellos bajan una indignación egoísta y que conduce a la mayoría a un pensamiento simplista: matar a los pobres. Los que mueren son los perejiles. Los más bravos de la delincuencia están ligados a las fuerzas armadas o a los políticos.
—¿Cómo es como espectador? ¿Vio alguna vez a Moria, Cherutti o a Nacha Guevara en Eva?
—Me cerré de ver el teatro que no fuera de mis amigos, porque me hacía mal. Me hiere y me cuesta reponerme. También por razones familiares, por mis tres hijos elijo mucho lo que veo. Pero no voy a La Plaza, ni a un ningún teatro que cobre $ 90, más allá de que lo hagan muy bien. Me irrita el precio de esas entradas, creo que va dirigido a una sola clase social. ¡Pienso lo que cobraban los griegos o los actores de la comedia del arte y me agarra indignación!
—¿Qué ve en televisión?
—No veo televisión. No puedo ni curiosear.
—¿Nada bueno?
—A veces hay algunos intentos, pero se debilitan. Me gusta Capusotto.
—Pero el año pasado participó de Vidas robadas.
—Sí, porque tenía buenas intenciones. No lo niego, pero hoy no veo televisión y no quiero hablar de ella. Todos los días hablan de la TV, por eso prefiero no hacerlo. Ya hablan demasiado. No la veo y no hablo.

• Ana Seoane | Perfil | 2009-03-21


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