“¡Hay golpes en la vida, tan fuertes…yo no sé!” De “Los Heraldos Negros”, de Cesar Vallejo

Se despide el campeón, de Fernando Zabala, revela un conjunto de aciertos que sorprenden y emocionan como únicamente se logra con el gran teatro.
Por: Claudio Ferrari | Creado el 02/12/2024 | 3.176

El personaje, aparentemente solo en escena, padece un dolor insoportable que no comprende; no puede comprenderlo porque la obra es contundente: no hay modo de comprender por qué amamos, por qué nos aman y nos dejan de amar, y sobre todo, por qué la muerte viene a interrumpir esto que, sea lo que sea, llamamos vida. No, no hay chance alguna: nunca lo comprenderemos, aunque hagamos todos los esfuerzos, el tiempo corra lento, el dolor se haga sufrimiento eterno y den ganas de balearnos en un rincón y finalmente nos peguemos ese tiro del final. “Se despide el campeón” es sin dudas una obra existencial que acojona, y que al tratar el boxeo como uno de sus  disparadores, hace que mencionar que los jabs y los uppercuts minuciosos que desde el escenario se proyectan sobre la platea y nos hacen besar la lona agradecidos -rara cosa esta que produce el teatro-, no sea una metáfora desencajada ni una sinapsis vulgar. Se trata de esas piñas que vemos venir y venir y de todos modos no podemos evitar recibir. Sabe mucho Camus de esto en “La caída”, novela, que como en esta obra, que también sabe, habla de inocentes con sentimientos de culpa, santos sin dios, víctimas de abandonos intolerables, con el desasosiego sin consuelo ante el horror de ver a sopapos la verdad. También como en el prepotente Roberto Arlt, aquí las piñas nos involucran y también las damos nosotros. Vemos anverso y reverso, deseo irrefrenable, lenguas en la nuca, mimos suaves entre hombres duros y fatales, chupones y caricias y abrazos sin límites entre machos que no fueron entrenados para sentir tanto amor. De una manera que asusta de tan lograda, la obra tiene dos protagonistas, aunque solo uno esté vivo, o al menos no se haya muerto de angustia todavía, apenas para intentar la agonía de una función más, y recién después dejarse ir del escenario, para al fin andar sin pensamiento. Sí, se trata de cómo amamos, de cuánto negamos acerca de nosotros mismos, de qué modo en un cerrar de ojos no podemos ver de tanta sangre y pasión, oscurecido nuestro entendimiento, esa oscuridad de los más grandes personajes del teatro, los que en su ceguera terminan de constituir la tragedia. El deslumbramiento que desde la escena llega al corazón de los espectadores perturba sin alejarnos, es incombustible, abre y cierra incesantemente lugares del alma, nos exige que aguantemos la cuenta hasta diez y nos levantemos para sobrevivir un rato más. Y de un modo inexplicable, con la sabiduría de un Muhamad Alí o un Boris Vian en estado de gracia, o de un mago o de un recién nacido, o de un filósofo obstinado que se olvidó de lo que supo, todo lo que pasa en el instante inverificable y real del espectáculo, como en un music hall desquiciado, o en un chiste que nos alela, todo lo que sucede, digo, nos invita a comprender aquello que el protagonista no comprende, y también a aquello que tantas veces no nos atrevemos a aceptar que ignoramos. No, no hay manera de hacerse el gil o el distraído, mientras asistimos a la epifanía de ese tipo -ese personaje universal, ese actor prodigioso-, que ya ni respirar puede, hacia su final inapelable, como todos los finales que inevitablemente llegarán, pero esta vez con la oportunidad de mirar a la cara al otro que haya en nuestro ring privado y personal, para terminar comprendiendo que ese rival no es otro que nosotros mismos. El texto, la puesta en escena y dirección y la actuación se disponen en una unidad imposible de escindir. El teatro es un animal furioso siempre alucinado y lúcido, hecho de un modo tan misterioso, que solo cabe aceptar que cuando es, como es en esta obra, se hace revelación que agradecemos aplaudiendo a rabiar, para irnos sin calma, en un juego que solo el teatro juega, con plena conciencia de que hemos asistido a algo siempre recordaremos.

Ítaca Complejo teatral – Humahuaca 4027 – Martes 20,45 hs.

Autoría: Fernando Zabala - Actúa: Cristian Thorsen – Vestuario y escenografía

Nicolás Nanni - Iluminación: Claudio Del Bianco - Diseño: Claudio Vegezzi – 

Fotografía: Jaqueline Puyo - Asesoramiento En Boxeo:  Sergio Maravilla Martínez – 

Asistencia general: Tadeo Goldstein – Producción Artística: Pablo Silva - Dirección:

Mariano Dossena.

Duración: 60 minutos.

Crítica de espectáculos

4 min.
* Las notas publicadas expresan exclusivamente la opinión de los autores, pudiendo el CELCIT estar o no de acuerdo con ellas.
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